💋•°•° Rouge •°•°💋
Capítulo 1
La bienvenida
[ El nacimiento de Rouge ]
La noche en la ciudad Station Square era un susurro de calma, como si las estrellas mismas observaran en silencio desde el firmamento. El hospital, ubicado en una zona exclusiva de la ciudad, dormía con la sobriedad propia de los lugares donde el tiempo parece suspenderse. Pero en una habitación del ala privada, el mundo acababa de cambiar para una pareja.
Vivienne, agotada pero serena, yacía en la cama con una expresión tan suave como el brillo de la luna que entraba por la ventana. Su largo cabello perlado caía desordenado sobre los hombros, sus párpados luchaban por mantenerse abiertos. A pesar del cansancio, sus ojos brillaban con una calidez desconocida: la de una madre que mira por primera vez a su criatura.
En sus brazos, envuelta en una diminuta manta rosa, descansaba la recién nacida. Dormía tranquila, con una boquita entreabierta, ajena a la revolución que había causado en quienes la rodeaban.
Fue entonces cuando Dorian entró.
El murciélago de porte impecable, conocido por su mirada gélida, su voz precisa y su reputación como uno de los negociadores más reconocidos del continente, estaba… temblando. Llevaba aún su traje gris, sin corbata, el primer botón de la camisa abierto —algo inusual para alguien tan meticuloso— y sus guantes de trabajo aún cubrían sus manos, manchados de tierra y minerales; había salido directo de su estudio de gemas cuando recibió la llamada.
Sus ojos, verdes brillantes como una esmeralda buscaron a Vivienne primero… pero pronto se clavaron en la pequeña figura que ella sostenía. Y entonces, ocurrió algo insólito: Dorian contuvo la respiración, como si no supiera cómo volver a inhalar, a pasos lentos se acerca a la camilla.
—¿Puedo…? —preguntó, casi en un susurro.
Vivienne asintió, sonriendo con ternura. Lo conocía bien. Sabía que detrás de su fachada elegante y calculadora había algo nuevo, algo que ni él mismo había descubierto hasta hoy.
Dorian se acercó sus brazos lentamente. Al inclinarse, sus dedos largos, acostumbrados a manipular gemas antiguas y herramientas delicadas, se mostraron torpes, inseguros. Rozó la cabecita de la bebé con una reverencia que no habría mostrado ni ante la piedra más valiosa del planeta.
—Es… —empezó, pero las palabras no salían. No las encontraba. Siempre tenía las palabras correctas para cualquier momento y ahora no tenía ninguna.
Vivienne lo observaba, fascinada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz débil pero cálida.
Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, se sentó al borde de la cama, con una mano temblorosa sobre el cobertor. Y allí, mirando a la criatura que acababa de llegar a su vida, Dorian dejó caer su máscara de perfección profesional.
—Perdido —confesó al fin—. Perdido… pero de una forma buena. Como si hubiera entrado en una cueva oculta bajo la tierra… y hubiera encontrado una gema que no sabía que existía.
Vivienne rió con suavidad.
—Eso es poesía viniendo de ti.
Él asintió con una sonrisa que nunca antes había mostrado. No era la sonrisa de un empresario astuto, ni la de un amante sofisticado. Era… algo nuevo. Algo simple y verdadero.
—Tiene tus mejillas —dijo, mirando con fascinación la piel rosada de la bebé—. Y esas pequeñas manos… no parecen de este mundo.
—Tal vez no lo es —susurró Vivienne, mirando también a su hija—. Tal vez vino a enseñarnos algo.
Dorian la miró entonces, y por primera vez, comprendió el vértigo de lo que acababa de suceder. Ya no era solo un coleccionista de rarezas, un experto en piedras codiciadas. Ahora era guardián de una vida. Y aunque no sabía cómo ser padre, una cosa era segura: protegería a esa pequeña con cada fibra de su ser.
….
El reloj marcaba las tres de la mañana. En el exterior, todo parecía seguir igual. Pero en esa habitación, algo extraordinario había comenzado.
La noche continuo con la tibieza de la ciudad en primavera entrando por la ventana. Un médico amable, con años de experiencia y una mirada serena, entró a la habitación con na calida sonrisa e hizo una última revisión a Vivienne y la bebé.
—Ambas están en perfecto estado. Podran volver a casa por la mañana, si lo desean —informó con una sonrisa.
Dorian asintió, aún sin apartar la vista de su hija.
Cuando el doctor se retiró, Vivienne acarició suavemente los dedos minúsculos de la bebé, que se aferraban instintivamente a los suyos. El silencio se llenó de una calma reconfortante.
—¿Crees que podamos con esto? —preguntó ella, sin mirar a Dorian.
—No —respondió él, sincero—. Pero quiero aprender contigo. Lo único que sé es que… todo lo que soy, ahora también le pertenece a ella.
Vivienne cerró los ojos, dejando escapar un suspiro largo. Dorian se inclinó lentamente para besar su frente, y luego dejó un segundo beso en la cabeza de la pequeña, con una delicadeza que ni él sabía que poseía.
—Esta es la única joya que nunca vendería —murmuró.
Y en esa noche que llegaba a su fin, en esa habitación donde había nacido una nueva vida —y con ella, un nuevo Dorian — El comienzo de una familia.












