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Los 10 días: Las cosas como son
En el 2011, año de los “nuncas”, decidí aventurarme 10 días al norte de la India en absoluto silencio y meditación bajo la ancestral técnica budista de Vipassana que significa “las cosas como son”.
La experiencia fue maravillosa. No creo haberme encontrado a mi misma (lo cual no buscaba), lavado mis pecados, haberme convertido en una mejor persona, olvidar mi pasado o transformado en mujer zen. Simplemente quería vivir cosas diferentes y así fue. Doce días después de haberme internado en la aventura salí exhausta pero con una gran sonrisa en la cara y con ganas de vivir más y mejor cada segundo en esta tierra (India) y en esta vida: la mía.
No contaré qué pasó dentro de mi cabeza y de mi corazón, pero contaré la experiencia, la parte extrínseca de ella, porque no quiero dejarla a merced de mi mala memoria.
Era septiembre, llegué al lugar la tarde anterior a los 10 días. Nos dieron las llaves de nuestros cuartos (yo era cuarto F11, cojín D3, celda F22), nos separaron a hombres y mujeres y explicaron la reglas y responsabilidades; levantarse a las 4:00 am a meditar, de 6 a 7 el desayuno en el dining hall, de 7 a 8 baño y limpieza del cuarto, de 8 a 11 meditación en el Darma Hall, de 11 a 12 lunch, de 12 a 1 descanso, de 2 a 5 meditación en grupo, de 5 a 6 tea break (último alimento de día para mantener casi 12 horas de ayuno para la meditación del día siguiente), de 6 a 7 meditación en grupo, de 7 a 9 charla del maestro y de 9 a 10:00 pm meditación para cerrar el día. Prohibido hablar, leer, escribir, hacer contacto visual, ingerir alimentos después de las 5pm, matar a cualquier animal que se nos cruzara en el camino (fuese mosco o serpiente) y llegar tarde a las meditaciones.
Día 1: La eternidad
El primer día estaba nerviosa, emocionada, desmañanada y asimilando la idea de sentarme por largas horas a meditar con los ojos cerrados, en flor de loto y sin pronunciar una sola palabra. Me costaba mucho trabajo dejar de pensar, mi cabeza daba mil vueltas (el viaje que había empezado, lo que me faltaba, Rodrigo, mis perras, el calor, los moscos, el facebook, el trabajo, mi regreso, mis piernas sin depilar…todo).
El día pasó lento, como si cada minuto fuese una probadita de lo que me esperaba durante los nueve días restantes. En algún momento de la tarde, recuerdo haber visto el reloj sobre la pared marcando las dos de la tarde y pensar: “NO MAMES, ¿apenas las dos? Llevo 10 horas despierta en esto y me faltan ocho!”, comprendí que la cosa sería mucho más difícil que sólo guardar silencio, que los tiempos me volverían loca, los horarios me estrangularían y la disciplina me iría matando poco a poco. Sobreviví hasta la noche, a mis primeras 17 horas de silencio, a la eternidad de mi primer día. Sí, “las cosas como son”, me esperaban 9 días más.
Día 2: Suplicio con final feliz.
La campana sonó a las 4 de la mañana en punto, me despertó el sobresalto de no quedarme dormida y la emoción de mi segundo día. A las 4:45, tan sólo 15 minutos después de haber empezado la meditación ya me había quedado dormida, y mis cabeceos estaban a punto de desnucarme.
El día mejoró un poco cuando vi que teníamos compañía durante el desayuno, dos hermosas familias de monos que se asomaban por las ventanas y los más atrevidos entraban al dining hall y se robaban la fruta de nuestro desayuno.
Pronto me di cuenta de lo importante que era lavar la ropa después del desayuno y salir a tenderla en el patio comunal de la sección que me había tocado. Era como si a través de esa actividad se generara una suerte de pertenencia entre el grupo de mujeres hindúes que me rodeaban. Todas tan serias, con caras tan extrañas, con esos vestidos exóticos, pulseras, aretes en la nariz, anillos en los pies, mirándome curiosamente.
Ese día me quedé dormida en casi todas las practicas, ¡el calor me mataba! No aguantaba el dolor de espalda ni el de las piernas, cuando no dormía no me podía concentrar, no dejaba de moverme sobre mi cojín, sentía las miradas extrañas de las otras mujeres, no entendía lo que el gurú decía con ese inglés de acento hindú tan extraño, la estaba pasando fatal, ¡quería salir corriendo!.
Por la tarde llovió, una de las últimas lluvias de la temporada del Monzón. Recuerdo estar en la meditación de la 7pm sintiendo la brisa húmeda entrar por la ventana y refrescar mi cara, recuerdo haber visto la luna llena desde mi lugar y así, como un acto de magia logré meditar por primera vez, y logré quitarme el dolor de espalda que todo el día me había torturado. Me fui a la cama feliz.
Día 3: Frustración
4:30 de la mañana y yo sentada en el meditation hall, emocionada porque había logrado meditar la noche anterior y ansiosa por volver a sentir “eso” otra vez. ¡Todo fue una farsa! Otra vez me quedaba dormida, pero es que esos horarios me estaban matando, no podía concentrarme, escuchaba la voz de Mr. Goenka decir: “calm and quiet mind” y mi cabeza estaba a mil por hora pensando tantas cosas, tantas que ni siquiera yo podía seguirlas.
Ese día dijeron que el día 4 era muy importante, ya habíamos practicado por tres días e íbamos a empezar a aprender realmente la técnica y a vivir Vipassana. Temí por mi vida, tuve miedo de pasar al siguiente paso sin haber logrado el primero, esos tres primeros días de desintoxicación y preparación.
Por la tarde fui con mi gurú, le dije lo que me pasaba: “me quedo dormida, no me puedo concentrar, mi cabeza no se calla, tengo miedo de no estar lista para mañana” y ella sólo dijo: “Your worries are taking you away from the path, don’t worry, it will come naturally” y volvió a cerrar los ojos. Por unos segundos me quede sentada frente a ella, viendo como se iba frente a mi cara, y pensé, pues sí, “las cosas como son” ya vendrá, ve a dormir.
Día 4: Constipation?
Confieso que las comidas y la hora de las mismas se habían convertido en la parte favorita del retiro, no sólo por disfrutar cada día un sabor diferente, sino porque eran de los pocos momentos de esas 17 horas en los que no estaba meditando, así que comía y comía y comía con singular alegría.
Al cuarto día caí en la cuenta de que no había ido al baño en 4 días y mi cabeza empezó a dar vueltas sobre el tema como loca, pensé: a este cuerpo no entra nada más hasta que no salga algo de aquí, aunque sea un poco… pero, ¿cómo hacerlo si la comida es tan rica y me estoy muriendo de hambre prácticamente todo el tiempo?.
Llamé a una de las chicas de servicio, le conté mi problema (era un buen pretexto para hablar un poco), llegó a mi habitación con un remedio hindú que sólo consiguió hacerme vomitar y sacarme venas rojas y rotas en los ojos del asco y el horror de aquella cosa, era literalmente como una gelatina de mierda con grumos que tenía que tomar en menos de un minuto para evitar que se hiciera dura. Ese día, durante el tea break, a mis 33 años e intolerante a la leche entera, cual acto suicida, me tomé dos vasos de leche caliente esperando que algo hicieran en mi.
Como a las 11 de la noche mientras intentaba dormir, llegó a mi cuarto de forma silenciosa otra de las asistentes (La cual confieso que me mataba de la curiosidad) y me llevó otro remedio. Éste era un polvo extraño, me dijo: “siéntate y me quedaré aquí hasta que lo tomes, y vendré todas las noches hasta que te sientas mejor, pon el polvo en la lengua, olvida que es una medicina y tómate este litro de agua frente a mí”. Así lo hice, y antes de irse ella dijo: “don´t worry, it will come, it will come”.
No comentaré los detalles de aquella noche. Pero no hay que ser demasiado persuasivo para concluir que metafóricamente y literalmente logré sacar toda la mierda que traía dentro.
Día 5: Día de monos.
Era justo la mitad del camino recorrido y me sentía parada entre la felicidad y la desesperación. Las mañanas seguían siendo una tortura, había días que cuando iba en camino a la pagoda había más estrellas en el cielo que la noche anterior.
Este día los monos no nos dejaron pasar a nuestra sección de dormitorios, estaban por todos lados enloquecidos y peleando su territorio. El último día una chica me contó que esa mañana no dejó pasar a un macho al danning hall y que a la salida del desayuno el mono la había esperado y ¡se le fue encima a golpes! No podía dejar de reír, e incluso ahora que lo recuerdo no puedo contener la risa.
Por la tarde Mr. Geonka habló de la importancia del quinto día y lo valioso que era llevar la mitad del camino recorrido, habló sobre las acciones; las que son verbales, las que son conductuales y las más relevantes, las que son mentales.
Lo que pensamos en todas nuestras acciones, es más importante que lo que hacemos y decimos, y es más peligroso porque sólo nosotros lo sabemos. Una frase quedó grababa en mi mente: “Si quieres un árbol de mangos dulces, tienes que estar muy seguro de plantar una semilla de un mango dulce” y me quedé pensando en las semillas que yo he sembrado en la vida…
En algún momento de ese día pensé y aunque estaba prohibido, escribí en un papelito: estoy contenta.
Día 6: Las causas del sufrimiento
Ese día me bajó, y con mis cólicos de quinceañera estuve de bastante mal humor, probablemente mi humor se derivaba más de mi incapacidad para calmar la mente de tantos pensamientos y perder la concentración para meditar. Me había dado cuenta que callarse la boca no era lo difícil, sino lograr callar a la mente.
A media mañana nos dejaron conocer la pagoda grande. Mi sorpresa fue que al entrar no había un gran cuarto de meditación, sino celdas individuales de dos metros cuadrados con un tapete y un cojín en el centro en donde tuvimos que meditar tres horas diarias hasta el último día. Era literal un calabozo, el mío era el F22, el primero al entrar a mano derecha, al menos tenía una ventana en donde entraba un poco de luz natural. Era extraño, pero cada vez que estaba dentro de la celda, mi cabeza parecía gritarme más cosas.
Por la tarde se habló sobre el sufrimiento (misery), y sobre el ego. Mr. Goenka dijo que las causas de sufrimiento individual se derivan de dos palabras: Yo y Mío. Que el ego y los apegos sólo causan dolor, y que el dolor es más fuerte entre más fuerte sea nuestro apego a las cosas, a las personas o incluso a la búsqueda de sentimientos: “quiero sentirme así o no quiero sentirme así”.
Fue difícil conciliar el sueño aquella noche, los animales me horrorizaban. Dormía con una linterna bajo la almohada con la que apuntaba cual revolver cada vez que escuchaba un ruido dentro de mi cuarto solo para horrorizarme del visitante de la noche: mangosta, grillo, rana, lagartija, ratón y sí, hasta pequeñas serpientes que iban sólo de paso.
Día 7: Consciencia y ecuanimidad
Qué difícil es lograr vivir el presente y estar consciente de lo que nos sucede cada segundo a nivel físico y mental. Estas dos palabras aparecían justo en el momento en que mis ansias crecían por vivir el futuro.
Y es que es realmente complejo vivir en el presente, la mente nos juega trucos todo el tiempo y estamos siempre pensando en el pasado, lo que hicimos mal y debimos haber hecho bien y lo que hicimos bien y nos hizo sentir mejor y queremos repetir, o bien, lo que no ha pasado, la fantasía de lo que queremos que suceda, le damos cuerpo y forma al futuro de la manera en que queremos que suceda, y no dejamos que las cosas sucedan de manera natural, entonces, cuando llegamos a ese futuro y no es como lo habíamos imaginado, sufrimos, ¿por qué? Por ego.
Vivir conscientes de lo que nos sucede aquí y ahora, a nivel mental y a nivel físico y ser ecuánimes en lo que pensamos, sentimos y hacemos es el camino a la felicidad, dijo Mr. Goenka.
Y sí, ese día la pasé fatal recordado mi pasado y especulando mi fututo. Mis pensamientos iban desde mi historia con Patricio, mi amante el innombrable y hasta la inconclusa e indefinida historia con Rodrigo, pensaba en los años dedicados al trabajo, en mi madre, en mis amigos y mis sentimientos hacia ellos, en mis perras, en los bigotes de Matilde cerca de mi cara. Deseaba estar en Goa, quería tocar un elefante, pensaba en mi regreso a México después de 6 meses en la India, me imaginaba mi historia con Rodrigo (en un minuto increíble y en otro terrorífica), pensaba en si realmente quería tener hijos o no, en si debía vender mi auto, en qué me iba a inventar para ganar dinero cuando regresara mientras encontraba un trabajo …después regresaba y pensaba: ¡por dios Daniela! pero si te lo acaban de decir, deja de pensar estupideces y concéntrate en esto.
Goenka dijo que la consciencia y la ecuanimidad son como las ruedas que llevan un carruaje a su destino, ambas, tienen que ser del mismo tamaño e igual de fuertes, ambas siempre igual de relevantes para alcanzar nuestras metas.
Día 8: Familiaridad
De repente ya todo parecía muy familiar, los horarios, la rutina, la comida y las caras de las mujeres que me rodeaban. De alguna manera éramos como una gran familia, como si ya nos conociéramos de años, yo había incluso imaginado la personalidad y hasta las historias de vida de muchas de ellas, y moría de ganas por conocerlas mejor.
Ese día por la mañana me quedé dormida y no fui a la meditación de las cuatro de la mañana, y lejos de preocuparme me sentí feliz, descansada y con ganas de seguir. Siempre he sido una rebelde discreta dentro de un sistema lleno de normas. Siempre he hecho lo que quiero.
Había una jardinera triangular entre mi cuarto y la pagoda, y todos los días después del lunch le daba vueltas para mover un poco el cuerpo y estirar las piernas, 157 pasos exactamente en cada vuelta y daba entre 10 y 12 recorridos por día. Como una loca sí.
Ya estaba totalmente acostumbrada al silencio y había avanzado un poco en la meditación, sin embargo comenzaba a sentirme ansiosa por los días que venían al salir de ahí, pensaba en Goa, en mi voluntariado, en mis posibilidades de viajar.
Esa noche tuve uno de los peores sueños de mi vida. No fue una pesadilla, pero por respeto a mí misma, a mi formación como psicológica o para evitar que a cualquier psicoanalista le brillen los ojos, no lo contaré (creo que jamás), pero desperté a media noche y no pude volver a dormir hasta las campanadas de la siguiente mañana.
Día 9: Me llevo lo mejor.
Me sentía satisfecha, la experiencia había sido increíble, me iba con un gran aprendizaje de vida y también me iba sin poder meditar (no al menos como lo había esperado). Comprendí que no era mi momento, tenía muchas telarañas que limpiar en mi cabeza y estaba viviendo cosas demasiado intensas en mi vida: un divorcio, dejar mi país, mi casa, mi trabajo, mis perras, había dejado una historia de amor inconclusa con un hombre que aún me parecía desconocido pero al mismo tiempo deseado y al que nunca pude quitar de mi mente, me faltaban varios meses más para vivir esta locura, me faltaba conocer a tanta gente, cogerme a un desconocido (o a dos), visitar tantos lugares y hacer tantas cosas.
Como siempre lo hago, me excusé sola, y me quité de encima toda responsabilidad, pensé: “te llevas lo mejor, no sufras y esta aventura apenas empieza”.
En realidad estaba cansada de los horarios, harta de la comida, desesperada por hablar, y sólo podía pensar; ¡ya por favor, sáquenme de aquí! Me urgía empezar a soltar.
Día 10: Cuando el silencio se rompió
La dinámica de la mañana fue la misma de los días anteriores, fue hasta después de la meditación en el calabozo cuando nos reunieron a todos y nos hicieron un recuento de lo vivido, nos hablaron de la importancia de aprender a soltar y de vivir en el presente como bases fundamentales para alcanzar la felicidad, porque ésta existe sólo dentro de nosotros, pero hay que aprender a verla, la vida es amor, compasión, tolerancia, balance, ecuanimidad y consciencia.
Concluido el voto de silencio, nos miramos entre todas, nos abrazamos, nos preguntamos nuestros nombres y el resto de la tarde nos conocimos.
Jamás voy a olvidar a Renú, una mujer de la edad de mi mamá que cuando llegué al ashram (y aún se podía hablar) me enseñó todo el lugar, me llevo al comedor a comer, me acompañó a mi cuatro, sacudió mi cama y la tendió, me recibió con amor aún sin conocerme e hizo que mi llegada a Damhasotta fuera más fácil. Cuando pudimos hablar se acercó a mi, me abrazó y lloró junto conmigo de felicidad, o de alivio, no lo sé.
Tampoco voy a olvidar a Sunita, una mujer albina más blanca que la nieve que contrastaba como arroz en los frijoles entre el resto de las mujeres. Ella me dijo que su nombre significaba amanecer, y me preguntó que qué significaba el mío, le dije que no sabía exactamente, y ella respondió: “qué lástima, debes saber que significa tu nombre, si no, no tiene sentido que lo lleves contigo”.
Anto, la chica Argentina que había visto en Agra con el hombre guapo, y con la única persona que hablé español durante todo mi viaje, aunque fueron pocas horas, de pronto parecíamos las mejores amigas.
Y así son las cosas, las cosas como son: me sentía feliz, había concluido 10 días de silencio que había planeado muchos meses antes, mi viaje comenzaba a tener sentido, mi vida no sé, pero no importaba, al día siguiente me esperaba un vuelo a Goa…