The Alchemist [Part 3]: The last breath
|Antecedentes: http://hunter-b-lutzwin.tumblr.com/post/133658537768/no-101-the-alchemist-part-2 |
Distrito de Yakimanka, Moscú, Rusia
Abrió los ojos pero no tardaron en cerrarse, cegados. La luz se había adentrado demasiado pronto en unos ojos que habían convivido demasiado tiempo con la oscuridad. Su cuerpo estaba encogido sobre el suelo. Intentó levantarse, pero se sentía fatigado. Algo presionaba su cuello y le ahogaba. Sentía heridas palpitar en su abdomen, en sus brazos y en su cara. Su rostro estaba demacrado por múltiples heridas y moratones que podrían haber causado alguna contusión momentánea. Reflejaba señales graves de violencia. Inflamación en el ojo derecho. Su rostro parecía una composición de pinturas afligidas.
Pronto, un tirón en el cuello le forzó a enfocar en la ablepsia de la claridad emanante de los rayos de sol. Le habían puesto un collar como a un perro. Muy lentamente movió su cuerpo para ubicarse, enfocó al cielo y vio que se encontraba en un callejón entre dos edificios de ladrillos, después ladeó la cabeza y vio al hombre que sostenía su cadena.
Un hombre de estatura no demasiado alta, pelo rubio corto y con grandes entradas unidas a una ancha frente de ceño fruncido. Negaba con la cabeza con los labios formando una U invertida. Cuando el apresado miró al hombre alzó ambas de sus cejas exaltadas y comenzó a hablar en ruso.
— ¿Tienes alguna idea de dónde estás, campeón?
— Busco a los hermanos Shishkin.
— ¿Sabes lo que hacemos aquí?
— Ruslan Pavlovich. Él no tiene nada que ver en esto.
— Vosotros dos tenéis asiento en primera fila, caballeros.
— Él es inocente. No tiene por qué lastimarle.
— No, claro que no. Yo no voy a lastimar a nadie. Eso te lo dejo a ti. Vosotros dos sois lo mejor para esta noche. Sin reglas de Queensbury.
Reddington me había mandado una dirección: ulitsa Rogozhskiy Val, 13 корпус 8, en el Distrito de Tagansky, a unos siete kilómetros, aproximadamente, del Distrito de Yakimanka. Un hombre que trabajó para los hermanos Shishkin, pero que, en última instancia, decidió redimirse y huir. Él había sido un criminal. Ahora sólo estaba oculto. Así es como conocí a Ruslan Pavlovich. Llevarlo como recompensa para los hermanos, me concedería el beneficio de la duda y la oportunidad de ganarme su confianza.
El americano pegó en la puerta indicada en la dirección y una mujer la abrió.
— Necesito ver a su marido, ¿dónde está?
La mujer con desconfianza le impidió el paso, aunque no sirvió de mucho: Hunter entró en la casa, dejándola a un lado.
Se encontraba en una especie de salón, cuando de repente salió su objetivo. No se conocían de nada, así que, el aludido frunció el ceño y le amenazó con un arma.
— ¿Qué quieres? ¿Quién demonios eres tú?
— Tranquilo. Tranquilo. – Elevó sutilmente las manos para indicar que iba desarmado. – Haz las maletas. Si tienes una caja fuerte cógelo todo, y no olvides el pasaporte.
— No sé quién eres ni qué quieres, así que vete de mi casa ahora mismo o llamaré a la policía.
— No lo harás. Sólo conseguirías llamar la atención de los hermanos Shishkin. Tengo un contacto. Estoy en el negocio. Te ayudaré a buscar otro sitio seguro en Moscú, antes de que pueda proporcionaros un avión a cualquier otro lugar. Soy de la Bratva. Queremos eliminarles. No queremos más competidores por aquí cerca.
— Ya vienen. – Añadió la mujer por detrás.
Ruslan mantuvo el cañón apuntado hacia ese capitán de la Bratva, pero con la otra apartó parte de las cortinas. Allí, a través del cristal había un conjunto de coches negros que acaban de aparcar fuera.
— Muy bien, sácanos de aquí con vida y te pagaré.
Todo había sido teatro. Reddington había contratado a hombres para que rodearan la entrada de la casa, para que supusiera una amenaza favorable para conseguir al ex-criminal. Salimos por la puerta trasera y los saqué a los dos. Dembe condujo el coche. Y durante el trayecto me encargué de convencer a Pavlovich por todos los medios de que tenía que llevarme hasta el lugar donde se encontraba el negocio de peleas callejeras de los hermanos. Le garanticé que sólo sería llevarme. Que su mujer estaría a salvo. Y que la Bratva acabaría con los hermanos. Si se comportaba, además, resultaría vivo. Y esa sería su recompensa.
Dejamos a la mujer en un piso franco, a las afueras de ese distrito. Dembe se quedó para custodiar su seguridad. Más bien, para fingir que vendrían más hombres a su protección. Yo conduje el coche. Estábamos solos, la víctima de nuestra gran obra de teatro y yo.
El coche se paró en el Distrito de Yakimanka en una parte, aparentemente, deshabitada, compuesta por callejones de ladrillos vistos y de un enorme silencio. El lugar de caza. El lugar señalado por el copiloto.
El antiguo criminal miró al americano con resignación y cara de pocos amigos. Y él le respondió con una mirada fría y seria. Sus labios se movieron, hicieron el amago de decir algo, pero de su expresión sólo brotó un gesto: su codo derecho golpeó con fuerza la prominencia laríngea de Pavlovich, noqueándole en apenas unas fracciones de segundo.
— Lo siento. Pero es difícil escapar del pasado.
El pensilvano bajó del vehículo y se echó al hombre inconsciente a la espalda. Tendría como mínimo un margen de unos minutos antes de que pudiera volver a reaccionar.
Mi intención no era herirle. Sino llegar a los hermanos, conseguir a Li, devolverlo sano junto a su esposa y marcharme. El resto de intereses corrían a cuenta del Conserje del Crimen. Pero, de pronto, todo se volvió negro.
La noche había cubierto el cielo. Un enorme círculo de personas rodeaban el espectáculo de ese día, rodeaban a los supuestos luchadores: Hunter Brigance y Ruslan Pavlovich. Su ubicación era una extensa explanada del mismo Distrito en que ambos habían sido golpeados. Ruslan estaba en situaciones deplorables, al igual que Hunter. Ambos estaban cubiertos de heridas y moratones. La gente gritaba y parecía que eso al americano le pareciera ensordecedor. Su correa ya no le tenía preso al suelo, sino al cuello de Ruslan.
— ¡Caballeros! – Gritó el hombre de baja estatura y anunció — ¡Nuestro combate final de hoy! ¡El enemigo y un capitán de la Bratva! ¡Eso no importa! ¡Se trata de un ajuste de cuentas! ¡Todo vale! Para estos dos… ¡¿Los llamamos novatos?! ¡Definitivamente tenemos a un cobarde y a un alto cargo que se ha equivocado al pisar nuestra zona! ¡No habrá reglas! Golpes bajos, patadas, mordiscos y arañazos, no sólo están permitidos, ¡sino alentados!
A medida que hablaba, la espiral de su alrededor se convertía en una amalgama de gritos, de apuestas, manos agitadas. Incluso las ventanas de los callejones abandonados estaban repletos de gente aguardando como lobos el sufrimiento ajeno, la ley del más fuerte. Y allí estaban, de pie, mirándose mientras tanto Ruslan y Hunter, dos extraños.
— ¡El ganador será el último hombre que respire! – Sostuvo la cadena que unía a ambos hombres por su mitad y la bajó para indicar el comienzo. — ¡A pelear!
Ruslan fue el primero en golpear, pero el americano no pareció defenderse.
— Tú me has metido en esto. ¡Levanta las manos!
Hunter negó. No iba a pelear contra él. No quería otra vida más con la que cargar. Otra vida más perdida entre sus manos tan manchadas de sangre.
— Bien, pues no vamos a morir ambos. – Amenazó el ruso y le atizó en la cara. Tiró de su cuello, por la cadena y pateó su espinilla para tirarlo al suelo.
Por fin el pensilvano respondió. Agarró la leontina para sostenerse y no caer al suelo, y la introdujo bajo una de las piernas ajenas; para cuando él tiró y se reincorporó, derribó a su oponente. Y de nuevo los gritos se acentuaron.
— ¡No he venido aquí para pelear! – Gritó Hunter.
Una sucesión de imágenes sacudió su mente, abarrotándole de recuerdos durante sus meses de reclutamiento bajo el liderazgo de la peculiar secta de Hadrien Writlace.
Todos los hombres le miraron.
— ¡Vine aquí por los hermanos rusos!
Él también contempló a todos los que le miraban. Por debajo de uno de sus ojos goteaba sangre. Se había roto una pequeña vena bajo las pestañas inferiores.
Un hombre le miraba en especial. Éste hombre se presentaba serio, tenía los ojos hundidos en sus cuencas, una nariz afilada y una barba recortada que se unía con su cabellera plateada y repeinada hacia atrás.
— Él no quiere pelear. ¿Qué debemos hacer con él, caballeros? —Comenzó de nuevo el pequeño hombre con cara de cerdo, poniendo de nuevo su característico desacuerdo en su boca con una U invertida, aunque en este caso, entusiasmada. Como si nunca hubiera presenciado un caso similar.
Uno de los allí presentes sacó una navaja y la lanzó a la arena. Entonces le pareció bien al showman y se agachó a cogerla, dejándola en la mano de Ruslan, que continuaba en el suelo. No tardó en levantarse, armado, y apuntar con la navaja al hombre que tenía en frente.
— No me obligues a hacerlo. – Advirtió Hunter.
Intentó cortar su cuello, pero entrenado en estímulos, retrocedió el cuello hacia atrás, evitándolo. Después, intentó cortarle el pecho, pero el americano contrarrestó su fuerza, manteniendo un pulso contra el brazo ajeno y armado, y, con su otra mano, golpeó su cara. Ruslan permaneció unos segundos con la cabeza gacha, armándose de rabia. Y volvió a atacar, como un dardo. Logró cortar con cierta profundidad la carne que cubría el tríceps branquial derecho de su oponente. A Hunter se le tensó la mandíbula y tiró con fuerza de la cadena. Ya no le importaba si estaba armado o no. Golpeó su pierna y lo tiró al suelo echándosele encima, en un forcejo por intentar volver la navaja contra su portador.
Todos seguían gritando. Pero allí, en la cercanía, la sangre que habían derramado ambos y su pulso, el americano murmuró un “lo siento” y clavó el arma blanca en el lateral del cuello del ruso, sobre su vena carótida. Permaneció unos segundos, y Hunter se tiró al otro lado del suelo. Le dolía todo el cuerpo y todas sus nuevas heridas. Los moratones le palpitaban y el globo ocular en el que había sido golpeado se teñía de sangre, dejando sus grises envueltos en un infierno. Respiraba, aunque le dolían las costillas. Y, a su lado, sólo había ya un hombre al que se le iba la vida. Su conciencia no tardó en llegar a la conclusión evidente: había matado a un hombre. Así que se levantó rápido y miró sus manos. Estaban encharcadas. “Sigo siendo un asesino” se repitió a sí mismo.
Al cabo de un rato, un hombre fornido le agarró por la espalda y les llevó a un callejón ante tres hombres: uno calvo con una larga barba faraónica, uno que limpiaba un arma y el hombre que le había estado observando detenidamente durante la pelea. El que le transportaba le dio un empujón hasta dejarlo a escasos metros de las tres figuras que rápidamente pusieron la atención en él, antes de retirarse.
— Se necesita a un hombre con corazón duro para matar a cuchillo. Así es que, ¿querías vernos? – Preguntó el hombre calvo.
— Espera, hermano. ¿Quién demonios eres tú? – Preguntó el hombre que le había observado durante el conflicto.
— Soy el tipo que te va a hundir el negocio.
Enseguida se levantó para darle una lección de subordinación, pero el clic de un arma sonó para cagar una bala y eso detuvo cualquier acción.
— Más despacio caballeros. ¿Tan pronto acabáis con vuestras estrellas? Tenéis aquí a Rocky y lo queréis desperdiciar. Muchos cineastas dan gracias a que Stallone no hiciese lo mismo.
— Raymond Reddington. – Añadió el tercero de los hermanos. – Somos tres, ¿no sabes contar? Baja el arma o alguno de nosotros te meterá un balazo en esa famosa cabeza tuya.
— ¿Quién dice que esté solo? Me ofendéis. Caballeros, bajad las armas.
Varios rusos salieron por las esquinas del callejón. Todos contratados por Raymond. Alguno incluso había observado la pelea que se había librado. Los hermanos, enfadados, tardaron largos segundos en tirar las armas.
Hunter, por otro lado, estaba siendo atendido por Dembe, quien le estaba quitando la correa que había llevado puesta al cuello durante todo el día.