Pregunta detona de manera inmediata lo ofendido que aquella pregunta lo hace sentir. Inusual, por supuesto, viniendo de alguien como él, tan entregado a libertinaje y descaro que no conoce fin. La diferencia reside, tal vez, en quién lo está diciendo. “¿Qué dijiste?” ni siquiera se esfuerza por contener la ofensiva incredulidad que tiñe su voz. “¿Por qué diablos haría eso?” es lo más sorprendente de todo, cree, cuando está seguro de siempre haber dejado bien en claro que heterosexualidad no está en sus defectos. “Si voy a tocar un culo, al menos debe haber algo que tocar.” Y definitivamente no sería el de una mujer, mucho menos de esa mujer.