Sexto Propercio
Sexto Propercio, Sextus Propertius; 47 a. C. - 15 a. C., fue un poeta lírico latino. De origen umbro (se cree que nació en Asís o en todo caso en las verdes llanuras de la Umbría italiana), su padre se arruinó en el año 40 a. C. con las confiscaciones de tierras de las guerras civiles, por lo que muy joven aún tuvo que marchar a Roma a buscar fortuna estudiando leyes y como orador. El amor de Cintia, una liberta o una cortesana acaso, hizo brotar en él el gusto por la poesía y, al difundirse su primer libro de poemas, fue llamado al círculo literario de Cayo Cilnio Mecenas, donde conoció a Virgilio y a Ovidio.
Escribió unos noventa poemas repartidos en cuatro libros de Elegías, de los cuales los tres primeros se dedican a Cintia, cuyo nombre real, métricamente equivalente, sería Hostia; el cuarto se ocupa de viejas leyendas religiosas paganas y de temas patrióticos en línea con el programa regenerador del emperador Augusto.
El libro primero fue editado alrededor del año 26 a. C.; existe polémica en cuanto al segundo, porque algunos editores lo dividen en dos y por tanto habría que hablar de cinco libros en total y no cuatro.
Al contrario que la poesía de su contemporáneo Tibulo, con quien se le suele emparejar, Propercio imita la poesía neotérica alejandrina, y en especial a Calímaco, cuyo elaborado estilo y erudición mitológica sigue en ocasiones. Su obra posee una característica y recurrente melancolía, y expresa patéticamente un concepto trágico de un amor que se ve atacado por los celos, la tristeza y la desilusión. Unas pocas veces, empero, se acerca ocasionalmente a otros temas, tales cual la naturaleza de la poesía, epístolas a amigos reales o una imaginaria de Aretusa a Licotas (nombre ficticio); un poema en el cual el espíritu de Cornelia (acaso la hijastra de Augusto de ese nombre) consuela a su esposo viudo; unas pocas piezas sobre eventos públicos civiles y algunos poemas (fundamento y fuente de los ulteriores Fastos de Ovidio) sobre temas antiguos, por ejemplo la historia de Tarpeya.
Elegía 25 Libro 3
Era yo blanco de la risa en los banquetes después de servida
__la mesa, y cualquiera podía ser chistoso a mi costa.
Cinco años he sido capaz de ser tu fiel esclavo:
__muchas veces lamentarás mi fidelidad mordiéndote las uñas.
No me conmueven tus lágrimas: prisionero he sido de tales
__artimañas; siempre sueles, Cintia, llorar para tender trampas.
Lloraré yo al marcharme, pero el ultraje es mayor que el llanto:
__que tú no dejas que marche el yugo que bien iba.
Adiós ya, umbrales que nuestras palabras hicieron llorar,
__y adiós, puerta no abatida, pese a todo, con mano airada.
¡Pero que a ti te abrume la vejez con años disimulados
__y lleguen las siniestras arrugas a tu figura!
¡Que entonces ansíes arrancar de raíz los cabellos blancos,
__ay, mientras el espejo te reprocha tus arrugas,
Y, rechazada, tengas que sufrir en propia carne la soberbia
__altivez, y, vieja, te lamentes de lo mismo que tú hiciste!
Estas maldiciones funestas te ha cantado mi poesía:
__¡aprende a temer el fin de tu hermosura!










