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¿Soy lo que soy? Autopercepción y genitalidad
Adriana Esterzon
Soy el que soy. Es la frase que diera Dios como respuesta cuando Moisés le interroga por su nombre. El relato se encuentra en el Éxodo, segundo libro de la Biblia que narra la liberación del pueblo hebreo esclavizado por los egipcios. Es uno de los 7 nombres de Dios, se deriva de la concepción que él existe por sí mismo, es el creador no creado. En el nuevo testamento, se presenta como: el Alfa y el Omega, principio y fin. Su nombre es inefable y la revelación del nombre como se le debe llamar contiene la verdad de que Dios sólo es.
La canción, popularizada en nuestro país por Sandra Mihanovich, himno del colectivo LGTBIQ+, dice: “Yo soy lo que soy, mi propia creación y mi destino”
El poema de Susy Shock, (actriz integrante de Futuro Trans quien formó parte del Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género) plantea:
“Yo, monstruo mío, reivindico mi derecho a ser un monstruo, ni varón ni mujer, monstruo de mi deseo, carne de cada una de mis pinceladas. No quiero el nombre justo que me reserve ninguna ciencia. Mi ejercicio de inventora, sin tablas, sin geografías, sin nada, sólo mi derecho vital a ser un monstruo.”
Chul Han, filósofo contemporáneo nos advierte acerca del “imperativo de autenticidad que fuerza al yo a producirse a sí mismo.” “Imperativo de ser igual sólo a uno, de definirse solamente por sí mismo, de ser autor y creador de sí”. “El yo se ahoga. Un yo estable surge en presencia de un otro. La autorreferencia excesiva y narcisista, genera una sensación de vacío.” (Byung-Chul Han, “La expulsión de lo distinto”)
Más allá de las reivindicaciones sociales demandadas por estos grupos, su lucha por la visibilidad y entendiendo la diferencia entre un discurso político y el psicoanalítico, trataremos de pensar de qué se trata para nosotros esta posición de autopercibirse y conformar así una identidad, cómo afecta en la constitución subjetiva y cuál es el posicionamiento en la clínica para abordar estos casos.
La ley sancionada en nuestro país en 2012 permite autoasignarse un nombre y un sexo, prescindiendo de toda determinación de un otro social y de la anatomía. ¿Soy lo que soy? El uso del performativo en estos casos es fundamental, el sujeto dice ser hombre o mujer y la justicia debe reconocerlo. Lo decisivo es lo que el sujeto dice. Para el psicoanálisis, sin embargo, siempre hay un desarreglo entre la palabra y la cosa, no hay adecuación.
Cuando la nominación viene del propio sujeto, como efecto de esa inadecuación y como nadie es el que es, se deberán hacer una cantidad de intervenciones en distintos órdenes hasta subsanar ese error que se supone en el origen, con una creencia inquebrantable de pertenecer al otro sexo que al biológicamente dado, con una dimensión a-histórica: es una creencia desde siempre.
Las intervenciones entonces serán, en lo imaginario: travestismo; en lo simbólico: cambio de nombre y de identidad; y en el orden real: intervenciones sobre el cuerpo, tratamientos hormonales, cirugías.
En cada uno de estos órdenes nos encontraremos con dificultades. En el imaginario aparece una inestabilidad de la imagen, una angustia profunda cuando en la imagen se refleja algo del sexo anterior resignado, deshechado, al mismo tiempo se observa una primacía de lo imaginario. La forma del cuerpo aparece como un traje retocable a voluntad.
Respecto del registro simbólico se busca una nueva inscripción, un nuevo nombre, inclusive un cambio no sólo en el DNI sino también en la partida de nacimiento, alterando algo en relación a la verdad del origen, con el grado de desorientación que esto conlleva. Aparece un escollo en la filiación simbólica. Se borran las marcas del Otro, recreándose. ¿Sin consecuencias?
En relación a los cambios en lo real se producen intervenciones en el cuerpo a veces cruentas y dolorosas como la feminización o la masculinización facial, más allá de la ablación de los genitales.
Aparece un real irreductible a lo simbólico y a lo imaginario que se apoya en la diferencia sexual anatómica.
En los transexuales se presenta una exigencia de encontrar una identidad verdadera, creyendo que librándose del órgano se libran del significante que los divide, y por más que se quite el órgano, el transexual no logrará liberarse del significante, igualmente se verá con el goce.
Pasión por resolver un imposible. Olvidando que el parlêtre presenta un desarreglo de entrada en la medida en que el organismo es capturado por el lenguaje y ya el ser hombre o ser mujer es una cuestión del lenguaje, no habiendo una conclusión inequívoca respecto de lo que es uno o lo otro. La pertenencia a un sexo o al otro se deduce de la pertenencia de todo ser hablante al orden simbólico introducido por el lenguaje, lo que implica una relación con la castración.
El sujeto ocupará un lugar en el orden sexual por el lazo que establezca con el significante privilegiado que es el significante fálico. Los sujetos se posicionan entre la impostura masculina: pretensión de tener el falo y la mascarada femenina: disfraz que juega con la idea de serlo.
Esa sujeción al lenguaje permite el acceso a la identidad sexual por un lado (experimentarse como hombre o como mujer) y a la sexuación por el otro (modalidad de goce). Cuando estos dos procesos no se producen o se complican en su adquisición observamos las dificultades en relación al cuerpo, lo que retorna, en los transexuales, bajo la forma de convicción de ser de otro sexo.
La elección del sexo es una elección inconsciente que atañe a la identificación, a la pulsión y la sexuación, se articularán entre sí, lo que no implica una adecuación necesaria entre ellas ni concordancia ni continuidad.
La dimensión identificatoria implica el pasaje por el Complejo de Edipo.
El sujeto se identifica y el deseo se regula según el ideal de su sexo, es una salida del Edipo. La fase edípica permite organizar la dispersión polimorfa de las pulsiones por medio de identificaciones, función normativa del Edipo, no sólo en la estructura moral de un sujeto sino en la asunción de su sexo. Articulando el deseo de la madre con la ley del padre.
La dimensión pulsional pone en juego el objeto preferencial que se recorta de todos los objetos pulsionales en relación al fantasma.
El fantasma le permite al sujeto salir de su goce autoerótico y buscar el objeto en el campo del Otro posibilitando el lazo. En algunos transexuales observamos que no importa tanto el lazo con el otro, ni las relaciones sexuales sino más bien la identidad sexual.
La sexuación implica el modo en el que un sujeto se inscribe en las fórmulas de la sexuación, modos de goce que pasan por el modo fálico o por el no todo, goce suplementario.
Siempre es una elección conflictiva, con dificultades, aún en los casos hetero normativos.
La elección autopercibida es un producto de estas tres dimensiones (dimensión pulsional, identificatoria, sexuación).
Son momentos lógicos. Las teorías de género parecen plantear una elección consciente, desde el yo del sujeto.
Autopercepción: percepción que tenés de vos mismo y ese "vos mismo" ¿Cómo constituirlo más allá de un Otro?
La identidad en psicoanálisis es un concepto controvertido, ya que nadie es idéntico a sí mismo, la represión primaria divide al sujeto.
Las corrientes de género, al no considerar ninguna diferencia entre la dimensión del yo y el estatuto del sujeto, plantean un “Soy lo que soy”, lo que me autoperciba, identidad coagulada que da sentido a todo, que funciona a modo de sintagma, sin interrogación, sin aparición de un sujeto.
Para el psicoanálisis la representación unitaria del sujeto es un artificio, una ilusión yoica. La identificación, proceso primario y fundante del psiquismo humano, cristaliza en una identidad que tiene una estructura de ficción, o sea que más que de identidad pensamos en términos de identificaciones y más que de género hablamos de sexuación o posición sexual inconsciente.
Algunos autores plantean que, en esta época, asistimos a una desconfianza en el padre, que distribuye el goce, lo que produce en su lugar una multiplicidad de nominaciones que provienen del sujeto mismo.
Identificación y sexuación son dos procesos que atañen al sujeto y al Otro.
El malentendido del transexual es que al creer que el equívoco es del orden del cuerpo y no del lenguaje, del significante, buscará resolver su malestar a través de operaciones en las cuales, con el cambio de sexo encontraría un cuerpo sin hiancia con su sentimiento de ser.
El tratamiento hormono-quirúrgico no resuelve esta problemática, sino que coagula una identidad.
Nada en la sexualidad humana es natural, no hay complementariedad, no sólo con el otro sino con uno mismo. Las identificaciones van sedimentando, formando un yo que permite que el sujeto se identifique a sí mismo y se reconozca como tal en una línea de tiempo, pero no alcanza una consistencia verdaderamente unitaria, sino variable, sin fijeza. Un lapsus, un fallido, una vacilación fantasmática implica el encuentro con esa hiancia entre lo que soy y lo que digo; o soy donde no pienso y pienso donde no soy. Cuando Freud no recuerda el nombre de Signorelli y se le presentan otros nombres, Lacan se pregunta: ¿Qué surge en su lugar como respuesta? Surge el otro que está del lado del olvido, el otro del que el yo de Freud se retiró y que responde en su lugar. Allí donde está esa hiancia en algunos sujetos se produce un cierre y aparece coagulado el soy lo que soy.
La identidad sexual se posiciona, como todo lo relacionado a lo identitario, del lado del yo. Los enunciados que articulan la identidad yoica se caracterizan por la exclusión, operan al modo de un centramiento que deja afuera los elementos que excluye. El soy mujer o soy hombre, núcleo de la identidad sexual no sólo recoge los atributos del sexo con el que el sujeto se identifica, sino que excluye los del otro.
La afirmación del género como construcción puede llevar ciertos determinismos inscriptos en cuerpos receptores pasivos siendo el género tan preciso y fijo como lo era aquello contra lo que luchan: “la anatomía es el destino”. Cultura o biología como destino.
Para el psicoanálisis el ser hombre o ser mujer no se reduce a lo biológico, pero tampoco a un puro constructo social.
El psicoanálisis, entonces, aparece entre la biología y el género pudiendo dar un lugar distinto a esta problemática, que permitiría un tratamiento de lo real a partir de lo simbólico.
La ley de identidad de género, por el contrario, ofrece tratar a lo simbólico por medio de lo real resolviendo la problemática a través de una respuesta estandarizada.
El transexualismo, en tanto síntoma social de la época nos enfrenta a la omnipotencia de la tecno-ciencia que ofrece que todo es posible.
Semblantes de una época, que al responder a la demanda, sin cuestionamientos, sin preguntas, sin tiempo de espera, atenta contra los cuerpos de manera irreversible.
Frente al padecimiento que se expresa en un sentimiento de inadecuación, de tener un cuerpo ajeno, se propone escuchar la singularidad, alojando ese sufrimiento. La dirección de una cura podría plantearse, en estos casos, como el pasaje del “soy lo que soy” a “soy el/la que soy”
En el estadio del espejo el infans descubre que esa imagen exterior a él es él, su reconocimiento es entonces en forma alienada. Transformación que se produce al asumir una imagen y se reconoce en ella, apropiándose de la misma. ¿Pero qué ocurre cuando se produce una falla en el enlace entre el cuerpo real y la imagen? Hay una inadaptación entre el orden imaginario, real, simbólico que se manifiesta en el rechazo del cuerpo biológico y se produce una inestabilidad en lo imaginario.
Podemos pensar el “soy lo que soy” como modo de cierre, como un punto no simbolizado que retorna fuera de la simbolización, o quizás como una operatoria fallida en las operaciones constituyentes, que al fallar en su adquisición no permiten la expulsión del goce del Otro, tomando el goce materno ese cuerpo del infans.
Es el Otro quien toma a cargo al niño y le dice qué y quién es, rigiéndose, en general, por una concordancia establecida entre el sexo biológico y la identidad propuesta culturalmente para ese sexo, con sus roles. Atribuciones del orden social y político, producciones de subjetividades. Algo del orden de lo real y de lo simbólico se establece para los padres. La inscripción en una filiación con un nombre, si es niña o niño, no se debe a un deseo caprichoso de sus progenitores sino a una repartición de cultura sostenida en su relación con lo anatómico. Por lo tanto, los enunciados que remiten a lo masculino o lo femenino están instituidos en la inscripción misma del sujeto, se enraíza en la estructura del yo y son anteriores al reconocimiento de la diferencia sexual anatómica. Más allá de cómo se retomarán en las fórmulas de la sexuación y de la elección del partenaire sexual, que no tiene relación directa con la identidad sexual.
La sexualidad de los sujetos se constituye en un entramado complicado del que surge una invención singular, aun cuando se responda a los ideales de la época.
Los goces sexuales serán singulares, así como la elección de objeto, ya en 1935 en “Carta a una madre americana” plantea Freud que la elección de objeto homosexual está en el mismo plano que la heterosexual. La elección de objeto se refiere al acto de elegir un otro como objeto de amor o como partenaire sexual, como un movimiento determinante de un sujeto en relación a su goce en un momento decisivo de su devenir particular. Es importante aclarar que la declaración de un sujeto como homo o heterosexual atañe a su elección de objeto, no a su identidad sexual. El sexo del objeto no determina de ninguna manera el sexo del sujeto, la identidad sexual masculina o femenina no resulta definible por la elección de objeto.
El transexualismo es ante todo una problemática que atañe a la identidad, a la pregunta de qué y quién soy, el sujeto no se reconoce como tal. Esta falta de reconocimiento se sitúa en lo sexual específicamente.
Marzo 2021









