Ayer, a las 19 horas vi pasar mi vida frente a mis ojos. Esa tarde se me ocurrió recoger algunas hojas largas y secas que estaban acumulandose en el frente de mi casa luego de caer desde una cosa que parece un punto intermedio entre planta y árbol. Mientras realizaba esa tarea, un vecino liberó al Kraken. Siempre deja que su perro salga a pasear a esa hora, grande y negro como una noche sin esperanza, con la masa muscular de un oso que va al gimnasio. Juguetón y torpe.
Salió. Me vio. Lo ví. Nos vimos. Yo estaba agachado recogiendo las hojas; de inmediato emprendió una carrera imparable; no me daba el tiempo para ponerme de pie. Vi pasar mi vida frente a mis ojos. Se me iba a tirar encima para jugar, y mi fragilidad física es apenas superada por la osteogénesis imperfecta. El maldito soquete (es calificativo y nombre, porque así se llama) asumió que las hojas en mi mano eran una rama, SU rama, porque cualquier rama es su rama y le encanta jugar con ellas. Mi vida dependía de donde colocara mi mano con ese montón, porque él le iba a saltar con las fauces abiertas de par en par a cualquier precio. Y si hoy puedo contar esto es porque se me ocurrió a tiempo la idea de separar una hoja seca del montón y agitarla con desesperación en la otra mano, el muy Soquete la vio y le interesó mucho más que el montón del cual había salido, desvió mínimamente su camino apuntando ya a la otra mano, como un misil realizando ajustes para encontrar su objetivo, y a último momento la tiré a unos centímetros de distancia porque mi fuerza no da para más y menos ridículamente agachado como estaba, pero fue suficiente. El perro enterró sus patas en la tierra para frenar y agarrar la hoja en el aire. Nací de nuevo.
Soquete se acercó muy lentamente con la hoja en la boca, esperando a que yo se la sacara para tirársela lejos y así por toda la eternidad, completamente ajeno al poder que tiene de quitar una vida, o de darla con esos ojos de abismo que te miran como si fueras la mejor persona del mundo.