Logros y felicidad extrema.
Quiero y necesito celebrar mis logros hablando sobre como empezó mi vida en el flamenco. Verán, yo estuve en negación absoluta al baile, me negaba a bailar flamenco porque yo lo veía con los ojos que mucha gente lo ve; que solo era matar cucarachas como dicen por ahí. Mi papá me llevó a rastras a la academia porque yo necesitaba alguna actividad ya que me estaba volviendo una ociosa como muchas de mis primas -no lo negaré, lo eran-, yo realmente no quería ir pero ¿ya qué? Ya estaba ahí y no había marcha atrás. La directora de la academia me recibió con una sonrisa aunque yo estuviera con una terrible cara de perro porque en serio no quería estár ahí, me dijo que subiera al salón donde se escuchaba mucho ruido y yo lo hice. Entré, no tenía zapatos y mucho menos ganas de estar ahí, pero la profesora -que era la otra directora- rápidamente me puso al tanto de lo que habían estado practicando y le pidió que me ayudara. En ningún momento hablé, pero eso que hicimos me pareció tan nuevo, tan complicado y a su vez divertido que decidí retarme a mí misma a lograr sacar el paso. Cuando salí, mi papá me preguntó que qué habíamos hecho y yo, sin saber exactamente el nombre de eso se lo mostré. Realmente me enredaba el paso, sabía que lo estaba haciendo mal y mis pies no estaban acostumbrados a esos movimientos. Duré aproximadamente cuatro días intentando sacar el paso y esperando ansiosamente a mi segunda clase para así mostrarle a mi profesora lo que había logrado. Pasaba todas mis tardes pensando tan solo en que llegaran los lunes o miércoles solo para poder ir a mis clases, veía a las adultas practicar e intentaba con muchas ganas lograr todos los pasos que ellas hacían. ¡Estaba maravillada! El flamenco se había metido en mi piel y llegado hasta lo más profundo de mi ser, ya no bastaba con jugar, no, comenzó a ser más importante el baile que cualquier otra cosa. Y la entrega de mi primer certificado solo sirvió para confirmarme lo que yo creía, el flamenco era lo que quería hacer toda mi vida. Mi siguiente mayor logro fue cuando comencé a ser profesora asistente. Había fantaseado por meses con comenzar a dar clases y enseñar a niñas lo que yo había aprendido. Y lo logré, comencé a serlo y cada día me esforzaba por ser el mejor apoyo de la profesora. Aprendía de cada cosa, desde como explicar hasta a marcar compases mientras hacía los pies. Y así estuve durante tres años, haciendo lo posible por ser la mejor, a veces sintiendo que mi esfuerzos no daban frutos pero resulta que sí los notaban y lo supe cuando me dieron el certificado de mejor profesora asistente. Y pues yendo ya al grano, al logro del que quiero enorgullecerme. Este veintisiete de agosto me han informado que después de cuatro años de aprendizaje de la enseñanza, de esfuerzo, de armarme de paciencia con las niñas y de ayudar a la academia de corazón han valido la pena porque seré oficialmente profesora titular. Algo que si se lo dijeran a la yo de ocho años que se negaba a bailar probablemente se reiría en sus caras. Les deja ya, luego de esta larga historia... Giz.














