Ser guapo hoy no es fácil. Salir a la calle se convierte en la carrera de obstáculos de la belleza. Sentir en mi piel las miradas ahogadas en deseo de las personas que se cruzan conmigo por la calle no es algo fácil de llevar. Pero cuando hay espejos de por medio es peor. Las miradas de los vergonzosos que no se atreven a cruzarlas conmigo todavía son más inquietantes para mi psique.
Estar trabajando en el despacho desnudo de cintura para arriba no para provocar a nadie, sino simplemente porque hace calor y ver como mi vecina no hace más que asomarse a la ventana mirándome entre las rendijas de la cortina. Nadie sabe lo que es eso hasta que se sufre en las propias carnes.
¿Cómo viviríais vosotros si supiérais que hay personas que se gastan sus ahorros en clínicas de estética y que usan fotos mías para explicarles a los cirujanos cómo quieren quedar?. ¿Quién sería capaz de vivir con semejante responsabilidad a sus espaldas?.
Por las noches, habitualmente a la hora en que estoy viendo el telediario de Matías Prats, suelen aparecer en mi mente multitud de imágenes muy desagradables donde puedo ver las fantasías que tienen conmigo las personas que se han cruzado conmigo por la calle. Siempre he sido una persona muy sensible a las ondas extrasensoriales y cuando hay tantas personas a la vez utilizándome como foco de sus fantasías, me vuelvo fotosensible a ellas, no puedo hacer nada por evitarlo. Ese sufrimiento es peor que ir al Bershka y no encontrar ropa de tu talla.
¿Os imagináis una vida donde a todo os dijeran que sí?. ¿A que sería horrible?. ¿Dónde está la emoción y el riesgo en una vida así?. Yo quiero que me digan que no. Quiero acercarme a una chica en la biblioteca y que me diga “no, sólo quiero leer libros”. Quiero que el cajero del Carrefour me diga “no, no puedes pasar si no pagas los Doritos”. Quiero que la Señora Mercedes me diga algún día que no cuando le pido que me compre algo. ¿Por qué nadie me dice que no?.
Yo no elegí ser guapo. A cualquiera le hubiera podido pasar, no he sido más que una combinación caprichosa de los genes de mis padres. Mira mi hermana, ella sí que tiene suerte, 43 años y todavía está soltera y entera. Antes despreciaba esas verrugas que recorren su cara pero llegados a este momento, es la persona a la que más envidio del mundo.