Shaka recuerda cachos del pasado en una tacita de té. Y como si fuera cosa del destino, una misión lo lleva a la raíz de sus recuerdos.
Primero se muele el cardamomo, luego dos bolitas de pimienta y dos clavos de olor, junto a varios trozos de canela y nuez moscada. Al echarse al agua hirviendo se arroja también un trozo de jengibre. Después, el té. Y un poco de miel. La leche se agrega a igual cantidad que el agua. Y se sirve con devoción.
— ¿Entendiste?
— Eh… sí.
— Mu…
— ¡Que sí! Dame, dame.
Se le escapó una sonrisa melancólica cuando se sirvió una taza de chai. Recordó esas tardes en su templo con el discípulo de Aries pidiéndole que le enseñara a preparar cada receta que miraba servida en la mesa de Shaka.
La primera vez que Mu hizo su propio chai tenía un sabor muy picante porque le echó demasiado jengibre. Pero Shaka se lo tomó de todas formas, convencido de que la práctica haría al maestro. Seguramente así fue, pero él nunca más fue testigo de eso. Ahora sus tés se los tomaba solo, con un platito de frutas y mirando el atardecer afuera de su templo, echado sobre una alfombra.
El suave olor del incienso lo llevó al pasado. En el humo podía mirar los fantasmas de Mu entrenando bajo la sombra de las higueras que había afuera de su templo, o dejando ofrendas de arroz a los pies de los bodhisattvas de Virgo. Hubo uno que salía corriendo de Virgo con un frasquito de canela porque se le había acabado en su casa.
— Conque aquí estabas — Milo le tocó el hombro, sacándolo de su ensimismamiento —. Ten, misión nueva.
Shaka alzó una ceja y tomó el pergamino, llevaba el sello del patriarca. Decía que tenía que ir a… ¿Los Cinco Picos? ¿Por qué mandarlo a él si sólo se trataba de corroborar el estado del sello de Athena? Le molestó un poco la sencillez del trabajo, pero en cuanto más temprano acabara, tendría más tiempo para admirar fantasmas.
Terminó su té y dejó el resto a cargo de sus alumnos. Esa misma tarde estuvo en Rozan, aunque ahí era ya muy de noche. Los bosques de bambú susurraban los caprichos de las cigarras y monos. Miró cómo se prendió una luz en la torre y caminó hacia la entrada, con el pergamino en mano en caso de que el Viejo Maestro decidiera no escuchar. Pero no fue necesario, porque quien abrió la puerta no fue el Maestros Dohko, sino Mu.
Era imposible de confundir. Tenía un rostro particular, con sus ojos en forma de hojitas de olmo, y piel blanca con marcas rojizas por el sol de la meseta. Cuando eran niños llevaba el pelo corto, pero ahora lo adornaban incontables trenzas y cuentas de jade y maderas preciosas. Lo que no reconoció fue su expresión indiferente.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
— El Maestros Dohko no está, me dejó a cargo.
— ¿Puedo pasar?
Mu se vio apenado, pero se hizo a un lado para dejar a Shaka entrar. La casa olía a sándalo, y aunque tenía decoraciones sofisticadas se miraba vieja.
— Estás aquí por una misión — afirmó Mu, conduciéndolo hacia el recibidor —. No pensamos regresar, no quiero hacerte perder el tiempo ni a mí el mío.
— No, no es sobre eso — frunció en ceño, dejando el pergamino abandonado sobre una cómoda —. Verás, es gracioso. Hoy me preparé una taza de té. Recordé la tarde en que te enseñé a prepararlo, una pizca de…
— Cardamomo, dos clavos, dos pimientas, una grande y otra chica, casi tres cuartos de una cucharadita de nuez moscada, una canela del tamaño de mi meñique y tres cucharadas de té negro.
— Ah, lo recuerdas.
— Claro. Practiqué hasta que supo bien. Además descubrí que tu secreto era usar la miel cristalizada y usar la leche para templar el agua hirviendo, así tenía un mejor sabor.
— Mmm. Y te gustaba tomarlo con un plato de galletas de mantequilla.
— Y nunca tuve tiempo para enseñarte a hacer leche de jengibre.
Se callaron por un momento. Fue un silencio nostálgico, un poco avergonzado, pero no fue incómodo. Shaka no esperaba encontrarse al fantasma de carne y hueso en Rozan; no pensó volverlo a ver, sin embargo, ahora que lo tenía enfrente, le sorprendió la familiaridad con la que podía hablar con él. Como si solo hubieran pasado unos cuantos días.
— Vine a ver cómo está el sello de Athena — mencionó, usando las cuentas de su japa mala para aterrizar —. No necesito que esté el Maestro Dohko, ¿puedes decírmelo tú?
— Sí, pero con una condición.
— Mu…
— Déjame enseñarte a hacer la leche de jengibre. Tal vez pase por alto que nunca has ido a verme.
— Sabes que no es tan sencillo.
— Sí, pero ya que estás acá puedo aprovecharme de la oportunidad.
Aunque Mu parecía una persona más taimada, lo cierto era que no había perdido su espíritu bromista. Eso le calentó el pecho con felicidad. Shaka sería el primero en admitir que él sí había cambiado, no era el mismo niño ingenuo de antes. Pero algo en Mu lo transportaba a su estado más inocente. Entonces aceptó la propuesta.
Con una lámpara de cera fueron a revisar el sello en la montaña, ya casi dada la medianoche. Las letras todavía eran legibles, pero el papel y deteriorado estaba agotando su tiempo de vida. Era natural, los dos eran conscientes de que esa guerra se iba a pelear en su generación. Shaka supuso que lo mandaron ahí porque ni Dohko ni Mu daban respuesta al Santuario y eso era algo que el Patriarca necesitaba saber.
No había nada más qué hacer. Regresaron a la torre de los Cinco Picos, directo a la cocina. Mu comenzó a sacar frascos y ramos de hierbas que amontonó en la mesa, alrededor de un mortero.
— Ya cumplí mi parte, te toca a ti.
— Ajá.
— Bien.
— Sí.
— Ehem — Mu se aclaró la garganta —. Lo más importante es el jengibre, toma un cacho del tamaño de… a ver, préstame tu mano.
El tacto de Mu era rudo, tenía la piel curtida por el martillo y el fuego.
— Sería del tamaño de la yema de tu pulgar. Y luego… hinojo, solo una pizca. Igual el cilantro. Luego… pimienta, negra y molida, pero recién molida. Media estrella de anís, o completa, pero a ti te gusta balancear los sabores, entonces sólo pon la mitad.
La mano de Mu se movió entre los frascos, como si eso le trajera la receta a la mente.
— Canela. Igual que antes, una vaina del tamaño de tu meñique. Por último, regaliz, pero muy poco, o saldrá amargo.
— … Jengibre, hinojo, cilantro, pimienta, canela y regaliz.
— Exacto.
— ¿Sin miel?
— Al gusto.
Mu recordaba los caprichos de su paladar. Le pareció gracioso, pero también asentó más la calidez en su pecho. El pequeño detalle le hizo recordar más fácil la receta. Mu era un buen maestro, lo dejó hacer todo él mismo, solo haciendo comentarios de vez en cuando, como “muele un poco más la pimienta” o “hierve primero el jengibre”.
Cuando la infusión en agua estuvo lista, vino el momento de la última lección.
— Pon atención — dijo Mu, con el recipiente de leche en las manos —, vas a verter la leche desde lo alto.
— …
— Sí. Para que haga espuma.
Shaka hizo tal cual. Echó la leche y aunque salpicó un poquito, quedó listo enseguida. Sirvió dos tazas mientras Mu ponía en la mesita dos pastelitos de luna. Como cuando eran niños comieron en silencio, pero Shaka logró ver un gesto extraño cuando Mu probó la leche. En un inicio se preocupó, pero luego Mu sonrió y se limpió los labios con el dorso de la mano.
— Esto es cruel — negó con la cabeza —, tardé tanto en hacer un buen té a tu manera para que a ti te saliera mejor que a mí a la primera.
— Pensé que no te había gustado.
— Si no hubieras sido monje, ni santo, deberías haber intentado ser chef.
— ¿Oh? ¿Te gusta tanto mi té?
Pudo ver cómo las palabras se quedaban encerradas en los labios de Mu, junto al rubor de sus mejillas requemadas. Él también se sintió apenado y mejor tomó un sorbito de su taza.
El sabor era… cálido. Las especias calientes circulaban por el cuerpo con un calor hogareño muy distinto al sabor fresco y revitalizante del chai. La leche de jengibre relajaba el cuerpo, reconfortaba el corazón. Y Shaka agradeció a quien tuviera que agradecer por hallar una felicidad tan mundana esa noche, pero sobre todo, reencontrarse con el vivo recuerdo de sus mejores días de infancia.