Yo le dejé ir donde quisiera, como aquello que no se tiene le solté mi mano pero aún se la dejaba extendida por si quería, por mínimo que fuese, regresar y compartir secretos conmigo. Un domingo por la tarde. Un lunes de mierda por la madrugada. Algunos viernes de estrellas y ovejas para dormir. Sólo esperaba que regresara para tomar la vida que había del otro lado del abismo al que llaman soledad, porque andar con ella era como volar. Sentirse seguro. Conocerse uno mismo a través de esos ojos. Me sentía un demonio pero al lado de ese ángel se borraban todos los pecados. Tocar su mano era obtener el perdón eterno. Se esfumó en el humo de aquella mano que le extendí, en ese cigarrillo que prendí para atropellar su ausencia. Le encontraba un gusto cuando me jugaba en contra al dibujarme su silueta.