𝗘𝗟 𝗣𝗥𝗘𝗖𝗜𝗢 𝗗𝗘𝗟 𝗙𝗔𝗟𝗦𝗢 𝗘𝗤𝗨𝗜𝗟𝗜𝗕𝗥𝗜𝗢.
/ 𝑅𝑒𝑓𝑙𝑒𝑥𝑖𝑜́𝑛 𝑒𝑙𝑎𝑏𝑜𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑖𝑟 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑟𝑜𝑐𝑒𝑠𝑜 𝑡𝑒𝑟𝑎𝑝𝑒́𝑢𝑡𝑖𝑐𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑎𝑟𝑟𝑜𝑙𝑙𝑎𝑑𝑜 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜 𝑎 𝑆𝑖𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑀𝑎𝑑𝑑𝑒𝑛.⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀
Nunca imaginé que dos palabras pudieran pesar tanto.
Con el paso de las sesiones, Silver me habló de una teoría que terminó cambiando la forma en la que entendía todo lo que me estaba ocurriendo. Decía que, cuando una persona atraviesa un trauma, muchas veces aparecen dos formas distintas de funcionar. La 𝙋𝙚𝙧𝙨𝙤𝙣𝙖𝙡𝙞𝙙𝙖𝙙 𝘼𝙥𝙖𝙧𝙚𝙣𝙩𝙚𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙉𝙤𝙧𝙢𝙖𝙡 (PAN) y la 𝙋𝙚𝙧𝙨𝙤𝙣𝙖𝙡𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙀𝙢𝙤𝙘𝙞𝙤𝙣𝙖𝙡 (PE).
La primera es la que se levanta cada mañana y sigue adelante. La que trabaja, resuelve problemas, responde correos, hace trámites, cuida de los demás y encuentra la manera de que la vida continúe pareciendo normal. La segunda es la que siente. La que llora, se enfada, tiene miedo y carga con todo aquello que la primera no puede permitirse mirar de frente.
Durante meses pensé que estaba siendo fuerte. Ella me hizo entender que, en realidad, solo había dejado que una de esas dos partes viviera por mí.
La 𝗣𝗔𝗡 había encerrado a la 𝗣𝗘 en una jaula para que pudiera sobrevivir. Y funcionó. Tuve que ocuparme del trabajo, del papeleo, de mi familia y de responsabilidades que, probablemente, nunca me habían correspondido. Necesitaba seguir adelante, y aquella parte racional hizo exactamente aquello para lo que estaba preparada: 𝙢𝙖𝙣𝙩𝙚𝙣𝙚𝙧𝙢𝙚 𝙚𝙣 𝙥𝙞𝙚.
Pero Silver también me dijo algo que nunca olvidaré. "𝘓𝘢 𝘗𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘌𝘮𝘰𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘭 𝘷𝘢 𝘢 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘦𝘳 𝘴𝘢𝘭𝘪𝘳. 𝘠 𝘭𝘰 𝘩𝘢𝘳𝘢́ 𝘦𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶́𝘯 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰."
— ¿Qué es lo que te resulta difícil? ¿Dejar a tu terapeuta interior a un lado y no juzgarte, o abrir la parte de ti más vulnerable a otra persona?
Recuerdo haber tardado varios segundos en responder.
— Dejar ir.
Aquel día llegué a la consulta con los ojos inflamados, las manos inquietas y una respuesta para casi todo. Siempre había sabido explicar lo que me ocurría. Analizarlo. Ponerle nombre. Buscar el origen de cada pensamiento y desmenuzarlo hasta comprender por qué estaba ahí. Era bueno haciéndolo. Quizá demasiado. Lo que nunca supe fue cómo sentirlo sin intentar resolverlo.
Durante meses me convencí de que seguir adelante era lo mismo que estar mejor. Convertí el trabajo en un refugio. Me llené de rutinas, responsabilidades y objetivos. Si mantenía la mente ocupada, no tendría tiempo para pensar. Si no pensaba, no dolería. O, al menos, eso era lo que necesitaba creer.
Mi parte lógica entendía perfectamente la ausencia de mi hermana. Sabía que no iba a volver. Lo comprendía desde un punto de vista racional casi desde el primer momento. Pero comprender no es aceptar. Y aceptar no siempre significa sentir.
Por eso, cuando Silver me preguntó en qué fase del duelo creía que estaba, fui incapaz de responderle. Le hablé de aquella explosión que había tenido unos días antes. De cómo una situación compleja había hecho que dejara de reconocerme. De cómo llevaba seis meses reprimiendo emociones hasta que, de pronto, la presión encontró una grieta por la que escapar.
«𝘚𝘶𝘱𝘰𝘯𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘳𝘢 𝘮𝘢́𝘴 𝘧𝘢́𝘤𝘪𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘨𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘴𝘦𝘨𝘶𝜄́𝘢 𝘪𝘨𝘶𝘢𝘭.»
Creo que esa fue la primera vez que verbalicé lo que llevaba tanto tiempo haciendo. Porque no estaba viviendo el duelo. Lo estaba administrando. Como si el dolor fuera otro expediente más que archivar antes de seguir con la siguiente tarea. Lo curioso es que la sesión más importante no terminó dentro de aquella consulta. Recuerdo haberle preguntado una y otra vez qué tenía que hacer para sentirme mejor. Qué podía hacer para dejar de sentirme atrapado en aquel círculo vicioso. Por qué tenía la sensación de avanzar tan despacio en comparación con el resto del mundo.
Ella guardó silencio durante unos segundos, después se levantó del sillón, cogió su chaqueta de cuero y me pidió que la siguiera. Sin darme apenas explicaciones, atravesamos el edificio hasta el garaje. Yo no entendía nada. Seguía haciéndole preguntas mientras caminábamos.
— ¿A dónde vamos?
No respondió. Al llegar frente a una moto, me tendió un casco.
— Póntelo.
Lo sostuve entre las manos unos instantes antes de mirarla, completamente desconcertado.
— ¿Esto forma parte de la terapia?
Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro.
— Sí. Probablemente sea la sesión de terapia menos ortodoxa que tengas nunca.
Esperó a que terminara de ajustarme el casco antes de volver a hablar.
— Llevas una hora buscando la respuesta correcta. La idea que haga que todo vuelva a su sitio. Pero tu cabeza lleva demasiado tiempo intentando resolver algo que no se puede resolver pensando. — Hizo una breve pausa. — Quiero que experimentes una cosa. No entenderla. Experimentarla.
Aquellas palabras se quedaron suspendidas entre los dos mientras introducía la llave en el contacto. Entonces añadió algo que terminó acompañándome mucho después de bajarme de aquella moto. Que hay momentos en los que la vida simplemente ocurre. Que no pude controlar la muerte de mi hermana, ni el vacío que dejó después, ni todo lo que aquello despertó dentro de mí. Que cuanto más empeño ponemos en sujetar la vida para que vuelva a parecerse a lo que era, más se nos escapa entre los dedos.
— Lo único que puedes decidir es qué haces tú mientras todo eso pasa. Cómo respiras. Hacia dónde miras. Cómo reaccionas cuando el mundo deja de obedecer las reglas que habías imaginado.
Giró la llave. El rugido del motor rompió el silencio del garaje y sentí la vibración atravesarme el pecho.
— Durante un rato no vas a tener espacio para pensar en ayer ni en mañana. Solo en este momento. Porque como tu cuerpo no se deje llevar por lo que yo decida que haga la moto, nos vamos los dos al suelo.
Después engranó la primera marcha.
— Abrázate fuerte.
Y eso hice. Durante aquellos minutos no existió el pasado. Tampoco el futuro. Solo el presente. El aire golpeándome el casco, el ruido del motor y la necesidad de confiar en alguien que tenía el control cuando yo había dejado de tenerlo. Creo que aquella moto nunca pretendió enseñarme a perder el control. Pretendía enseñarme que perderlo no siempre significa estar en peligro. Que hay cosas que no necesitan ser comprendidas para poder ser vividas. Y que, muchas veces, dejarse llevar no es rendirse; es la única forma de seguir avanzando.












