jisun.
Lo odia. Odia entenderse como la propiedad de otros. Más aún, odia que otros lo realicen como su propiedad cuando él, en innumerables ocasiones, se ha encargado de aclarar de que no es así. Si no está en una relación es por algo, cree él.
Pero no se deja pasar a llevar. Si algún tortolito medio enamorado le dice cosas tipo lo anterior, Jisun no se detiene a pensar, él solo escupe palabras de molestia, de rechazo. Porque una cosa tiene que ser clara: Él no pertenece a nadie, y eso, por todos los medios, se encargaría de demostrarlo.
Aunque el caso ahora es diferente. No siente rechazo, no siente molestia, es más, se siente un poco a gusto escuchando esas palabras. Y es que en el fondo, muy en el fondo, Jisun sabe que le gusta que sean posesivos con él, solo que no dejará que un don cualquiera venga de buenas a primera a decirle que es suyo. No.
—Eso, cariño, es la cosa más desagradable que me has podido decir —comentó, entre serio y divertido—, pero lo acepto, continúa.
Ebrio de confianza y valor, Satō dejó sus deseos más íntimos e incomprendidos ver la luz; sufriendo luego, como castigo, vergüenza y terror por la naturaleza de éstos. ¿Cómo era posible que él, mejor amigo y confidente, tuviera tales pensamientos, anhelos? Los aborrecía, sin dudas. Intentó olvidarlos más de una vez, recordando su posición y relación mas cada vez que observaba a Jisun, como una perturbación, se arruinaba, dejando otra vez al japonés en aprietos. No recordaba el día (el fatídico día) en que había comenzado a ver al muchacho de esa forma (suyo, casi suyo). Podría decir que una tarde, la más absurda de todas, algo cambió… Sólo que nada cambió. Ni sentimientos o intenciones. Siempre le vió así. Lo desesperando era que ahora podía, sin problemas o confusiones, avergonzarse.
El secreto, que ni Jisun —protagonista— podía saber, había dejado de existir.
Entró en pánico, ¿Cómo lo permitió?
Al tratar de excusarse, culpa al alcohol en un balbuceo. El alcohol siempre le obsequiaba confianza a montones, era creíble. Escucha a Jisun hablar. Está respondiendo. Piensa lo peor cuando escucha «Cariño» y «Desagradable» en la misma oración, pues reconoce el discurso, sabe cómo terminará ¿Y cómo no? Lo ha escuchado mil veces, sólo que es primera vez que está dirigido a él y no a otro. Siempre eran otros los patéticos, no él.
«Continúa» Es ahí cuando comprende su propia confesión.
—¿Que continúe? —Respira al fin—. ¿Si continúo seguirás buscando a otros?
Está arriesgándose, otra vez, y el rubor en su rostro denota que siente vergüenza y miedo aún.












