Prompt: Cuddling in a Thunderstorm (A Good Omens Fic, SPA)
He tardado la vida en escribirlo, pero lo importante es que lo he hecho y lo he terminado después de mucho tiempo sin teclear. De lo único de que me he asegurado era de que no tuviera faltas de ortografía.
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Con suma delicadeza, Aziraphale pasó la hoja de su primera edición de Cumbres Borrascosas. Las páginas estaban amarillentas y con manchas marrones provocadas por el tiempo y la humedad del trastero en el que Aziraphale lo encontró, aunque el moho decidió hace tiempo que no le gustaba el sabor del papel viejo, tal y como le sugirió firmemente el ángel. Empujó con el dedo el puente de las lentes, en las que se reflejaban las llamas del fuego chisporroteante de la chimenea. A pesar de la lluvia que golpeaba las tejas y los truenos que retumbaban en la lejanía, el ambiente del salón era tranquilo. Aziraphale, sin quitar los ojos de las palabras, estiró una mano hacia la mesita y cogió la taza de chocolate para darle un sorbo, que llevaba una nubecita como sorpresa. La dejó cuidadosamente encima del mantel de ganchillo mientras se relamía el bigote que le había dejado el chocolate.
La calma se rompió cuando la puerta trasera se abrió repentinamente y el aire frío entró hasta el fondo de la casa. Con la misma celeridad, se cerró de un portazo. Unos pies se deslizaron por la tarima hasta el salón y pararon justo a la espalda de Aziraphale. El respaldó del sofá, de colores desgastados1, se hundió levemente.
—¿Otra vez Emily Brönte?—, preguntó un voz ronca a su oreja.— Cualquiera diría que a estas alturas deberías estar cansado de leer esa novela.
—Buenas tardes, querido—, le respondió.— Se acerca el aniversario de su muerte y me entró un súbito arrebato de nostalgia. —Suspiró.— Pobre muchacha.
—Una desgracia. Me hubiera gustado ver cuántos poemas suyos tendrían que publicarle antes de que a Southey muriera de un infarto. Allí Abajo teníamos un tablón de apuestas.2
Conteniendo una sonrisa, Aziraphale le dio un suave golpe en la muñeca. La piel del demonio estaba fría como el hielo y completamente empapada.
—... Crowley, querido, ¿has estado fuera toda la tarde?
—El Diluvio fue peor. —Crowley se encogió de hombros.
—¿Haciendo qué exactamente?
—Enseñándole a las rosas a qué círculo del Infierno irían si volvían a dejar caer un solo pétalo.
—¿Y estás goteando en la tarima y dejando manchas de agua en la madera?
—La tarima sabe de sobra que no debe mancharse con agua. Ni con vino. —Ante la mirada severa de Aziraphale, el demonio sonrió deleitosamente.— Sin embargo, creo que es buena idea dejar de empapar las alfombras y ponerme más cómodo. Tengo barro hasta en orificios donde no sabía que podía tener barro.
—No seas soez—, le dijo mientras Crowley subía las escaleras.
El sonido de sus pasos se perdió en la moqueta del piso superior y la calma volvió a la habitación. Con un gesto, Aziraphale sugirió a la chimenea que se esforzara en dar un poco más de calor antes de pasar la siguiente página de la novela. Para cuando Crowley bajó, Aziraphale ya leía con una sonrisa que casi no estaba ahí y que le marcaba las suaves arrugas de los ojos y los pómulos rosados y redondos. El demonio se deslizó con el frufrú de su pijama de seda negro hasta el sofá, en el que se dejó caer como si sus extremidades hubieran dejado de tener huesos3. Con un último esfuerzo, subió los pies al sofá y encendió la televisión, una pantalla plana ultramoderna de líneas elegantes4 que tuvo el buen atino de emitir TGBB5. Mientras Aziraphale continuaba con su lectura, Crowley se reía despiadadamente de un concursante que echó una pastilla de manteca entera en la olla. Se quedó mirando al cocinero y entonces, con un pie enfundado en un calcetín negro, le dio unos toques en el muslo al ángel, quien levantó la cara del libro con una ceja perfectamente depilada arqueada. Señaló la televisión con la cabeza.
—¿El galés de pelo canoso ese no se trae un aire a ti?
—¡En absoluto!—, exclamó Aziraphale tras echar un vistazo a la pantalla.— ¡Jamás llevaría esa barba! Las patillas del siglo XVIII eran ya bastante incómodas, no necesito vello por toda la cara.
—No sé, te daban un toque elegante. —Crowley levantó la cabeza del cojín y miró de arriba a abajo al ángel. Muy despacio. —Creo que una barba te ayudaría a «modernizarte».
Aziraphale no respondió, pero se pasó la mano por la mejilla, como acariciando el pelo que todavía no crecía en ella. Crowley, satisfecho, volvió a su programa.
Afuera, la tormenta apretaba y golpeaba las ventanas con dureza y, a pesar del fuego, la habitación empezó a enfriarse. Discretamente, Crowley movió los pies hasta meterlos bajo los muslos de Aziraphale. El ángel suspiró y, tomándole delicadamente los tobillos, se los puso en el regazo y empezó a masajeárselos. Incluso a través de los calcetines, se los notaba congelados.
—Querido, ¿por qué no buscas una manta para taparte?
—¿Ahora que tengo el hueco en el sofá bien formado? Nah—, respondió el demonio mientras movía los dedos de los pies.
—¿A pesar de que estás pasando frío?
— Sep. —Crowley lo miró de reojo. —A no ser que tengas una idea mejor.
— ... Crowley, demonio retorcido, no me obligues a decirlo.
— No sé de qué me hablas.
El tono de fingida inocencia no engañaba a Aziraphale. Finalmente, el ángel puso un dedo entre las dos páginas de la novela que estaba leyendo para no perder la lectura y levantó el brazo que le quedaba libre. Crowley entonces se deslizó por el sofá hasta apoyar la cabeza en su hombro. Aziraphale le rodeó la cintura y, colocándose el libro en las rodillas, siguió con la historia mientras Crowley volvía a enfrascarse en la televisión, disfrutando de su nueva fuente de calor.
La noche cayó y en los canales empezaron los programas de televenta y de videntes por teléfono que inundan las madrugadas de los insomnes. La taza de chocolate yacía olvidada encima del tapete de ganchillo y Aziraphale terminaba el último capítulo de la novela mientras seguía sujetando firmemente a Crowley por la cintura. Un suave ronquido lo sacó de la historia. Notaba la respiración del demonio, lenta y pausada, en el cuello y la punta de su nariz justo debajo de la oreja. Bajó la mirada con cuidado y, tal y como sospechaba, Crowley se había quedado dormido.
Cerró el libro y lo dejó en la mesita antes de quitarse las lentes y dejarlas encima de la novela. Con mucho cuidado de no despertarlo, agarró a Crowley por detrás de las rodillas y se lo subió al regazo, donde el demonio se acomodó hasta quedar con la cabeza apoyada en la clavícula de Aziraphale. Finalmente, conjuró una manta de lana gruesa y suave, con su tartán favorito, y lo tapó con ella. No podía continuar con la novela teniendo a Crowley encima, pero tampoco importaba. La había leído ya tantas veces que podría recitarla de memoria. Bajó una última vez la mirada a Crowley y, dejando salir una sonrisa enternecida, le retiró un mechón de pelo de la frente6 y se la besó. Se quedó inmóvil cuando, de repente, Crowley suspiró y se estiró lentamente, pero enseguida volvió a acomodarse contra su pecho. Aziraphale entonces se arrellanó en el sofá abrazado a Crowley y cerró los ojos. No cayó dormido, ya que nunca le había gustado la sensación7, pero sí entró en una especie de trance, en el que lo único que importaba era el peso ligero de Crowley bajando y subiendo al ritmo de su pecho y una calidez que le llegaba hasta su propia esencia sobrenatural y lo colmaba de paz.
La tormentosa noche dio paso a un amanecer de palidez grisácea, cuya débil luz se coló por entre las cortinas a medio echar. Lo sacó de su trance con un sobresalto la sintonía de las noticias. Con un gesto irritado, apagó la televisión, pero en ningún momento Crowley hizo intención de despertarse. Alargó el brazo para ponerse de nuevo las lentes y seguir con la lectura. Con un poco de suerte, Crowley se despertaría antes de que terminara y entonces podría preparar un buen desayuno.
Le apetecía comer crepes.
1 Y gracias Al De Arriba, porque era una combinación de colores digna de las instalaciones de un parque infantil.
2 En la que solo había apostado él.
3 Es posible que de repente se hubieran acordado de que Crowley era, de hecho, un demonio con forma de serpiente y, por tanto, no debía de tener ni brazos ni piernas.
4 Así la describía el vendedor al menos
5 Una de sus mejores ideas, al menos en opinión del propio Crowley. Aunaba la competencia descarnada y caótica de los concursos de amateurs con el malgasto de comida y, además, a Aziraphale le encantaba ver a gente cocinar.
6 Parecía que se lo iba a dejar largo otra vez. Mejor. A Aziraphale siempre le había gustado más así.
7 Le hacía perder tiempo de lectura.
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Lo podéis leer también en AO3: https://archiveofourown.org/works/45204475