Síbalo – Una Historia Asombrosa Sobre La Fidelidad de Dios
Esta es quizá la historia más representativa de nuestra cruzada a Burkina Faso, y no es para menos.
La primera semana de clase de nuestra escuela de discipulado giró alrededor de un tema que sería el fundamento de todo lo que aprenderíamos y experimentaríamos de ahí en adelante: oír la voz de Dios. Y es que en algunos contextos aún nos cuesta bastante digerir que Dios no es un Dios mudo, y que puede y quiere hablar para, entre muchas otras cosas, entablar una relación personal con nosotros. Fue así como Janina, una joven alemana de 19 años para quien este tema era algo totalmente desconocido, decidió buscar la voz de Dios. Retada y alentada por las clases y testimonios de muchos, Janina le pidió a Dios que le demostrara que Él de verdad hablaba a gente común. Y Él lo hizo. Dios le dio una palabra que en primera instancia no tenía mucho sentido: Síbalo. Confundida y un poco frustrada, Janina anotó la aleatoria palabra en su devocional y se olvidó de ella.
Poco tiempo después, cuando fueron anunciados a la escuela los equipos de cruzada en los que viajaríamos, Janina recordó la misteriosa palabra y decidió buscar en internet qué era. Resultó que Síbalo era una pequeña aldea ubicada al noroccidente de Burkina Faso, el país al que ella viajaría. Anonadada, Janina compartió con el equipo la palabra que Dios le había dado, por lo cual ir a esa aldea se convirtió en uno de nuestros principales propósitos. Aún había muchos detalles por ultimar de nuestro viaje, pero de algo estábamos seguros: Dios quería que fuéramos a esa aldea.
Una vez llegamos a Burkina Faso, preguntábamos constantemente a la gente que íbamos conociendo si sabían de aquel misterioso lugar, pero para nuestra sorpresa, nadie parecía saber él. Así pasó gran parte nuestra cruzada, entre ministerios con JUCUM, Emsimision, y Global Hope Network, pero de Síbalo nada. Finalmente, tres semanas antes de regresar a Alemania y luego de orar constantemente pidiéndole a Dios que nos guiara hasta Síbalo, decidimos preguntar por segunda oportunidad a Isaaka, nuestro principal contacto, si conocía de aquella aldea. Esta vez se quedó pensativo por unos momentos, volviendo a preguntar el nombre de la aldea que buscábamos. “Sibalo?” - preguntó sorprendido - “Sí, creo que mi mamá es de allá”. Un par de llamadas después y todo estaba arreglado para que nos alojáramos en casa del Pastor Paul (tío de Isaaka) la semana siguiente.
Aún es un misterio el por qué Isaaka no mencionó nada la primera vez que le preguntamos. Quizá tenía demasiadas cosas en la cabeza en ese momento. Lo que sí es cierto es que, desde que llegamos a Burkina, Isaaka nos había pedido que fuéramos a visitar un par de iglesias en las que él colabora que estaban intentando plantar. Sobra decir que una de esas iglesias quedaba en Síbalo.
Y así fue como pasamos las últimas dos semanas de nuestra cruzada en una aldea en medio de la nada en un país del que muy pocos conocen, pero que ciertamente está escrita con sangre en el corazón de Dios. Es increíble pensar cómo Dios orquestó todo para que llegáramos hasta allá; cómo se las arregló para que 22 personas de diferentes países del mundo llegaran a esta aldea perdida en el corazón de África que nunca antes había visto tanto “blanco” junto, y mucho menos un grupo de misioneros. Estando allí tuvimos la oportunidad de bendecir a la población compartiendo con ellos, ayudando a construir, visitando y orando por el cacique de la región (a pesar de ser una población animista), haciendo jornadas de evangelización, noches de cine bajo las estrellas y predicando en las iglesias. Al hablar con el pastor de la iglesia de Síbalo, quedamos sorprendidos al conocer que dos años atrás Dios le había dado una visión de que un grupo grande de “Nazaras” (personas de tez blanca) iría a su aldea. Por considerarlo una locura, él lo había descartado. Pero Dios es fiel, y además es loco, así que allí estábamos.
Fueron dos semanas que aún atesoro en mi corazón, en especial al Pastor Paul, un valiente que decidió seguir a Dios cuando aún era un niño y que, a pesar de ser perseguido, desterrado, y tener que dormir en árboles para evitar a los leones, decidió seguir creyéndole. Y qué decir de su esposa Bridgite, una gran anfitriona a quien todos llamábamos con cariño y respeto “mama”.
De manera que esta es la historia de Síbalo, un hecho que refleja a un Dios vivo, que habla, que sorprende, y que vela aún por aquellos que ni google maps reconoce. Un Dios que nos usa y que nos da la oportunidad de aprovechar ser el centro de atención natural, salir por las calles, orar por las personas, empezar a alabar espontáneamente, practicar mooré (la lengua que hablan en la tribu) y francés, y enamorarse cada vez más y más de una tierra que arde de sed por Él.