Sevika, Sevika, and Sevika aaaanddd more Sevika ✨✨✨
seen from China

seen from Malaysia
seen from T1

seen from Canada
seen from Brazil

seen from United Kingdom

seen from Australia
seen from United States
seen from Hong Kong SAR China
seen from United States

seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from United Kingdom
seen from China

seen from Malaysia

seen from United States

seen from United States

seen from Germany
Sevika, Sevika, and Sevika aaaanddd more Sevika ✨✨✨
the altar... the wind goddess who protected the miners giving jinx her big moment..... more of this please
Amarillo & Rojo
◈|Sevika/Edhel Iskra — Sevdhel
◈|Two-Shot.
◈|Conteo de palabras: 4K
◈|Sinopsis: Sevika no notó cuando el cambio ocurrió. Fue tan gradual, tan impredecible, que no sabía siquiera cómo era sentirse antes de… sentirse así. <Parte uno: Amarillo
Rojo
Decir que no sabía cuando sucedió el cambio sería mentir. Porque Edhel sí era consciente de cuando sus sentimientos empezaron a desviarse del camino… pero jamás hizo nada para detenerlos.
Se suponía que su cercanía con Sevika fue parte de un plan, uno trazado con un solo objetivo en mente: sacarle información sobre las andanzas de Silco y su gente.
Después de semanas de estar varados, su grupo se había visto en aprietos. Su informante había sido eliminado tras cometer un pequeño desliz y desde entonces, las reglas para formar parte del círculo interno de los Quimobarones y Silco se habían vuelto mucho más estrictas.
Liam había podido mantenerlos a raya al enfrentarse cara a cara con los matones. Pelea tras pelea había sido como tirar una moneda al aire y cruzar los dedos para que el resultado fuera favorecedor. Sin embargo, Edhel ya no quería que las cosas siguieran siendo así si era a costa del bienestar y la vida de su mejor amigo.
Así que revisó las cartas que tenía en su mano y, aunque no le agradaba del todo la que había elegido, la puso sobre la mesa de todos modos. Eso era mejor que volver a pasar su turno, a darle más delantera a su oponente, a dejar que su hermano sangrara una vez más.
En un principio respetaba a Sevika por el único motivo de que era una clienta más, otra cara de la multitud y Edhel, en su papel de civil y herrera neutral, “mantenía sus manos lejos de la política”. Pero las cosas cambiaron en cuanto descubrió que Sevika frecuentaba Babette’s y entonces le fue imposible callarse. Disparó comentarios aquí y allá, burlas disfrazadas de opiniones, juicios lanzados sin pensar en las consecuencias. Tal vez buscaba provocar, quizás solo molestar. Lo cual fue darse un tiro a su propio yo del futuro, porque en cuanto Sevika se volvió una pieza clave, Edhel tuvo que obligarse a hacer lo que más odiaba: tragarse el orgullo y morderse la lengua pues necesitaba su favor a toda costa.
En su pobre defensa estar en la buena gracia de Sevika jamás había sido su intención original.
Para asegurarse de tener más posibilidades de convivir, decidió empezar a frecuentar los lugares donde sabía que podría cruzarse con Sevika, además de la herrería. Para cualquiera, aquellos encuentros serían meras casualidades. Para Edhel, fueron jugadas meticulosamente calculadas.
Las charlas comenzaron con lentitud, al igual que todo lo demás y Edhel sentía la urgencia quemarle la garganta. Deseaba que todo ocurriera más rápido y que Sevika mordiera el anzuelo en un abrir y cerrar de ojos. Pero sabía, porque había aprendido a la fuerza, que con ciertas personas no se puede forzar nada. Si lo hacía, ella se daría cuenta y entonces todo el esfuerzo hecho hasta el momento habría sido en vano.
Así que no la presionó. En cambio, le tendió un sendero hecho de palabras que quería escuchar, silencios bien puestos y acciones que se vieran amables y dejó que Sevika lo recorriera creyendo que el camino era suyo. La dejó creer que tenía el control, que era ella quien decidía dónde pisar, cuándo detenerse y en qué momento avanzar.
Una tarde, Edhel decidió hacer la prueba de fuego y presentar a Sevika como "una amiga suya". Esperó la corrección, un resoplido burlón seguido de un comentario mordaz que lo negara. Algo. Sin embargo, solo hubo una mirada, una de aceptación silenciosa.
En ese momento, Edhel sintió que ya había ganado.
A partir de allí, todo fue cuesta abajo.
Permitirse esa cercanía con "la mujer más temida de Zaun" fue abrir una puerta que Edhel jamás tuvo que cruzar. Lo que empezó como una táctica se volvió una grieta. Una grieta donde comenzó a colarse algo oscuro y luminoso a la vez: humanidad. Verla de cerca fue dejar de verla como la sombra de Silco y empezar a descubrir a la persona detrás del manto rojo. A la mujer de carne y hueso, con sus heridas, sus convicciones, sus silencios que decían más que sus palabras.
Ese trato más íntimo fue, quizá, su mayor error. Porque Edhel nunca se preparó para encontrarse con alguien tan… dolorosamente humana.
Cuando la empatía fingida empezó a doler de lo real que se volvía y la amabilidad dejó de ser una fachada para convertirse en algo que ya no podía negarle, debió haberse detenido. Debió poner distancia. Cortar el hilo antes de que se volviera soga.
Pero no lo hizo.
Se aferró a la mentira con desesperación, repitiéndose vez tras vez que aún tenía todo bajo control, que solo se estaba dejando arrastrar un poco, que podía dejarlo cuando quisiera.
Oh, Janna, qué estúpida había sido.
La gota que colmó el vaso llegó casi ocho meses después de conocerse. Fue un día más en Last Drop, otra noche de bebidas con Sevika, otra noche pretendiendo que todo seguía dentro del plan. Pero el insomnio, el estrés y la culpa acumulada le jugaron una mala pasada. El ataque de pánico la tomó por sorpresa en el callejón trasero, cuando ya no pudo sostener la máscara ni un segundo más.
Sevika la siguió. Claro que lo hizo. Había notado sus manos temblorosas, el sudor frío, el hilo de voz que usó para decir que “solo salía a tomar aire”.
El resto fue un borrón. Voces apagadas. La imagen de Sevika hablándole, tal vez tratando de calmarla. El mareo. El frío. Y luego… la nada.
Cuando Edhel abrió los ojos, ya era de mañana. O eso supuso al revisar su reloj de bolsillo y notar la hora que marcaba: cinco en punto. Desorientada, no reconoció la habitación en la que despertó. No fue hasta que su mente se aclaró poco a poco que recordó donde estaba: el departamento de Sevika.
Mientras se arrastraba al borde de la cama, recordó que ella la había convencido de quedarse allí. De no volver sola a casa en ese estado lamentable. Mientras Edhel se ataba las botas, trató de no darle demasiada importancia a ese nudo que se formaba en su estómago.
Se levantó a toda prisa y cruzó el pasillo mientras se peinaba con las manos. ¿Dónde estaba Sevika? ¿Ya se habría ido a trabajar? ¿La había dejado sola en su departamento…? No, imposible, no creía que se fiara tanto de ella como para darle ese pase…
Pero en cuanto llegó a la pequeña sala de estar, el mundo y las dudas en su cabeza se detuvieron en un instante. Allí estaba Sevika, durmiendo en el sofá. La mujer más temida de Zaun con una manta mal puesta sobre su cuerpo, roncando apenas y ajena a todo.
Dormida. Plácida. Vulnerable.
¿Qué tanta confianza debía tenerle como para dejarla quedarse en su cama? ¿Qué tanta paz debía inspirarle cómo para descansar tan profundamente, sin sobresaltos, ni preocuparse siquiera por ocultar esa parte de sí?
El corazón de Edhel se quebró un poco mientras la observaba. Y en ese momento, la verdad que tanto se había negado a sí misma cayó desnuda justo frente a sus ojos: Ya no era su jugada secreta o "su as bajo la manga".
Sevika se había convertido en algo más.
Edhel siempre se había jactado de ser una buena jugadora. Póker, blackjack, vete a pescar, etc. Lo que fuera, siempre encontraba la forma de salir ganando. Pero desde que Sevika se sentó al otro lado de la mesa, las reglas cambiaron. Las manos se volvieron impredecibles, la victoria incierta y, sin darse cuenta, dejó de contar puntos, dejó de calcular. Perdió de vista quién ganaba y quién perdía.
Y por primera vez en su vida solo jugaba.
Tras eso, todo lo que vino después se sintió casi natural. No porque no lo fuera, sino porque Edhel ya no hizo nada para frenarlo, aunque sabía —con cada fibra de su ser— que nada de eso ya formaba parte de su bendito plan. Que cada paso la alejaba del control que tanto se enorgullecía tener.
¿Pero qué control podría tener cuando esa mujer la miraba con esos ojos que le recordaban a la plata? ¿Cuándo ella le daba esas sonrisas de medio lado y se reía entre dientes por sus tonterías?
Esa primera vez fue un accidente del que nunca hablaron. Un desliz que excusaron por el exceso de copas. Pero el error se repitió. Una y otra vez. A veces con alcohol de por medio, otras con la excusa de una charla que se extendió más de lo debido, otras simplemente… porque sí. Hasta que se volvió un hábito, uno que ninguna de las dos se atrevió a nombrar, pero que ambas buscaban sin decirlo.
Tal vez fue entonces que Edhel dejó de esconder el cariño que había estado ocultando. Tal vez fue por esas miradas contradictorias que Sevika le lanzaba cuando creía que no la veía, o por la dulzura inesperada que a veces se colaba en sus palabras y la golpeaba con más fuerza de la que debería tener.
Tal vez Sevika también empezaba a ver lo que tanto tiempo se había negado a mirar.
Y Edhel… Edhel podía ver con total claridad aquello que no se atrevía a decir.
Las dos sabían. Lo sabían desde hacía tiempo. La tensión ya no era un secreto. El afecto tampoco. Pero ninguna dio el paso. Ninguna se atrevió a cruzar esa línea invisible que ambas habían trazado con tanto cuidado.
Quizás Sevika tenía sus razones: viejas heridas, miedos que no compartía.
Edhel sabía las suyas. Sabía que no podía permitirse jugar con los sentimientos de esa mujer que había aprendido a amar con una devoción que nunca imaginó sentir. No podía ser tan cruel.
Por primera vez en mucho tiempo, Edhel no quería ganar. Solo quería dejar de fingir que no le importaba perder.
No hacía falta decir que cuando Ekko se enteró, la acusó de confabular con el enemigo.
«Si vas a jugar a la casita feliz con la mano derecha de Silco, mejor lárgate antes de que te dé una paliza.»
A sus 33 años y con un historial mercenario detrás, las amenazas del "niño salvador" no le movieron un pelo. Ekko podría haber vivido su parte de tragedias en las calles de Zaun, claro, pero Edhel contaba con una vida cargada de desgracias, traiciones y más muertes de las que podía recordar sin querer vomitar.
No pensaba rebajarse a pelear con un crío, más aún cuando le había salvado la vida al mocoso en más de una ocasión. Golpearlo sería como destruir el tiempo invertido en mantenerlo con vida.
No fue difícil calmarlo. Le aseguró que todo formaba parte del plan, que esa cercanía con Sevika —esa que él llamaba "traición"— había sido su mejor arma durante casi tres años. Que a través de ella había podido anticipar los movimientos de Silco.
«Un mal necesario», dijo con calma y el cuerpo relajado sobre la silla, mientras veía como Ekko rechinaba los dientes, preparado para un contraataque verbal.
Pero antes de que pudiera hablar, Edhel lo cortó con una propuesta:
«Hagamos un trato, ¿bien? Por tu tranquilidad», dijo sin inmutarse. «Si Sevika llegase a enterarse alguna vez con quién trabajo realmente… La voy a eliminar.»
Prometió aquello con una frialdad quirúrgica. Sin titubear. Como si hablara de algo tan burdo como el clima.
Eso fue suficiente para que Ekko guardara su ira. Para que bajara la guardia y se retirara, tragándose las palabras que, sabía, no cambiarían nada.
Pero para Edhel… para Edhel fue otra historia.
Una parte de sí misma —la más humana, la más cobarde, la más sincera— se estremeció en su interior mientras sus propias palabras se le asentaban en la lengua como veneno.
Hablar de matarla. Ponerlo en voz alta. Darle forma. Darle peso. Fue demasiado hasta para ella.
Toda la cuestión de Zaun, los Firelights, Silco, todo eso siempre había sido demasiado subjetivo para ella. Todos hablaban del asunto en absolutos, blanco o negro, pero ella sabía que no existían. Que aferrarse a los extremos como Ekko quería hacer era tan ingenuo como peligroso.
Lo único que había realmente en ese lugar era el gris. Matices de gris que buscaban un punto de equilibrio que rara vez llegaban.
Sevika no era diferente.
Al principio quiso verla como negro puro: una persona malvada, una villana hecha y derecha. Pero a medida que convivían, que compartían charlas, ideas, silencios… más se quebraba esa concepción. Empezó a verla como un gris oscuro, complicado, complejo, pero humano.
Igual que ella.
¿Por qué quién era Edhel para juzgarla? Ella que había apuñalado por la espalda, que había manipulado, traicionado, fingido y mentido. Que había movido los hilos desde la sombra porque su cuerpo no servía para pelear. Que sobrevivía con astucia descarada en lugar de fuerza bruta.
Como todos en Zaun, no estaba exenta de pecados. Y cuanto más lo pensaba, más se cuestionaba: ¿quién estaba peor de las dos? Al principio la respuesta era simple: Sevika. Con el tiempo, ese nombre fue desvaneciendo del renglón.
Sin necesidad de juicios externos, Edhel supo que la verdadera respuesta estaba en el reflejo de su propia alma. Solo ella sabía todo lo que estuvo dispuesta a hacer para llegar hasta donde estaba hoy día. Sabía lo que estaba dispuesta a seguir haciendo. Y eso era suficiente para no atreverse a mirar a Sevika por encima del hombro y con una superioridad moral que ya no le correspondía.
Por eso le pesaba tanto el corazón cada vez que se encontraba con ella. Cada vez que Sevika la miraba con esos ojos tristes, con una ternura que no terminaba de encajar con su reputación. Cada vez que la llamaba con esa voz que, sin proponérselo, la calmaba.
Porque Sevika no era una santa.
Pero Edhel tampoco.
────────•◈•────────
La habitación se sumía en una oscuridad densa, apenas interrumpida por el resplandor tenue del neón que se colaba por la ventana mal sellada. El aire estaba impregnado del inconfundible olor a cigarrillo, mezclado con la suavidad del sudor y el whisky, creando un ambiente espeso, cargado de una intimidad que quemaba.
Edhel abrió los ojos y bromeó con Sevika, demasiado entretenida con la manera en que parecía ponerle los nervios de punta.
—Oh, vamos, no me mires así —pidió con una risita—. Solo te estoy molestando.
Sintiéndose audaz esa noche, deslizó los dedos en el cabello de Sevika, apartando con cuidado los flecos rebeldes de su rostro. Una caricia sencilla, casi sin intención, más suave que cualquier palabra dicha hasta entonces.
Sevika suspiró al sentir el contacto y se dejó llevar.
Edhel la observó sin decir nada. En la penumbra, Sevika parecía distinta. Humana. Cansada. Real. Y su corazón golpeó fuerte dentro de su pecho mientras la miraba rendirse así, con tanta calma, tanta confianza.
Y por un momento, Edhel deseó que el tiempo se detuviera ahí, en esa fracción tranquila donde todo parecía tan sencillo. Donde los pecados se callaban y el mundo era solo piel y respiración compartida.
Sevika le recordaba a Edhel al rojo. Ese rojo que era como la sangre que se derramaba y el deseo que ardía lento. Ese que se asemejaba a la furia contenida y también a la ternura que se ocultaba bajo una coraza oxidada.
Ese rojo que atrae la mirada y que se graba en la retina incluso cuando ya no está.
En ese instante, mientras permanecía acostada en el silencio de la habitación, Edhel rogó con todas sus fuerzas que las cosas nunca tuvieran que cambiar. Que ese instante, ese espacio donde todo parecía posible y nada dolía, durará para siempre. Porque no sabía qué iba a hacer si ese día llegaba. Si las máscaras caían y la verdad explotaba como una bomba entre ellas.
Rogó a Janna que nunca le tocara levantar la pistola con Sevika en la mira. Porque Edhel sabía bien qué tan buena tiradora era.
Y también sabía con certeza que rara vez fallaba.
Link de Wattpad
Nota del un mapache: No estaba segura de publicar esto por aquí, pero voy a darle un intento ;3 Espero les haya gustado y gracias por llegar al final ❤️💛
Amarillo & Rojo
◈|Sevika/Edhel Iskra — Sevdhel
◈|Two-Shot.
◈|Conteo de palabras: 4K
◈|Sinopsis: Sevika no notó cuando el cambio ocurrió. Fue tan gradual, tan impredecible, que no sabía siquiera cómo era sentirse antes de… sentirse así.
Amarillo
Sevika no notó cuando el cambio ocurrió. Fue tan gradual, tan impredecible, que no sabía siquiera cómo era sentirse antes de... sentirse así.
Se suponía que Edhel no era más que otro mercantil con el que debía tratar en nombre de Silco. Pero en algún momento y de la forma más inexplicable posible, habían terminado por convertirse en amigas. Ni Sevika entendía cómo, dado que inicialmente no soportaba a la herrera. La encontraba algo falsa, incluso irritante, debido a las bromas o comentarios poco apropiados que soltaba en las conversaciones de trabajo.
Fue por eso que cuando Edhel la presentó como su amiga en una ocasión, hasta la propia Sevika se sorprendió, mas no hizo nada por corregirla. Creía que era una forma apropiada de nombrar la relación, puesto que por esas fechas no era raro que se encontraran un par de veces a la semana.
Señalar en qué momento exacto sus emociones comenzaron a cambiar le sería imposible. Un día solo se descubrió a sí misma esperando encontrarla rondando por Last Drop y fue algo que ya no pudo dejar de notar. Sin importar la carga de trabajo, las pocas horas de sueño que tuviera encima o lo ocupada que estuviera, su mente siempre encontraba el camino de regreso a ella.
En un principio, las visitas de Sevika a su herrería tenían una razón clara: entregar el pago por las piezas vendidas. Pero con el tiempo, las excusas se volvieron frágiles y casi ridículas: devolverle un abrigo olvidado, pedirle que le cosiera su poncho o simplemente tener una charla que bien podría haberse ahorrado.
La primera vez que algo pasó entre ellas pudo excusarse en que estaban pasadas de copas. Una broma absurda de Edhel fue lo que la provocó y lo siguiente que Sevika supo es que se estaban besando. Después de eso, una cosa llevó a la otra y acabaron en la cama. Al despertar la mañana siguiente, entre la resaca y el silencio sepulcral en el cuarto, ambas acordaron de forma tácita que iban a olvidar que aquello sucedió.
Pero se repitió... más veces de las que Sevika estaba dispuesta a admitir. Pasó tantas veces que dejó de ser un accidente.
Casi se había vuelto un hábito.
"Amigos con beneficio" lo llamaría Ran, pero cada vez que Sevika intentaba encajar esa etiqueta junto al nombre de Edhel, ese nudo tenso se formaba en su garganta y el sabor amargo se negaba a disiparse de su lengua.
Había pensado que esto sería como cualquier otro encuentro casual, algo parecido a lo que sucedía cuando acudía al establecimiento de Babette en busca de una distracción. Solo algo simple, sin expectativas, ni ataduras. Pero pronto Sevika se dio cuenta de que mentirse a sí misma nunca había sido su fuerte.
Cada conversación en medio del ruido de Last Drop, cada roce involuntario de sus dedos al pasarse una copa de whisky, cada sonrisa que pasaría desapercibida si Sevika no estuviera observándola constantemente. Esos pequeños momentos, aunque fugaces, se acumulaban y construían una conexión que no sabía cómo denominar.
Los abrazos suaves, los besos cargados de una ternura que no debería estar ahí, pero a los que Sevika se encontraba incapaz de rechazar. Incluso esos comentarios sarcásticos que solían sacarla de quicio se habían convertido en algo que anhelaba más de lo que había esperado.
Más allá del deseo físico, también estaba el "después". Las conversaciones que surgían cuando todo había terminado, la comodidad del silencio compartido.
Nunca se había quedado a hablar con nadie después de un encuentro. No era su costumbre. No obstante, la primera vez que se levantó de la cama y dejó a Edhel sola, sintió algo que no esperaba: culpa. Una culpa tan amarga y honda que fue capaz de ignorar por demasiado tiempo.
Intentó convencerse de que era lo mismo de siempre: un hábito, un capricho pasajero. Se dijo a sí misma que podía manejarlo como cualquier otra relación efímera. Pero cada vez que la veía sonreír, sentía cómo aquella decisión flaqueaba.
La deseaba con una intensidad que la desbordaba, una urgencia que no reconocía en sí misma. Algo más allá del deseo físico, algo que la aterraba porque nunca había sentido de esa forma tan profunda.
────────•◈•────────
La habitación se sumía en una oscuridad profunda, apenas interrumpida por la luz neón que se filtraba por la ventana mal sellada. El aire estaba impregnado de un inconfundible olor a cigarrillo, que se mezclaba con sutileza con el suave aroma del sudor y el whisky.
Bajo la mejilla de Sevika, el pecho desnudo de Edhel subía y bajaba en un lento vaivén. Cada respiración resonaba en la habitación y eclipsaba los ruidos de la ciudad que golpeaban al otro lado de las paredes del departamento.
Sus ojos se enfocaron en la figura que tenía enfrente. Los rasgos del rostro de Edhel, de contornos suaves, apenas se vislumbraba en la penumbra.
Algunos mechones caían sobre su frente y enmarcaban la cicatriz que partía su ceja izquierda. Sus ojos permanecían cerrados, en una aparente serenidad. A primera vista, cualquiera pensaría que Edhel estaba dormida.
—¿Qué pasa? —La voz acompasada de Edhel hizo eco en la apretada habitación de Sevika.
—Nada —susurró Sevika, casi como si temiera que, al hablar demasiado alto, esa calma que se había formado entre ellas acabaría por romperse.
—Entonces, ¿por qué me miras tanto? —El tono juguetón en aquella pregunta fue algo que Sevika no pudo pasar por alto.
Los ojos de Edhel se abrieron, revelando esos iris cafés que por tantas noches le habían quitado el sueño. Sus miradas se encontraron en un instante y Sevika respiró hondo. La presión en su pecho crecía con cada segundo que pasaba en la penumbra de la habitación, su corazón a merced de esos sentimientos que se negaba a reconocer.
—Solo veo tus cicatrices —confesó Sevika, en un susurro tenso—. Es raro verlas de cerca.
Extendió una mano y, en un gesto suave, rozó la cicatriz que partía los labios de Edhel cerca de la comisura. En cuanto sus yemas encontraron la piel cálida, un escalofrío recorrió su espina dorsal.
—¿Te gustan? —Una media sonrisa se formó en los labios de Edhel y alzó las cejas en un movimiento que Sevika encontró irritante.
La pregunta flotó en el aire un rato y al no poder encontrar las palabras que se quedaron atrapadas en su garganta, Sevika solo atinó a responder con un sonido semejante a un gruñido.
—Oh, vamos, no me mires así —pidió Edhel con una risita y sus ojos reflejaron tal ternura que provocó que la mujer más temida de Zaun se derritiera por dentro—. Solo te estoy molestando.
En un gesto audaz y delicado al mismo tiempo, la mano de Edhel cepilló el cabello de Sevika hacia atrás, quitando los flecos traviesos de su rostro. Sevika suspiró al dejarse llevar por la caricia. Sintió el vaivén del pecho de Edhel debajo de ella, el calor de su piel contra la suya propia, haciéndola estremecer.
Sevika, quien siempre tenía respuestas inteligentes o sarcásticas hasta para regalar, se vio acorralada bajo esa mirada suave. Las palabras eran incapaces de tomar forma al estar frente a esa sonrisa tranquila que le provocaba taquicardia.
Y en ese momento, mientras Edhel peinaba su cabello al compás de un suave tarareo que llenaba el aire, la comprensión llegó a la mente de Sevika: Edhel era como un sol.
Un sol extraño, uno que no tenía cavidad entre las desoladas calles de Zaun. Era un color vibrante y cálido que desentonaba con las luces de neón y las oscuras sombras de la ciudad. Era un pequeño resplandor ámbar que se deslizaba a través de la penumbra, una a la que, si no eras demasiado atento, podrías pasar por alto.
Sevika rara vez había tenido al sol tan cerca. Acostumbrada a la interminable noche de Zaun, donde todo lo que llegaba de la superficie eran las gotas de lluvia y la mierda olvidada de Piltover. Familiarizada con todo eso, Sevika nunca había podido permitirse tener tal lujo de estar bajo el sol, de sentir sus suaves caricias sobre su piel paliducha.
Estaba acostumbrada y casi se podía decir hasta "cómoda" con la frialdad de Zaun. Cada quien por su lado y sin entrometerse en los asuntos ajenos. Por eso mismo, nunca había dejado que algo o, mejor dicho, alguien tan puro tocara su corazón tan de cerca.
Sin embargo, a pesar de no haber tenido la dicha de tener al sol tan de cerca antes, sabía lo que el sol podía hacer por muy hermoso y cautivador que fuera a primera vista. Entendía que, con la intensidad de sus rayos, se acabaría por quemar si se dejaba tocar por demasiado tiempo.
Pero lo peor no era que estuviera consciente de ese detalle, sino que Sevika... estaba dispuesta a correr el riesgo.
Parte dos> Link de Wattpad
Nota del un mapache: No estaba segura de publicar esto por aquí, pero voy a darle un intento ;3 Espero les haya gustado y gracias por llegar al final ❤️💛