Corazón en caída libre
Nueva York, 2001. Un sonido de explosión fue el que la alertó. Se dirigió corriendo hacia donde ella estaba y lo único que pensaba era cómo la iba a sacar de allí. Finalmente, entre todo el humo, logró sacarla con éxito.
¡Te juro que no se me quemó el almuerzo! – dijo Sarah angustiada a John mientras sacaba la bandeja de lasagna del horno, la cual tenía el papel aluminio rasgado.
Esa tarde del 9 de septiembre, Sarah tenía más que claro que su almuerzo estaba estropeado, y rezó por estar equivocada. Al parecer resultó, pues ambos inauguraron su comedor disfrutando un rico almuerzo a pesar de que estaba algo quemado.
Al despedir el mes de agosto, los nervios eran innegables. Ya era 1 de septiembre, y estaba todo listo para su boda. Bueno, casi todo, porque según Sarah necesitaban ver los últimos detalles. Probablemente fue su ansiedad lo que la llevó a una tienda -que tenía en la mira hace días- para comprarse un accesorio que combinara con su apegado vestido de novia, y claro, John la acompañó porque son inseparables.
Amor, ¡no me digas que te comprarás una humita! Creo que ya no estás para eso – dijo Sarah entre risas a quien sería su esposo, el próximo 15 del mes, mientras se veía en el espejo y se probaba una tiara de cristales finos.
¿Y tú? no me digas que te comprarás un velo o una tiara – respondió John a su pareja mientras estaba en el probador con dos corbatas y una humita que se estaba acomodando al cuello.
John Teller, de 28 años y Sarah Williams, de 27, tenían una relación basada en la amistad, confianza y amor, la cual construyeron mientras ella estudiaba Literatura y él Ingeniería Comercial en Manhattan College y, tras dos años de egresar, decidieron comprometerse.
La tiara la hacía verse aún más joven y no sabía si realmente quería una o si, en realidad una corona de flores sería la mejor opción, pero, de todas formas, el accesorio luciría sus rizos castaños. Él salió a mostrarle a su pareja cómo le quedaba ese accesorio que, sin vergüenza alguna, se colocó con actitud. Ella sin darse cuenta, seguía con la tiara en su cabello, y, a diferencia de él, se la sacó apenas vio que se acercaba John por el reflejo del espejo donde se estaba mirando.
¡Sabía! – exclamaron ambos al mismo tiempo, rieron y se acercaron para darse un beso entre risas. Él medía 1.85 y ella quince centímetros menos, por eso cada vez que se besaban, ella tenía que ponerse de puntillas para alcanzarlo.
Hacen una muy bonita pareja – dijo la empleada de la tienda mirándolos con ojos entre cerrados, tratando de reconocerlos. – Los he visto antes, ¿viven cerca?
No, pero nos iremos a vivir juntos por aquí. Quizás nos haya visto antes porque solemos venir a almorzar a este sector, debido a que trabajo en La Torre Norte de World Trade Center (WTC) hace dos años y medio – dijo John mientras entrelazaba sus dedos con los de Sarah.
Ya veo. ¿Esa es la que tiene la antena? – preguntó la empleada mientras apuntaba hacia uno de muchos edificios que conformaban parte del WTC. Desde uno de los ventanales de la tienda se podían ver y, entre esos, estaban las Torres Gemelas; unos rascacielos enormes en los suburbios de la ciudad de Manhattan.
Claro, esa es la diferencia entre las Torres Gemelas a primera vista: su antena – respondió Teller a la señora cordialmente.
Él se dedicaba a la parte comercial de Bank of America, y Williams siempre quiso trabajar en uno de esos famosos edificios, porque desde pequeña solía ver desde lejos la gran altura de ellos y soñaba con, algún día, mirar desde allá las calles de Nueva York para inspirarse en su próxima novela. No obstante, a medida que fue creciendo, cambió su sueño por otro: ser parte del equipo de críticas culturales en el New York Times (NYT), puesto que consiguió tras salir de la universidad por sus buenas calificaciones.
Nunca tuvieron problemas de dinero, pues ambos eran muy exitosos. El 5 de agosto, diez días antes de su matrimonio civil, se fueron a vivir juntos al departamento que compraron cerca del Empire State Building.
Vestida con unas zapatillas antiguas, unos shorts y una polera negra con una camisa cuadrillé de su prometido amarrada a su cintura, comenzó a sacar del auto la segunda ronda de cajas cafés -pero las más pequeñas, porque John ya había tomado las otras- para subirlas al onceavo piso de su nuevo edificio, en el departamento 1111. Él la estaba esperando en el ascensor con un carro de supermercado para subir juntos las cajas y, en la espera, se miró al espejo pensando en esa nueva vida que estaba por comenzar.
Siempre andamos corriendo, ¿te has dado cuenta? – dijo Sarah al entrar al ascensor mientras le caía una gota de sudor desde su frente a su mejilla, ya sea por el cansancio de correr toda esa mañana o por el caluroso mes de septiembre.
Es que somos piscis – le respondió irónicamente John, buscando con una sonrisa torcida y ojos expectantes la mirada de ella en uno de los cuatro espejos del ascensor, esperando el momento que ella respondiera su broma para estallar de la risa.
La afición de Williams por lo esotérico era algo que John siempre sacaba a la luz para molestarla, ya que él era totalmente científico. Sin embargo, jamás lo hacía con ánimos de hacerla enojar, al contrario, era porque amaba sus reacciones y su risa al final de esos golpes suaves -a los que estaba acostumbrado- tras esas bromas. Por ejemplo, al ser ambos del mismo signo zodiacal (Piscis), ella normalmente tenía para él algún consejo, mientras desayunaban antes de ir a trabajar, basándose en lo que había leído de éste en algún periódico, el cual, claramente era el NYT.
No, pero en serio. A pesar de que, este cambio fue rápido, yo estoy muy contento de estar aquí – exclamó John lanzándole un beso a su prometida segundos antes de que el ascensor abriera sus puertas en el piso 11.
Tenían acordado cambiarse a ese departamento dos días después de ese día, específicamente el fin de semana -que era 8 y 9- para que un par de amigos los ayudaran, pero Sarah insistió en que sucediera antes porque quería contarle algo importante una vez ya instalados.
Ya, siempre molestándome con los signos. ¿Cuándo te vas a aburrir? – respondió la mujer de 27 años pegándole con una de las mangas de la camisa que tenía amarrada – y sí, necesitaba que lo hiciéramos antes porque tengo algo que contarte.
El viernes 7 de septiembre se dirigieron a Presbyterian Hospital, que estaba a pasos de su nuevo hogar. En la espera, Williams no aguantaba más las ganas de hacer pipí, pues había tomado casi tres litros de agua para estar en óptimas condiciones. Se acercó un caballero de 55 años aproximadamente que tenía puesta una bata blanca larga e invitó a pasar a la pareja a su consulta. Ella caminaba con dificultad y se quejaba, pues decía que no aguantaba su vejiga.
Felicitaciones, ¡tendrán un hermoso hijo! – exclamó el Dr. Sforza con una gran sonrisa mientras pasaba una sonda manual encima del gel amniótico que tenía su abdomen, mirando la pantalla cuadrada y tosca que mostraba las imágenes en vivo.
John, con lágrimas en los ojos besa por inercia a su esposa, quien tomó su mano con fuerza y la miró con sus intensos ojos color miel sonriendo como nunca antes.
Doctor, ¿hace cuánto tiempo estoy embarazada? – preguntó Sarah tras un respiro profundo haber secado sus lágrimas de emoción.
Debes tener unas 10 semanas aproximadamente – respondió el Dr. – ahora debes cuidarte y no hacer fuerza, tampoco puedes beber alcohol. Además, desde ahora debes cuidar tu alimentación.
Sí, de eso me preocuparé yo. Te cocinaré desde hoy en adelante todos los días hasta que nazca nuestro bebé, te lo prometo, mi amor – dijo John mirando con ojos sonrientes a su -prontamente- esposa y besando su frente.
Igualmente trataré de cocinar la lasagna que nunca me ha resultado. ¡Quizá nuestro bebé nos traiga esa suerte! – dijo con una risa espontánea que reflejaba su felicidad.
El fin de semana hicieron una cena para comunicarles a sus familias la gran noticia que, tuvo a más de algún emocionado. Teller antes de acostarse, se fue a lavar los dientes. Allí, se quedó mudo mirándose al espejo y pensando con convicción “serás el mejor padre”, mientras apuntaba al espejo su reflejo. Se acostó con su mujer y besó su pancita.
Lunes 10 de septiembre. El banco de John cerraba un trato importante con unos extranjeros, y por eso que tuvo que interrumpir sus vacaciones al ser enviado como representante del gerente general a presenciar la reunión. Sin embargo, ésta se alargó y tuvieron que seguir al otro día desde las 8 am en las dependencias más altas de la Torre Norte.
Un olor a incendio se sentía en las calles de Nueva York, y el sonido de sirenas de ambulancias y bomberos sonaban sin cesar. El gran estruendo fue seguido por otro, el que desató la locura colectiva, pues nadie -al menos del edificio- sabía bien lo que había sucedido. Si bien la diversidad de sonidos era normal de escuchar en las calles de Manhattan, desde el onceavo piso era un sonido más lejano por lo que los habitantes sólo podían escuchar y ver.
Sarah se despertó de un salto al sentir esos dos grandes sonidos en la mañana. Su esposo no estaba a su lado y, por primera vez, sintió que su corazón se detuvo.
Se levantó corriendo hacia el balcón y el humo ya había cambiado el celeste del cielo por un gris de horror. Miró hacia abajo angustiada, buscando a su prometido entre las personas que se acercaban corriendo al edificio sin razón alguna. No sabía lo que estaba pasando. Estaba recién despertando, pero la locura de la realidad la confundió por unos minutos.
Desesperada y sin conocer a ningún vecino, tocó la puerta de personas buscando que alguien tuviera televisión, pues no tenía en su departamento al ser fieles a los periódicos para informarse. Ambos odiaban la TV. Se quebró junto con el vaso de agua que botó al suelo, su esperanza y su corazón. Un grito desesperado fue el impulso para dejar todo e ir en busca de su prometido.
Déjeme pasar, se lo ruego. ¡DÉJEME PASAR! – le dijo Sarah gritando desesperada y zamarreando al primer policía que encontró al llegar al lugar de los hechos.
Tenía sus ojos rojos y lágrimas que no dejaban de caer por sus mejillas. Sentía miedo, desesperación y soledad tras pensar en que jamás volvería a ver a su prometido. Sus sueños juntos están en el aire y lo único que piensa es en encontrar con vida a su pareja.
No puedo dejarla pasar. Probablemente se derrumben las dos torres y está estrictamente prohibido por el presidente Bush que alguien esté en este lugar. Por favor, aléjese – dijo el oficial alzando la voz, pues de otra forma, Sarah no entendería el grave peligro que corría estando allí.
Al derrumbarse las Torres Gemelas, también lo hizo su anhelo de comenzar una vida nueva junto a John, uno de los desaparecidos de la tragedia. Marzo, 2002. Sarah Williams recuerda al mirar los ojos color miel de su hijo John, la mirada del amor que jamás olvidará.
Si no hubieses llegado, probablemente hubiese sentido mi corazón en caída libre – dijo Sarah a su pequeño hijo de dos meses mientras lo mecía entre sus brazos.










