Reseña: «Yo que no conozco la vergüenza» de Solidea Ruggiero.
Cuando abro el libro de Solidea Ruggiero me parece entrar a una mente. Acertado es el epígrafe del libro, «No todos los cerebros son países por habitar», más que por la afirmación que plantea —un poco cruel y con la que no concuerdo—, es por la comparación que hace la autora de un cerebro con un territorio determinado, con personas que comparten una cultura y un lenguaje pero con distintas formas de ver el mundo: en nuestra mente convergen pensamientos, ideas, contradicciones y paradojas, palabras finalmente, que parecen tener lógica dentro de nuestras cabezas.
La gracia de Yo que no conozco la vergüenza es que en algunos textos la autora pone de manifiesto las posibilidades que nuestro cerebro nos ofrece. La supuesta lógica mental se plasma en párrafos que reflejan casi a la perfección las conexiones neuronales, donde muchas veces los personajes se enfrentan a ellos mismos. Pero no es sólo la voz del interior la que está en las páginas del libro, sino que a ello se le suma una o dos exteriores, a veces de un narrador, a veces de un personaje; que permite entender el relato de forma íntegra y con el que se dialoga, aunque no siempre está situado de la forma correcta.
El juego del libro está en romper la razón que proviene de lo que podría denominarse convenciones sociales. Revelar lo que está en mi mente es justamente romper la vergüenza, porque en mi cabeza nadie me juzgará por lo que estoy pensando, riesgo que corro al expresarlo sin decir que esté enfermo o loco. «Un día, al despertar, decidí huir de la razón, escapar de su seguridad». Un claro ejemplo de esto es «Mi Eva», donde el espacio mental se traslada al espacio de la casa y la presión social a una vecina que espía.
La obra sobrepasa los límites y es por eso que los protagonistas no conocen la vergüenza. Lo sentimental es el eje articulador en toda la obra y el que permite que los personajes divaguen sobre sus relaciones interpersonales o tomen acciones impulsivas contra los demás o contra sí mismos. Los textos están escritos en forma de poesía o en forma de cuentos, lo que aumenta el significado completo de la obra, ya que en nuestra mente nunca pensamos de una forma única.
— A.
Yo que no conozco la vergüenza, Solidea Ruggiero, Edicola Ediciones, 2013.
Imagen: Portada del libro (Santiago Morilla)











