The Birth of the Demon. [Part 2]
— Extinguí su cultura, les arranqué el pasado, e incluso creé una nueva lengua.
Las personas hablan de política, votan a un gobierno, esperan cambiar un sistema, pero no es efectivo porque el hombre siempre se verá desvinculado de las normas. Nadie es lo suficiente leal, nadie distingue objetivamente el bien y el mal. En cambio nuestra sociedad se rige por una serie de códigos muy concretos que todos cumplen sin pestañear. A veces, ni siquiera es necesario dar una orden, la voluntad es instinto. Y como sabrás a un hombre lo forjan sus circunstancias y si es sabio, busca las circunstancias que le conduzcan al impulso de la sabiduría.
Mientras otros reconstruían la ciudad, emprendí un camino con el resto de la antigua tribu de Shalimb, mi tribu en ese momento, y me dirigí a nuevas tierras, a la salida del sofocante calor del desierto. Durante mi camino, me crucé con una sagrada orden, la Orden Sagrada de San Dumas, integrada por un grupo de monjes soldados dispuestos a proteger a todo peregrino encontrado de camino hacia lo que ellos llamaban “Tierra Santa”. Ni siquiera los árabes éramos sus enemigos. Sólo los que se oponían a su Cruzada. Y una de las noches, junto al fuego, como yo te estoy hablando aquí ahora, hablamos acerca de lo que le había ocurrido a Shalimb y a su tribu. Entonces lo vi claro en sus ojos, eran unos fanáticos, pero tenían una serie de reglas y unos motivos, y eso hacía prevalecer su poder. Creían en un poder superior, creían que la cura que le ofrecí a ese hijo fue el destino que impartió la mano de Dios y quisieron bautizar aquello como las Aguas del Destino. Me rogaron que les llevara ante ellas. Me mostraba reacio, al principio, porque había comprobado su poder. Pero les llevé. Volvimos a atravesar el desierto, a atragantar nuestros pasos en las dunas y a bañarnos en el sudor del medio día, pero cuando llegamos, esa milagrosa cura de la locura se había evaporado como un espejismo en mitad de una tormenta de arena. Entonces, fui acusado de herejía, pero el pueblo libre que me había seguido, me defendió hasta convertir a su orden en polvo. Nunca les pedí que lo hicieran por mí. Pero lo hicieron, allí junto a una gran figura de Bisu.
Pasaron cincuenta años. La ciudad ya estaba reconstruida y yo fui proclamado la Cabeza de su corte. Les enseñé a ser buenos hombres, pero sobretodo cultivé la justicia. Todo mal era castigado.
Pero un día de repente todo cambió. Tienes que aprender, hijo, que el nombre es una parte muy importante de la persona y uno se siente muy ofuscado cuando no es capaz de ser lo que su nombre decía que fuera. Me encontraron otras personas, eran personas de otro mundo, no habían bajado de las estrellas, pero eran seres de otro mundo. Debe de haber tantos ocultos en sólo este. Su líder me recogió bajo su seno. Y me llevó a un lugar más allá de las esquinas del mundo. Me mostró las aguas de nuevo. Las mismas que se habían evaporado hace tanto tiempo en el desierto. Aún mantenían esa característica tonalidad verde. Y como ya conoces, también había perseverado su capacidad para curar algunas enfermedades físicas.
Todo me fue arrebatado. Me hicieron arrasar la ciudad que había reconstruido. Hicieron que eliminara cualquier atisbo de mi pasado. Mi tierra. E incluso tuve que renunciar a mi hija Talia sin poder despedirme. Lo dejé todo. Así se me fue exigido. Me convertí en su mejor discípulo humano. Y me encomendaron una misión: mantener el orden en un nuevo mundo venidero en el que se me impusiero un nuevo nombre porque el antiguo sólo había sido uno falso que dejaría de existir, me transformé en la Cabeza del Demonio, me sumergí en las aguas, se me otorgó por derecho La Liga de Asesinos para la que fundé Nanda Parbat. Adiestré no sólo a cientos de hombres, sino a miles. Miles de hombres que morirían por mí. Y mi tarea consistiría en acabar con la injusticia de manera imparcial en el mundo. De poner límites a la humanidad para mantener a la Tierra con vida. Pero ese no era mi mayor propósito. Mi mayor propósito, hijo, siempre fuiste tú.











