THE CARRIER BAG THEORY OF SELF MADE FASHION: AUTOCUIDADO, INDUMENTARIA Y FICCIÓN
Por Salma Carabajal
Hace tiempo sentía en mi espalda un calambre, pues no me despegaba de la computadora. La tesis había hostigado mi espacio privado, tanto que mi mesa de comedor se parecía cada vez más a la cama de Hugh Hefner; con mi computadora, mi teléfono, la bocina, mapas mentales, cigarros, unos cascos de caguamas y libros. Esos meses me la vivía sentada todo el día en una silla de oficina que compré en un bazar.
El proyecto de tesis, la angustia de ser próxima recién egresada y el poco tiempo que compartía con mi familia para apapacharnos me estaba convirtiendo en un catálogo de calambres. Pero ¿qué eran estos apretones en la espalda? ¿por qué me habían invadido ahora?
A veces, mi ansiedad me preocupa más que ocuparme y eso me hace sentir culpable, porque estar ansiosa es la llave a mi archivero de pensamientos que están amontonados como ropa sucia en la silla de la esquina. Pero ¿por qué doblar estos pensamientos se parece a procrastinar y no se parece a esas veces en las que termino satisfecha después de trabajar todo el día? Porque mientras doblo esos pensamientos y los vuelvo a desdoblar, imagino historias que me hacen “perder tiempo” para hacer lo que debería estar haciendo. La productividad y ahora el trabajo en casa habían corroído mi cuarto, mi sala, mi cocina y mi baño… Mi computadora había pasado a ser la extensión de mi misma en contra de mi voluntad. Reflexiono sobre el cuerpo en aislamiento y cómo ha cambiado nuestra relación con los objetos y los espacios que habitamos. Mi cuerpo se inflamó y empezó a hablarme, que si hubiera sido por él me habría mandado un zumbido o un mensaje de texto.
En esos días nublados de marzo, mientras investigaba referencias para mi tesis, encontré a Kate Hartman, una chica diseñadora que había llevado su práctica a su propio cuerpo a través de indumentaria inteligente, ella decía que su ansiedad le había dificultado comunicarse a través de su voz, por lo que empezó a reflexionar sobre su relación con su cuerpo como un acto de cuidado e intimidad, un acto en el que reclama la corporeidad y la metamorfosis de esta interfaz primaria con el mundo con la fabricación de wearables inteligentes que hacía ella misma con plástico, circuitos y cables de metal.
Es así como empieza “Social Body Lab”, indumentaria con un “gadgy feeling”, que comprende una variedad de objetos usables, como “inflatable heart”, un órgano externo inflable que refleja con luz emociones como ansiedad, enojo, felicidad, una herramienta que a más allá del cuerpo y me lleva a pensar en la práctica de mujeres como Rebecca Horn donde el cuerpo era reemplazado por esculturas kinéticas que extienden partes del cuerpo, como un reclamo del espacio, como una experimentación hacia lo artificial y hacia la consciencia de que esta membrana no da para más.
Siempre he sido consciente de que este cuerpo no me da todo lo que necesito, que el maquillaje y las extensiones de pelo son una forma de acercarme más a mi yo real y que la “artificialidad” es una herramienta para sentirme más cómoda con mi cuerpo. Lo que me pongo encima me hace sentir en control de esta plataforma que me presenta al mundo. En mi práctica artística me interesan estas preguntas sobre cómo en un futuro nos relacionaremos con el espacio, cuáles serán nuestras necesidades ante esta invasión tecnológica hasta nuestras almohadas. Pasar de una sociedad soberana a una sociedad disciplinaria, como menciona Paul Preciado en Aprendiendo del virus. Las técnicas gubernamentales biopolíticas se extienden como una red de poder que desborda la esfera punitiva que se convierte en una fuerza “somatopolítica”, una forma de poder que extiende la totalidad del territorio hasta alcanzar el cuerpo individual. Considero nuestra responsabilidad imaginar y escribir otras formas de relacionarnos con nuestros cuerpos. Demandar nuestra corporeidad, el placer y la sensualidad como parte de nuestro autocuidado, buscar formas de sanar a través del arte es una alternativa. Recuerdo ahora a Louise Bourgeois, que en su obra explora el espacio como un elemento que nos construye hasta mencionar que sin el espacio no hay posibilidad de ser. En la obra de Bourgeois, cada pieza es una construcción proyectiva del ser, una casa, una domesticidad del recuerdo, un invernadero, un autorretrato, una colección (de ropa) y una catarsis (teatro para la memoria). Podría decir que la indumentaria es uno de los lenguajes que nos permite socavar la diferencia entre lo público y lo privado, lo cual no significa generar un espacio infinitamente abierto, sino difuminar los contrastes entre lo que se muestra y lo que se esconde. Al desdibujar estos bordes, se dibujan los contornos de la intimidad como lo hace la artista de ciencia ficción especulativa, Lucy McRae, también. Space Spa es un proyecto que propone artefactos usables que se originan de preguntarse cómo nuestro cuerpo reacciona al aislamiento, a vivir en casas más pequeñas, a nuestro apego con la tecnología y la falta de abrazos; preocuparse por el cuerpo y generarle sus extensiones es una forma de cuidar no sólo por nosotras mismas, es una forma de cuidado colectivo desde lo que ella llama “future sensitive human”. Lucy propone amorosas soluciones especulativas que literal, nos abrazan, como “Heavy Duty Love for Future Sensitive Humans Technology and touch” una instalación en la que el tacto y la tecnología son el centro de esta pieza, pero sobre todo el eje central son los abrazos, los cuales abren un diálogo sobre las complejas conexiones humanas a través del tacto en el futuro.
Quién iba a decir, que un calambre me llevaría a buscar soluciones a través del arte y no sabría si es arte esto o no, honestamente; pero sí que hay un desborde que nos permite autorregularnos en nuestros procesos. Por ejemplo, salía con un chico con el que nos comunicamos de repente porque no hablábamos el mismo idioma, independientemente de eso, porque bien pudimos haber usado el traductor y demás herramientas, teníamos una conexión en la que nos veíamos para acariciarnos; yo me postraba encima de él y le acariciaba la espalda y así hasta que nos quedamos dormidos, él tenía que irse pronto a su país y yo iba a extrañar las caricias y a mi “petting fuckboy”. Le escribí poemas y dibujé en ellos las coreografías de sus dedos y mis dedos. Después hice con ellos un fanzine texturizado. Cuando pasé a exponer este proyecto en el seminario de formas del arte, pensé que todos iban a pensar que era una obsesiva pero yo me sentía descubriendo un misterio y los “y si?” empezaron a aparecer. Me hice mi breve historia de ficción en la que los humanos en un futuro no muy lejano estaríamos encerrados por más tiempo, la comunicación digital nos sobrepasaría y preferiríamos quedarnos en nuestros cuartos-casa de dos por dos metros cuadrados en vez de ver a nuestros amigos o quizá en contra de nuestra voluntad tendríamos que hablar con ellos a distancia como este chico con el que salía, solo para apapacharnos. En entonces surge un catálogo de caricias, una revelación de mi intimidad, pero una herramienta para no olvidarme nunca de cómo me gusta que me acariciaran.
Estos actos de cuidado especulativos son los que me nutren, las esculturas kinéticas, las constantes somatizaciones, la comunicación conmigo misma y la autoconstrucción de nuestra intimidad, el reclamo del espacio personal que se ha visto ahorcado por la invasión de la productividad hasta en el baño y los apapachos. Todo esto, un acto de amor para mí misma y los demás que ya decía Ursula K le Guin que una bolsa, era ya un acto de cuidado para los demás, porque desde la prehistoria, las mujeres salían con una bolsa a recolectar nueces y frutas para luego llegar a la casa y compartir, una actividad que requería menos esfuerzo que ir a cazar un ciervo y que permitía a las familias estar unidas más tiempo, con alimentos que les nutrían y que además, mientras la bolsa se ponía en el centro para que todos tomaran lo que quisieran, ésta era un pretexto para la coquetería. Un acto tecnológico y súper fashion de la prehistoria, pero que sin duda nos recuerda que a las mujeres hoy y siempre el cuidado por los demás y la ternura ha sido lo que nos hace resistir en un mundo necio por controlar y vigilar nuestros espacios domésticos y nuestros cuerpos. Si nuestro cuerpo es ahora nuestra frontera y no la puerta de nuestra casa, escribamos, imaginemos, otras formas de escapar de la casa que es ahora el centro de la economía, de vestirnos de mesa como pretexto para compartir, de vestir a nuestras plantas, de que éstas nos manden un whatsapp para regarlas. Y por último, llevemos nuestras ansiedades, urgencias, somatizaciones y calambres a construir espacios y diseñar ropas, cuales directores de arte o stylist futuristas como el sastre loco de Isaac Asimov.











