El mundo entero no podía saber de sus planes y la lascivia que estos contenían. ¿Se tenía que hablar de lo que fraguaron? No, por supuesto que no. Pero sí se puede contar que muchos abuelos quedarían escandalizados. La figura de la escultural rubia se paseaba por su habitación alistándose para la velada, mientras el castaño —quién lucía mucho menor— esperaba por ella en una silla. ¿Alguien pensaría que aquella mujer que lucía tan seria, podría esconder tantos secretos? Frente al espejo cambió sus vestiduras, atrás quedó aquel vestido de algodón y fue reemplazado con un conjunto de prendas más provocativas: la lencería de arnés que dejaba poco a la imaginación, medias de encaje hasta el muslo y una chaqueta ajustada en terciopelo. Su cabellera dorada enmarcaba con ondas su rostro, sus labios brillaban en un rojo carmesí y su rostro lo cubría un antifaz de encaje, como queriendo conservar el poco pudor que sus planes le permitían. Já, ¿para qué? Quizás simplemente formaban parte de sus juegos previos.
Muy aparte de su aspecto, cuidó de que el ambiente fuese el adecuado. Las luces tenues de aquella sala, la música muy baja y las velas que mantenían por las nubes la temperatura. Anticipación, ansias; a estas alturas hasta él se mantenía expectante. Cuando apareció finalmente bajo el marco que separaba la habitación del lugar, la miró extasiado. Sus curvas resaltaban a la perfección y el castaño lo notó también, puesto que se removió un poco en su asiento y desde ahí no pudo despegarle la mirada de encima. Ella, segura de sí misma, dejó que la música la envolviera y que su cuerpo se identificara con el ritmo, moviéndose al compás de los primeros acordes de aquella canción que despertaba su lado seductor. Sus ojos azules buscaron los verdes y se perdieron en estos antes de cambiar con el mando a la tonada seleccionada. Con las piernas separadas, deslizó las manos por su cuerpo, como si quisiera darle a una idea de lo que se venía.
Supo ahí que ella no pensaba darse prisa. Aquel no iba a ser un rápido espectáculo amateur en el que girara torpemente hasta acabar expuesta bajo su mirada, iba a tomarse su tiempo. Se movería a su ritmo y se mostraría cuando ella lo creyera oportuno, con movimientos pausados, sin apresurarse. —Tú solo vas a ver, no tocar. —le advirtió cuando, al haberse acercado hasta su rostro, quedó a escasos centímetros de sus labios. Sentía la respiración entrecortada de su espectador y sus labios se curvaron en una amplia sonrisa, era la expresión triunfal de alguien que sabía perfectamente lo que hacía. Él, por su parte, dejó escapar un gruñido de frustración y empuñando sus manos intentó relajarse. A partir de ese momento, todo a su alrededor desapareció. Nada era más importante que verla pavoneándose y bordeando la silla en donde él descansaba.
𝘉𝘢𝘣𝘺 𝘵𝘢𝘬𝘦 𝘢 𝘴𝘦𝘢𝘵. 𝘌𝘺𝘦𝘴 𝘰𝘯 𝘮𝘦 𝘵𝘩𝘪𝘴 𝘪𝘴 𝘮𝘺 𝘴𝘩𝘰𝘸. 𝘠𝘰𝘶𝘳 𝘰𝘯𝘦 𝘢𝘯𝘥 𝘰𝘯𝘭𝘺 𝘱𝘭𝘦𝘢𝘴𝘶𝘳𝘦.
Acarició su hombro en el trayecto a su espalda y colocando ambos brazos sobre estos, bajó su cuerpo hasta el suelo, ambas piernas abiertas y retornando a su posición inicial. Desde atrás, se dedicó también a tentarlo susurrando palabras en su oído, procurando que sus labios siempre rozaran contra su piel. Retornando a la posición inicial, salvo que era ella quién le daba la espalda y se agachó mientras enrollaba las medias hasta las rodillas antes de volverse de nuevo hacia él. Con paso lento se acercó al sillón y pasó una pierna por encima de las de él, dejando a su vista los centímetros de piel cremosa. Hizo un intento por pasar la palma de su mano sobre estos y la rusa le dio un manotón para evitar que eso sucediera. Inclinó también su rostro, dejándolo así a escasos milímetros de sus labios, mismos de los que no se adueñó como acostumbraba hacerlo, sino que sencillamente rozó de forma inocente, todo un contraste si comparaban lo que hacían. Así se les fue el tiempo, en aquel exquisito juego de tira y empuja, en aquel contoneo sinuoso de caderas, suspiros y giros. En aquella entrega por parte de la rusa a cada frase de la canción.
Dos minutos y cincuenta segundos duraba la melodía, pero el tiempo en su memoria no transcurría. Solo eran conscientes de la manera en que se tentaban, en que se comían con la mirada y las que se formaban muchos escenarios sobre lo que podría suceder poco después. Dos minutos con cincuenta segundos en los que el mundo se paralizó solo para que dos cuerpos se envolvieran en el placer visual que les provocaba un baile en medio de una habitación desierta.
𝘋𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘺 𝘤𝘪𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘴𝘦𝘨𝘶𝘯𝘥𝘰𝘴 𝘴𝘶𝘮𝘦𝘳𝘨𝘪𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘱𝘢𝘳𝘢𝘪́𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘢𝘯𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘺 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘷𝘰𝘤𝘢.










