Cuando salí, cuando Synner me “liberó”, lo primero que hice después de saborear el aire fresco, fue buscar un bar.
No un bar cualquiera, sino uno en particular.
Tenía la extraña necesidad de volver al pasado aunque sólo fuera durante unos segundos o unos minutos. Un retorno breve pero que se marcaría a fuego en mi memoria. Yo lo sabía y me arriesgué a ello. Era el precio que debía pagar después de huir durante todos aquellos años, sabiendo que mi confesión a la policía pendía de un hilo.
‹‹ Eres un mentiroso inteligente, comadreja ›› solía decirme mi madre. Sé cómo planear una mentira firme, el problema es que puede ser desmontada si uno es lo suficientemente atento. Al menos me da una ventaja considerable para escapar del destino, inventar otra y salir indemne otra vez por unas horas.
Todo lo que sé me lo han enseñado los libros, yo leo mucho, me gusta leer, pero llevo demasiado sin tener un tomo entre las manos. Emanan sabiduría. Creo que soy como un Hawking, que estudió como un loco antes de quedarse en esa silla de ruedas o lo que sea. Tampoco me importa.
—Vamos, capullo, estás a salvo. Sólo tienes que entrar.
Sólo entrar. Ingenuo de mí. Había ido en busca del huracán y ahora estaba en el ojo de este. Caminé silenciosamente, moviéndome cual sombra entre la gente, hasta que alcancé la barra.
Consideré que era el momento preciso para dar media vuelta y marcharme. Pero me quedé anclado allí y no tuve más huevos que sentarme, observando al pasajero con atención, estudiando cada rostro, cada movimiento, cada mirada. Tenía sueño, pero también insomnio. Y no soy de estas personas que se duermen cuando menos se lo esperan, tampoco he desarrollado un estado narcoléptico. Simplemente estoy despierto.
Para colmo no paraba de escuchar la voz de Édith Piaf en mi cabeza. Maldito O'Acklan y maldito McAdams. Con suerte el segundo estaría ahora más jodido de lo que yo estuve.
En un segundo de debilidad, mi mente despertó e instaló en mí la orden urgente de abandonar el lugar de una vez por todas. Pero, un olor más agradable y familiar de lo que podía haber llegado a imaginar, inundó mi nariz.
Cerré los ojos.
Respiré profundamente.
Quedé erguido, inmóvil.
Y alcé la cabeza para observar la figura, sin duda alguna femenina, que se acercaba a mí.
El cabello rubio se balanceaba a cada paso que se acercaba a mi posición. No tardé ni medio segundo en reconocerla. Y creo que ella hizo lo mismo. En un tiempo récord, nuestras miradas se encontraron.
Ibeth.
Ibeth Delorme.
Ella abrió los ojos poco a poco hasta dejarlos abiertos por completo. Mirándome como si un fantasma fuese.
No hablé.
No habló.
Sólo nos miramos fijamente por lo que pareció una eternidad. Ella tragó saliva y yo solamente entrecerré los ojos.
Finalmente, ella se aclaró la garganta y se frotó las manos.
—¿Qué va a ser?
—Whisky.
—¿Solo?
—Y deja la botella.








