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Sentipensares.
La incomodidad de que te señalen tus privilegios y otras formas de darte cuenta de lo mucho que te has beneficiado de este sistema
Hace no poco tiempo tuve los ovarios de afirmar (muchas veces, de hecho) que yo estaba satisfecha conmigo misma, que sabia cuáles eran mis posturas políticas y mi base de valores era muy fuerte y estable, que me consideraba feminista, antiespecista, anticapitalista y otra serie de etiquetas que nombraban las luchas a las que me he adscrito a lo largo de mi vida.
Lo que todo esto englobaba era que me consideraba una persona con una amplia conciencia social y empatía. Estos dos conceptos los aprendí y empecé a ejercer cuando, a los 13 años, empecé a ser voluntaria en Compartiendo Sonrisas Campeche, asociación que hoy dirijo en su sede en CDMX. Elles me dieron un golpe de realidad, me enseñaron que la vida no era para todes como la era para mí, que no todes tenían los mismos privilegios que yo y entonces tenía la responsabilidad de usarlos para hacer de este mundo un poco mejor para todes. Y desde eso me he dedicado a ser voluntaria en cualquier movimiento, evento, situación que requiera el apoyo de la comunidad para la comunidad.
Prácticamente al mismo tiempo que ingresé como voluntaria a Compartiendo Sonrisas, mi amiga Pamela me introdujo en el feminismo. Era la época del He for She y mi feminismo inició siendo una lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. La misma Pamela consiguió una revista de NatGeo, una edición especial dedicada al género y se encargó de que todes nuestres amigues la leyeran, yo incluida, de la cual aprendimos muchísimo.
Entre lecturas, conferencias, publicaciones en internet, pláticas con amigues logré aprender muchísimo sobre feminismo, ambiente, racismo, clasismo, desigualdades estructurales, discriminación institucional… Cuando cumplí 19 años me volví oficialmente vegetariana y, después de dos meses, vegana. Fue un logro muy importante para mi porque desde que tenía 12 años había querido ser vegetariana y lo logré hasta que me mudé. Para este momento yo ya estaba en la cima de la conciencia social, de la deconstrucción y decolonizacion, al menos así me sentía. Me consideraba feminista, antiespecista, antirracista, anticapitalista, ambientalista, e intentaba muy fuertemente ser congruente entre mis discursos y mis acciones, participando activamente en movimientos estudiantiles, de mujeres, o de la sociedad en general, cuestionando mis hábitos de consumo e intentando que fueran más amigables con el ambiente, entre muchas otras cosas.
No fue hasta hace poco, muy poco, que empecé a escuchar lo que las mujeres afrodescendientes tenían que decir sobre la vida, sobre estos sistemas económicos, políticos, sociales que tanto les afectan a ellas y a los hombres. También empecé a leer y escuchar sobre las comunidades mayas organizadas y autónomas y sobre sus luchas por conservarse y por conservar la tierra y la naturaleza, sobre sus procesos educativos anti hegemónicos y los constantes ataques del gobierno para desestabilizarlas.
Yo pensaba que aprender sobre todo esto lo único que hacia era hacerme sentir incomoda. Mi satisfacción de hace unos meses se fue toda al carajo. Yo soy una persona con muchos privilegios y lo se desde hace mucho pero no fue hasta que empecé a escuchar a estas personas que caí en cuenta de lo mucho que me he beneficiado de este sistema que tanto daño le hace a otras personas. Y creo que eso es algo que no tenía claro al principio, muchas veces se nos dice que no tenemos la culpa de nacer con privilegios pero que debemos usarlos para luchar porque esos privilegios sean derechos para todes. Y si lo hacemos nos sentimos como que hemos saldado la deuda social e histórica que, como personas blancas, por ejemplo, tenemos con las personas de pueblos originarios y afrodescendientes. PERO DEBEMOS SER MUY MUY MUY CONCIENTES de que todos esos privilegios implican que muchas otras personas sigan siendo discriminadas, oprimidas, reprimidas, despojadas y vivan muchos tipos de violencia que nosotres no hemos vivido y, muy probablemente, tampoco vayamos a vivir nunca. Entender que mis privilegios significan grandes bombardeos de violencia hacia otras personas me ha dolido muchísimo y me ha hecho avergonzarme por sentirme satisfecha con solo ser consciente e intentar no reproducir cualquier forma de violencia hacia esos grupos.
Ser ahora consciente de esta forma duele, porque recuerdo a mi nana Gloria una joven indígena. Mi situación privilegiada implicó que yo pudiera tenerla a ella para cuidarme 24/7. Yo crecí rodeada de amor mientras ella, de 15 años, creció alejada de su familia. Su situación de pobreza me benefició a mí. Por eso digo que nuestros privilegios nos benefician siempre al mismo tiempo que oprimen a alguien mas y le quitan derechos. Ya no es “tengo privilegios Y otres no tienen”, ahora es “tengo privilegios PORQUE otros no los tienen”. Y eso que solo puse un ejemplo pero se me vienen muchos a la cabeza.
Lo que he escuchado de las mujeres afrodescendientes decir sobre todas las banderas que he tomado: que si el veganismo es blanco, que si mi feminismo de solo mujeres es blanco, que si mis formas occidentales son colonizadoras… todas esas cosas me incomodan mucho. Sigo creyendo en el veganismo y sigo peleando por espacios seguros de solo mujeres, pero hoy no me encuentro en la posición de debatir. A partir de hoy me dedicare a escuchar y replantearme esa base de valores de la que tan segura estaba.
Me siento incomoda porque no había notado que estas luchas, esta opresión, no eran mi lucha ni mi opresión. Me siento incomoda por darme cuenta que como mujer blanca de clase media me he beneficiado de este sistema que es tan violento para muchas otras personas, y que mis privilegios se alimentan de esa violencia. Me siento incomoda porque antes yo era la que incomodaba a les demás cuando les señalaba sus machismos, sus violencias y sus formas, ahora es a mi a quien le señalan sus privilegios. Y no solo me incomoda, también me duele.
Estas ultimas semanas han sido de darme cuenta de muchas cosas, de caerme del pedestal que me había construido en lo mas alto de mi ego y golpearme de formas muy duras con el frio suelo de la realidad. No soy la mas “woke” y tampoco he saldado mi deuda con los grupos oprimidos de los cuales me he beneficiado y, probablemente, nunca logre saldarla. Pero eso no significa que no seguiré trabajando para darme cuenta de las violencias que he ejercido y que sigo ejerciendo, para intentar eliminarlas. Tampoco significa que dejaré de luchar por hacer de este mundo uno un poco menos culero, la diferencia es que poco a poco voy entendiendo de qué formas este mundo es tan culero con ciertos grupos, formas de las que no tenia idea y de las cuales me he beneficiado.
Seguiré aprendiendo, seguiré escuchando, seguiré aceptando sentirme incomoda cuando me señalen mis privilegios, no los voy a negar. Todo esto lo usare para intentar cambiar siempre para bien. Me niego a seguir viviendo sin ser consciente de toda la violencia que mis privilegios le cuestan a tantas personas. Y me niego a saber esto sin hacer nada al respecto.
Y si alguien cree que esto no es suficiente, estoy totalmente dispuesta a escucharle y a cambiar, no sin antes ofrecer una sincera disculpa.
Compañeros del Cristal
No era el reloj el esclavo del tiempo , eran las manecillas quienes deseaban las caricias del engranaje. Arturo G. SonidosdelSordo.
Wassily no ha muerto
Lapices y pinceles, era lo único que veía en tí. Pinceles de tus cejas, lapices de tus dedos.
Me borrabas de tu bote, de tus ansias, de tu vuelo. Lapices desnudos, gastados, no obstante lapices a pesar de todo.
¡Y qué pinceles! Oscuros, danzantes, seductores, que en la travesura de su cercanía se esfumaban vivos colores.
Ahí, en el bastidor de tu torso aún viven las fibras del artista que un día fue. Arturo G.
Yo también tuve tu edad
Algunos días se me olvidan las cosas. Unos días más que otros.
Se me olvidan las fechas porque los números no me dicen nada,se quedan callados y les divierte observar de lejos mi desesperación por recordar un cumpleaños o el número telefónico de alguna persona.
Se me olvida dónde he dejado mis llaves o mi cartera, y la mesa se sonríe a causa de mi frustración. El frutero se sonroja, y las manzanas son las culpables.
Olvido mi nombre, porque nunca me hablo a mí mismo. Lo olvido porque nunca he sido mi amigo, ni mi enemigo; me soy invisible. Olvido mi nombre cada vez que quiero escribirlo, porque la tinta no es suficiente para mover mi mano ni para invitarla a bailar mientras se cuchichean sus letras completas.
Olvidar se me dá con facilidad porque mi mente se desborda de tantos recuerdos, y es tal la cantidad de ellos que han roto el muro que los contenía.
La cascada es inevitable.