Desde la primera vez que leí The End, supe que era uno de esos libros que crean cismas. El desenlace del infortunio de los Baudelaire tiene un tono distinto de los otros libros y eso tiene que ver con la arriesgada incursión de su autor en estilos literarios como la utopía y el relato bíblico, cosas que uno no se espera al estar ante el cierre de la desventura. The End se desarrolla en la bruma mágica y sedante de la isla, el verdadero último lugar seguro para nuestros huérfanos que han sido traicionados por la justicia en persona. ¿Cómo es que una adaptación televisiva lograría retratar la idea de una sociedad adormecida, a salvo de todo mal, y a la vez controlada por un mesías? ¿Cómo dejar en claro al espectador la idea de que el mal es inevitable mientras existan seres humanos? ¿Cómo mantener la fuerza literaria, la grandiosidad de las alegorías de The End? ¿Cómo transmitir los temas del libro más finamente acabado de la saga?
La respuesta, por supuesto, es que no hay manera de lograrlo. Siempre tuve la sospecha de que The End sería imposible de adaptar a la pantalla en todo su esplendor. A diferencia de los otros libros, se tomó la decisión de que The End tendría un único episodio. Esa decisión tiene sentido, dado que el final de The Penultimate Peril ya se siente bastante concluyente en sí mismo y dividir en dos episodios algo que literalmente se llama The End parece poco acertado. Sin embargo, el episodio de cuarenta minutos nos llevó a sacrificar la posibilidad de retratar con el detalle merecido la utopía de la isla. Ishmael controla a los habitantes de la isla con las técnicas de gaslighting y manipulación más eficaces y la razón por la cual puede salirse con la suya es precisamente la presión social que impera en la isla, el miedo que tienen todos sus habitantes a romper las convenciones y a los cambios que pueden llevar a un conflicto. Al inicio del episodio podemos ver cómo Ishmael convence (”I won’t force you but…”) a los habitantes de deshacerse de los objetos arrastrados por la tormenta, pero no se aprecia qué la intención de Ishmael detrás de eso es evitar que el conocimiento llegue a la sociedad. Escuchamos la frase “It depends how you look at it” una única vez, pero no es suficiente para apreciar que esto es el mecanismo de manipulación de Ishmael para convencer de que toda innovación, todo acto de subversión o incluso de creación, puede ser usado para cometer injusticia. Tampoco vemos cómo día tras día Klaus, Violet y Sunny olvidan su vida en la ciudad. La isla es el único lugar que ha sido seguro para los huérfanos y sus habitantes son los únicos que han escuchado a los niños acerca de la maldad de Olaf, pero esa seguridad lleva un precio y eso es una vida monótona, sin arte, sin placeres, sin conocimiento y sobre todo, controlada por un tirano. El mensaje sólo hubiera podido apreciarse con más escenas de los días de los niños en aquella sociedad. Y tenemos por último, la omisión que más me dolió: no vemos el cisma que ocurre en la confrontación entre Ishmael, Olaf y Baudelaires. Uno de los misterios centrales de la saga es precisamente el cisma que ocurrió en V.F.D. al grado de dividir la organización, alguna vez noble, en villanos y voluntarios. The End acierta de forma sublime al exponer cómo un cisma puede ocurrir a la velocidad con la que inicia un incendio. Cuando menos se dan cuenta, los Baudelaire liberan la discordia en la isla, con lo cual Lemony nos ofrece la última gran lección de la saga: el mal es inevitable y la utopía no existe; lo único que sucederá al huir de los problemas es que estos eventualmente te alcanzarán. Así pues, es justo decir que en el episodio de The End tenemos las mayores pérdidas de la temporada. En realidad ya me lo esperaba y no culpo a nadie acerca de ese resultado. The End es uno de los trabajos más complicados en el tema de la utopía que conozco y ya he hablado en los análisis pasados de la genialidad de Lemony Snicket que por ser traducida a la pantalla, pierde su poder. Ahora es tiempo de mencionar una última omisión que me permitirá abordar otro de los cambios que sufrió The End en su adaptación, y ésta es la ausencia del final trágico de la historia.
Creo con todo mi corazón que D. Handler es el mejor escritor de literatura infantil y esto debido a que jamás subestimó a su audiencia. En cada una de sus páginas podemos encontrar su fe en que los niños están mejor equipados que nadie para la crueldad del mundo y el señor no tuvo contemplaciones en considerar que estábamos capacitados para soportar un final al nivel de Dostoievski. The End adquiere el tono más siniestro en la saga cuando los habitantes de la isla cometen un suicidio colectivo bajo órdenes de Ishmael. Después de que el Medusoid Mycelium es liberado, los habitantes prefieren aventurarse en el océano y abandonar a la causa del problema (los Baudelaire) en la isla, a pesar de saber que no hay ninguna posibilidad de llegar a otro sitio y encontrar un antídoto. En la adaptación, el horror del momento es diluido cuando se explica que The Incredibly Deadly Viper logró alcanzar el bote y llevar el antídoto a los habitantes. La decisión detrás de ese cambio es comprensible. Una cosa es el medio escrito, en el cual Lemony insinúa el destino de la población y su última huida del mal en el mundo, pero otra muy distinta sería ver cómo todos eligen voluntariamente morir para evitar el conflcito. @snicketsleuth ha señalado en varias ocasiones la imposibilidad de interpretar con exactitud a Olaf y las razones para que ambos actores optaran por la vía cómica en sus respectivas actuaciones: es insoportable ver la crueldad explícita que estos libros alcanzan en pantalla y lo macabro de la escena del suicidio hubiera provocado que la serie terminara con clasificación adulta. Lo mismo puede decirse acerca del final de los trillizos Quagmire y los hermanos Widdershins. En el episodio observamos cómo Quigley se reune con Isadora y Duncan y cómo el capitán Widdershins regresa con Fiona y Fernald, contrario a la terrible confesión de Kit Snicket al final del libro: la misión falló, la casa autosustentable y el Queequeg naufragaron en la batalla contra las águilas sólo para ser arrastrados al fondo del océano por The Great Unknown. A diferencia de la serie, en el texto nunca se aclara la verdadera naturaleza de The Great Unknown, pero, ¿qué puede ser más desconocido, si no la propia muerte? Las lágrimas que Kit y los Baudelaire comparten en sus respectivas confesiones indican que los trillizos, Fiona y Fernald, sí, están muertos. Esta decisión implica una subversión de la literatura que difícilmente podría haber sido adaptada en la serie. La decisión de cambiar el destino de estos personajes puede ir en contra de lo que Lemony Snicket transmite el papel, quien a fin de cuentas escribe sobre la muerte, la pérdida y la injusticia, con la diferencia de que su audiencia son niños; sin embargo, no me parece que ese cambio rompa con la atmósfera de la serie en general. Hemos visto a los Baudelaire, los Quagmire y los Widdershins pasar por todos los infortunios posibles y ha quedado en claro que no existen los finales felices. Lo único que queda es un pequeño destello de esperanza y es en ese cambio que la serie se eleva por encima del texto. Este mismo tono de esperanza se encuentra presente en el enternecedor final que se le dio a la temporada: la reunión de Lemony y Beatrice Baudelaire Segunda.
The End concluye con Chapter Fourteeen, un epílogo simple y agridulce, como sólo podía ser con Lemony Snicket. Los Baudelaire deciden abandonar la seguridad de la isla y adentrarse de nuevo al océano y al mundo en sociedad. El destino de los huérfanos queda abierto, pero las continuas alusiones a The Great Unknown y la tristeza de la cual no se puede deshacer nuestro narrador nos hacen pensar de nuevo en lo peor. Por fortuna, existe algo llamado The Beatrice Letters, en donde encontramos algunas pistas para pensar que los Baudelaire sobrevivieron a su viaje. Beatrice, la hija de Kit, escribe una serie de cartas a Lemony, desesperada por saber si acaso él tiene información que le permita encontrarse con su familia adoptiva. En la escena final del episodio de The End, vemos cómo Lemony finalmente accede a encontrarse con esa insistente personita que le escribe cartas y que no parece querer acabar con él, como todos sus enemigos. Algo en mi que no sabía que me hacía falta fue completado cuando Lemony entra a la tienda de sodas y ve a aquella niña, la viva imagen de su hermana, que se hace llamar a sí misma Beatrice Baudelaire. En otras circunstancias, tal vez hubiera protestado si los escritores de una adaptación hubieran cambiado un final triste por un final feliz pero si alguien merece un respiro y un momento de felicidad es Lemony Snicket. La reunión de Beatrice y Lemony es conmovedora, satisfactoria, nos da un sentido de propósito, de que Lemony concluyó su investigación y que ésta dio frutos inesperados al reunirlo con él único familiar que le queda, y quien tiene el mismo nombre de la mujer que él amó y perdió hace años. El mensaje de la escena y la manera en que recoge todos los temas y detiene por una vez esa serie de eventos desafortunados supera, por mucho, el final abierto de Chapter Fourteen. Es quizá el momento más poderoso de las tres temporadas, la escena más lograda y el mayor aporte que hizo Netflix a la historia. Fue este cierre, junto con las virtudes del la adaptación que mencionaré a continuación, lo que coloca al episodio como mi segundo favorito, a pesar de todo lo que perdimos en el camino.
Me he detenido demasiado en analizar las diferencias generales entre el libro y el episodio y ahora es momento de hablar de cosas positivas más específicas. Quisiera centrarme en dos soluciones al misterio que The End también ofrece en sus cortos cuarenta minutos (dios mío, hay demasiadas cosas sucediendo en tan poco tiempo). Me refiero a la revelación de Ishmael como el director de Prufrock Preparatory School y líder de V.F.D, y la respuesta a la incógnita sobre el azucarero. Mis sospechas acerca de lo difícil que sería adaptar los temas de The End también preguntaban si la serie podría retratar con justicia a Ishmael, y el maquillaje del actor en el trailer sólo echó más fuego a mi escepticismo. Sin embargo, en el momento en que Ishmael responde a Olaf cual Bartleby el escribiente “I would prefer not to”, caí por completo fascinada por nuestro Ishmael en pantalla (entiérrenme en las referencias a Herman Melville de esta saga). Siempre pensé en Ishmael como el villano principal, mucho peor que Olaf y lo veía como el ser más retorcido y terrorífico que los niños pudieron haber encontrado, pero debo reconocer que fue fascinante el enfoque no tan malévolo que la serie le otorgó. Ishmael es manipulador y miente, pero lo hace por un propósito que él considera noble, que es proteger a los habitantes de la isla del mal; incluso se preocupa en serio por los huérfanos Baudelaire, aunque estos se muestran como potenciales fuentes de conflicto. En un capítulo inmerso en referencias al Génesis, es imposible no hacer la analogía entre Ishmael y Dios. Dios prohíbe a Adán y Eva comer del árbol del conocimiento para mantenerlos a salvo; Ishmael también prohíbe todo conocimiento en la isla, pues éste conduce al mal, y en su necedad condena a sus subordinados a la muerte. Por otra parte, la serie introduce la revelación de que Ishmael alguna vez fue el director de Prufrock Prep, donde se encargaba de reclutar voluntarios para la organización que él mismo fundó, V.F.D. Esta respuesta es controversial, pues en los libros no aparece, y de hecho, se insinúa varias veces que V.F.D. es una sociedad mucho más antigua: Kit Snicket afirma que el cisma inició cuando ella tenía cuatro años, y The Woman with Hair but no Beard and the Man with Beard but no Hair son miembros de V.F.D. mayores que Olaf y su generación. A pesar de esto, considero la respuesta como un acto de pura genialidad, ya que refuerza la idea de Ishmael como el creador y como Dios; Ishmael en el pasado fue el primero que buscó apagar los incendios del mundo y al darse cuenta de que no podía hacerlo, decidió sólo huir de ellos. De igual manera, nos ofrece respuestas de cómo es que los miembros ingresaban en V.F.D. y qué papel tenía Prufrock Prep en ese ingreso. Por último, también es imposible no hacer la analogía entre Ishmael y aquel otro director de cierta saga infantil que no tenía miramientos en manipular a los niños de su escuela por el bien mayor.
Ahora bien, la respuesta acerca del contenido del azucarero careció de la genialidad del tratamiento de Ishmael. Como buena fan, he tenido mis momentos para rumiar la respuesta y he llegado a un veredicto. Me gusta pensar que en verdad ya nadie sabe lo que está dentro del azucarero y que el único propósito del objeto es mantener la discordia entre los personajes. Si tuviera que ofrecer una respuesta, me inclino por la idea de que el azucarero contenía la evidencia para inculpar a Olaf y limpiar el nombre de Lemony; mis razones para pensar esto son la carta de Lemony a Kit en The Slippery Slope y la insinuación en la escena del taxi de The Penultimate Peril acerca de que Lemony sí consigue el azucarero en el Hotel Denouement. No quiero abordar en detalle todas las teorías acerca del azucarero, eso sería material para un análisis en sí mismo, y sólo quisiera señalar algunas inconsistencias en la respuesta por la que optó la serie. Kit Snicket revela, en un dramático close up que el azucarero contiene….azúcar. Hubiera sido simplemente brillante que la respuesta hubiera quedado ahí, pero no todo puede ser perfecto. El azucarero contiene una especie de híbrido de azúcar que es otro antídoto para el Medusoid Mycellium. De ahí la respuesta de Beatrice en el flashback de la ópera acerca de que el contenido puede salvar vidas, y de ahí la decisión de ella y Lemony sobre robarlo. Pero si el contenido del azucarero era lo importante y no el azucarero mismo, ¿por qué infiernos Beatrice no robó únicamente un poco del azúcar dentro para después fabricar mayores dosis del antídoto? ¿Y por qué ella y Bertrand tuvieron que replicar un antídoto en las manzanas, si ya existía uno? Parece haber cientos de antídotos dispersos por el mundo y eso me parece que disminuye el poder del Medusoid. Más aun, en la escena de la ópera, Esmé sí sirve el azúcar en el té de Kit, ¿eso no la haría inmune al hongo y, por tanto, no tendría sentido que hubiera muerto envenenada? Creo que la respuesta acerca de este misterio no era tan necesaria y que el valor de la figura del azucarero en la trama reside precisamente en la ambigüedad. Tal vez los escritores desearon dar un poco de satisfacción a la audiencia, pero creo que había respuestas más brillantes para ofrecer.
He salvado mi parte favorita del episodio para el final, nada menos que la secuencia de la serpiente con la manzana, las muertes de Kit y Olaf y el nacimiento de Beatrice. Pasarán años y no terminaré de maravillarme de las figuras alegóricas, del poder de las palabras y de la fuerza sentimental que existen en cada uno de estos momentos. Empecemos con la secuencia donde los niños entran a la casa, desesperados por sobrevivir, y se vislumbra por unos segundos, a la serpiente en el árbol. Durante una de las veces en las que estaba repitiendo el episodio, me descubrí a mi misma pensando “Nada de lo que estoy viendo es original”, una palabra que aquí significa una obra creada por un genio, libre de todo contexto social e influencia literaria. La imagen de la serpiente ofreciendo una manzana a Eva es tan antigua como la civilización occidental, y sin embargo, nuestro autor se sirve de ella para subvertir, en el momento clímax del episodio, toda la enseñanza bíblica del conocimiento como un mal. The Incredibly Deadly Viper ofrece a Sunny Baudelaire el antídoto del Medusoid en la forma de una manzana, legado de la nobleza y las aptitudes intelectuales de los padres Baudelaire. Es la ausencia del conocimiento lo que conduce al mal, como bien mostró Ishmael al condenar a toda la isla. O tal vez no, tal vez el conocimiento sí traerá discordia y conflicto, pero eso no significa que debamos vivir una vida en la ignorancia y la monotonía, sólo esperando la muerte. Después de la salvación de los Baudelaire por parte de la serpiente, tenemos el plotwist más dulce y conmovedor en la saga. El Conde Olaf, sí, el villano que desde la página uno ha sido caracterizado como el ser humano más terrible y repulsivo, termina su vida haciendo algo bueno por la única mujer a la que amó, nada menos que Kit Snicket. No hay algo que yo ame más en la ficción que los antihéroes, que descubrir la bondad en los personajes para los que no hay salvación, y se pueden imaginar lo que significa para mi esta última revelación. No sé como habrán tomado la sorpresa las personas que no leyeron los libros, ya que en TPP se cometió el spoiler de mostrarnos a Kit y Olaf como pareja. A pesar de esa decisión, creo que la escena es tan perfecta como en el libro, con algunos destellos de genialidad que contribuyen a hacer el momento aun más como de un cuento de hadas. El torbellino de los acontecimientos se ralentiza para permitir que Olaf y Kit se despidan y encuentren un refugio a su tragedia en la muerte. De entre todos en el mundo, este hombre a quien ella alguna vez amó, dejó de amar, quien mató a su hermano en venganza por el pasado, finalmente hace algo bueno para ayudarla a dar a luz. Ella dice que no lo perdona y él responde que no le interesa pedir perdón, ¿pero en verdad es así? Kit ríe con la respuesta de él y mantiene su sonrisa durante la despedida y me atrevo a decir que, sí, ella lo perdona porque si algo nos ha enseñado la serie es que el mundo no se divide en nobles y villanos y esa es la magia de Olaf y Kit, dos personajes como el agua y el aceite a quienes la fuerza del destino obligó a separarse. Los aportes de la escena que la hicieron aun más magnifica de lo que esperaba, fueron como ya señalé, el hecho de que ambos rían aunque sepan que están a punto de morir y cómo Olaf pide a Kit “Let me see your eyes” justo antes de recitar el poema más bello de toda la serie, The Night Has a Thousand Eyes, de Francis William Bourdillon (comienzo a pensar que la razón número uno por la que eligieron a Allison Williams fueron sus ojos, perfectos para el momento). Queda mucho por decir acerca del significado de los poemas, en particular de This Be the Verse, por ser las últimas palabras de Olaf y creo que eso también es material para un análisis separado. Por ello, me limitaré a señalar el tema del poema y situarlo en el contexto de la escena. Olaf recita la última estrofa de un poema que contiene palabras no aptas para un público infantil (muy de acuerdo a su personaje) y que habla sobre la manera en que nuestros padres nos arruinan con sus defectos y sus vicios. Es preciso recordar la revelación que en última instancia nos permite entender la motivación del personaje: fueron los padres de los Baudelaire los que dejaron a Olaf huérfano y la causa de que éste haya optado por el camino de iniciar fuegos, en lugar de apagarlos. El conflicto con los padres Baudelaire resurge cuando Klaus confronta a Olaf y dice por primera vez la sospecha que él y sus hermanas habían guardado desde siempre, “It was you who made us orphans in the first place!” ¿Y qué responde Olaf? “Is that what you think?” No veo la razón para que un hombre que está a punto de morir negara su culpa acerca del incidente y no puedo evitar pensar que Olaf, a pesar de todo su odio contra los Baudelaire, tal vez sea inocente del incendio que los condujo a su muerte. Ésta es solo una manera de interpretar la respuesta de Olaf, lo que es importante es recordar que fueron Beatrice y Bertrand Lemony los iniciadores de toda la serie de eventos desafortunados y que Olaf tiene eso muy en claro al recitar el verso final directamente a los niños. Recuerdo haber leído una entrevista a Neil Patrick Harris donde él decía que su intención al filmar la escena era evitar que la audiencia intentara justificar a Olaf. Esto no ocurre: al mismo tiempo que Olaf salva a Kit y recita poesía sólo para ella, no olvidamos su maldad, su resentimiento contra el mundo al negarse a pedir perdón y su amenaza sobre los huérfanos Baudelaire hasta en sus últimas palabras: Don’t have any kids yourself.
Me he extendido en esta reseña más de lo planeado; creo que, por ahora, sólo queda cerrar con la mención de la muerte de Kit y el nacimiento de Beatrice Baudelaire. Se me han acabado las palabras para describir la manera en que The End termina por destruir nuestros sentimientos, al mostrar como Kit Snicket se despide de su hija y pide a los Baudelaire cuidar de ella. Cada que recuerdo cómo nuestra afligida Kit lamenta no poder ser tan buena madre como Beatrice y los gritos de Violet, Please don’t leave us, no puedo evitar sentir que algo en mi se estruja. A pesar de tener una hija por la cual vivir, la muerte resulta ser el regalo más grande para Kit. Nuestra heroína ya no puede combatir el fuego, ha perdido a sus hermanos, el padre de su hija, y ha tenido que ver morir al hombre que le ha causado tanto dolor y a quien, sin embargo, ella traicionó de la peor forma posible. El destino de Kit se vislumbra desde el momento en que pierde el control en el picnic con los Baudelaire y expresa su mayor temor “It will not end well”. Los Baudelaire no pueden hacer más que despedirla y asegurarle que Beatrice no estará sola, aunque sean ellos quienes desesperadamente necesitan no estar solos. De verdad, jamás imaginé lo que sería ver, en pantalla, cómo tres niños quedan abandonados en una isla, ahora con la responsabilidad de cuidar de un bebé. Lemony una vez más, traspasa los límites de las historias para niños al mostrar la vulnerabilidad de Violet, Klaus y Sunny, y al mismo tiempo, su decisión a no dejarse vencer, a enfrentar una última vez, el mal del mundo, todo por el bien de Beatrice. Los niños se convierten en adultos y su determinación para continuar en el mundo, pese a que este no es una utopía, dignifica el mensaje de la saga. La intención de Lemony no es mostrar solamente que la vida es una ensalada de conflicto, sino en preguntar acerca de nuestro modo de enfrentarnos a ella. Podemos elegir una isla segura, podemos elegir crear incendios o podemos elegir luchar contra el fuego. Me gusta pensar que Beatrice, Lemony y los hermanos Baudelaire, después de todo lo sucedido, aun decidieron combatir el fuego; como nos enseña Lemony, sólo queda esperar por lo mejor, aunque lo mejor, al igual que un correo interesante, muy pocas veces llega.