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m e m o r i e s
( No ha habido día que no desease saber pintar ) ft Unai
Aquellos seis meses que Asier pasó alejado de todo el mundo, fueron un verdadero reto para la relación de Unai y él. Tanto, que el vasco nunca estuvo seguro si de aquello podría llegar a funcionar del todo. La relación a distancia, el conseguir encubrir todo con mentiras y que a la vez Unai confiase en él... en realidad él solo tenía clara una cosa y es que pasase lo que pasase, no iba a contarle la verdad de por qué había tenido de esconderse. Por su seguridad. Había tenido que elaborar una mentira sobre una beca para futuras promesas extranjeras del arte que no había podido rechazar.
Los primeros meses no fueron mal. Ambos confiaban el uno en el otro y aunque Asier se había prometido no hacerlo, tardó tan solo cinco días en instalarse Skype para poder llamarle cuando estuviera solo. Nunca le contaba verdades, tan solo mentiras bien hiladas y le dejaba hablar a él, contarle que tal su día en el trabajo, si había visto a sus amigos, a su familia... Unai amaba hablar y a Asier le hacía sentir cómo en casa poder escucharle aunque fuera a través de la pantalla. Los roces eran mínimos y el sensate creía ver a su marido feliz aunque él estaba destrozado por dentro, no hacía nada más que repetirle que estaba muy contento por él, que estaba muy orgulloso, que quería que aprovechase todo lo que le enseñasen y que volviese siendo el nuevo Monet. Su relación casi pareció fortalecerse ante la adversidad.
Pero a decir verdad, cuánto más lo pensaba, cuantas más semanas pasaban, más se daba cuenta de que la mentira no podría haberse sostenido mucho más tiempo, pues a los cinco meses, las dudas en Unai comenzaron a surgir cómo si las hubiese estado embotellando todo ese tiempo y en algún momento, esa botella se hubiese desbordado. Llegó un punto en el que no podían mantener una conversación sin que pareciese un interrogatorio por parte de Unai hacia Asier, intentando pillarle en plena mentira. Las pequeñas discusiones se hicieron más presentes y el Resfeber se dio cuenta de algo. Unai estaba igual o más destrozado que él.
El último mes fue una autentica sensación de ansiedad, pánico y miedo por todo su cuerpo pues no sabía cuántos meses estarían así, igual que tampoco sabía si si volvía en ese instante a casa, su marido confiaría en él.
Pero obtuvo la respuesta cuando tras esos seis meses, Asier giró las llaves de casa. Sabía que quizá nada estaría igual, que todo había cambiado en su relación. Pero en realidad, no todo. Los cuadros a medio hacer que había pintado antes de irse seguían en su sitio, su aún caballete sostenía el último cuadro que había hecho y aunque su cónyuge siempre había odiado que Asier no tuviese el estudio ordenado, parecía que había dejado todos los bocetos esparcidos en la mesa tal y cómo él los había dejado al irse. Habían cambiado muchas cosas, pero el amor de su marido no. Y el suyo hacia él tampoco. Unai solo necesitó oír las llaves abrir la puerta cómo para saber que aquel era Asier y para tirarse a sus brazos con un abrazo que le hizo sentir que era la primera bocanada de aire que daba en mucho tiempo.
La primera mañana tras la vuelta fue algo que nunca se le olvidaría, que nunca desaparecería de su memoria. Habían pasado hasta bien tarde la noche anterior ambos despiertos, pero Asier al final se había rendido al sueño en brazos de Unai, el cual despertó mucho antes que el sensate. Para cuando el vasco abrió los ojos, se encontró a su pareja justo delante suya, sonriendo, acariciándole muy suavemente el rostro. Era una mirada de amor mucho más madura de la que jamás le había dedicado, con más experiencia, con mucha más certeza. —No vuelvas a irte.— Le pidió, en un tono bajo, con una voz que parecía rompérsele. Asier elevó la mano para poder acariciar la del contrario, que aún se encontraba posada en su propio rostro. —No lo haré.— Pudo prometer Asier, apretando su mano mucho más fuerte, mirando directamente a sus ojos. Habían pasado ambos por mucho en el pasado, por muchas peleas, gritos y momentos de tambaleo. Momentos de auténticos problemas económicos, de no tener tiempo para dedicarse, de problemas familiares... pero habían podido con ello.
—¿Sabes de lo que me he dado cuenta todo este tiempo?— Le preguntó Unai de la nada, aún con sus ojos fijos en él. Lo miraba cómo si quisiese capturar aquella imagen totalmente en su cabeza. —Que he logrado entenderte.— Asier frunció el ceño, no seguro de haber entendido a qué se refería su pareja. Unai soltó una pequeña risa, al ver aquel gesto de su pareja. —No ha habido día que no desease saber pintar para poder pintar tu rostro en uno de tus blancos lienzos. Tenía miedo de olvidar pequeños detalles.— La mano del contrario se paseó hasta su frente, dónde tenía una pequeña marca de un golpe de niño y la acarició con las yemas de sus dedos, arrancándole al vasco una profunda y genuina sonrisa.
En ese instante, Asier creyó que el corazón le iba a reventar en el pecho. Los ojos de ambos estaban vidriosos. Se acercó para besarle aún cuando una lágrima furtiva se escapaba de su mejilla. Ambos habían sufrido, pero ambos iban a coger todo aquello y a aprender. A dejarlo atrás. Sabía que iban a necesitar tiempo, semanas, para volver a adaptarse, pero estaba seguro de que acabarían de conseguirlo. Haría lo que fuese para conseguirlo.
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