La catastrófica guerra nuclear entre E.E.U.U., Rusia y China finalizó, y el liderazgo para la reconstrucción recae en el Gobierno Federal Mundial (Fedgov en inglés), cuyo principio medular es el permitir que cualquier ciudadano crea en lo que mejor le parezca, siempre y cuando no intente convencer a otro de sus creencias. Una filosofía respetable —aún más si consideramos que la guerra se debió a la incapacidad de entendimiento entre comunistas y libremercadistas, malos contra malos— pero un pensamiento que de manera reptante esconde una nueva forma de dictadura y control de masas. Quienes no cumplan con esta normativa esencial no serán condenados a muerte, sino que serán castigados con la pena máxima: trabajo forzado en campos de concentración (claro, todo lo que sea trabajo, sin duda, es un castigo del averno). Brevemente agregar que el cumplimiento de la ley es supervisado y ejecutado por la Policía Federal. Además, siguiendo en el contexto, en este futuro no es inusual encontrar toda clase de mutantes, hijos naturales de la exposición nuclear residual de la guerra. Y de pronto hace su aparición Floyd Jones, un hombre arrogante, impaciente, egocéntrico y ambicioso, un ser dotado con la extraordinaria habilidad de ver todo lo que acontecerá en el transcurso de un año. Su visión no es para nada optimista, una terrible amenaza está en ciernes, una invasión alienígena a gran escala: la llegada de los derivantes (drifters, en el inglés). Sus seguidores no demoran en crecer en número e influencia y los hechos son exactamente a cómo Floyd anticipó. El Fedgov deberá golpear la mesa para evitar que este debilitado mundo colapse y sean en vano sus esfuerzos de reconstrucción.
Así parte la historia, no voy a dar más detalles del argumento posterior pero el giro es demencial y fascinante (en particular la verdadera naturaleza de los drifters y el destino de Jones). Hay que tener paciencia durante las primeras páginas, posicionarse en este mundo y de ahí en adelante disfrutar.
Si tuviera que calificarlo, no alcanzaría las cinco estrellas porque algunas ideas maestrales no fueron del todo bien desarrolladas, incluso parecía que en el contexto global de la novela podrían ser omitidas y no tendrían mayor implicancia en la historia. Una de ellas es la tesis que plantea PKD respecto a los viajes espaciales. Hasta ahora tenía dos ideas en mi mente (no soy físico ni científico, por lo que mis argumentos no van más allá del sentido común, o al menos lo que me parece que es el sentido común). La primera es el viaje al estilo Star Trek, esto es alcanzar una tecnología lo suficientemente avanzada que permita recorrer vastas distancias a velocidades mayores a la de la luz (es decir, bendita sea la tecnología warp) y una vez en el lugar de destino comenzar el proceso de colonización. La segunda, al parecer la más razonable y consensuada en el campo científico, es la de crear la tecnología que permita recrear la atmósfera terrestre en plataformas de navegación gigantescas, una especie de arca de Noé intergaláctica, un viaje lento y que cruce generación tras otra. La principal diferencia entre ambas sería entonces la velocidad de navegación, y lo común sería el contar con la tecnología para replicar la atmósfera terrestre en los nuevos mundos. A esto último PKD le da un giro y propone crear artificialmente en la tierra a seres humanos modificados genéticamente capaces de resistir un nuevo ambiente de destino, que en el caso de la novela será en Venus, reduciendo con ello el costo de las instalaciones de colonización y el tiempo de adaptación de la raza humana. Así en lo sucesivo, continuar con la expansión del hombre en el universo. Por cierto que juega con los límites de la ética: nadie quiere que su hijo, ni tampoco el de otro, creo, sea sometido a un experimento que podría significar la temida muerte. Pero no deja de ser interesante, aunque poco viable.
Otra crítica sería para un excelente personaje como fueron los hermafroditas, que tan solo con el pensamiento podían cambiar su cuerpo de género, femenino a masculino y viceversa, pero la escena es hoy trivial (oscura, meramente sexual y en un bar de mala muerte) y me huele también la homofobia imperante de la época (como pasa con muchos trabajos del siglo XX hacia atrás, que apesta a misoginia, homofobia y racismo). Por último, la relación entre Nina y Dough, otros personajes principales, me parece que raya con la esquizofrenia e incluso no me resultan convincentes: sus roles son casi instrumentales al devenir de la historia.
Pero fuera de las críticas, es una obra muy entretenida, es una recomendación de cuatro puntos con fuerza (diría incluso 4,5) y me confirmó como un fan de PKD.