Paisajes familiares
La piecita de atrás de la casa de mi abuela era hermosa y terrorífica. Mantuvo su edificación original por mucho tiempo. Cuerpo de barro. Techo de paja. Piso de tierra.
Mis hermanos y primos más grandes una vez practicaron el juego de la copa ahí. A pesar de las risas y los chistes ninguno quería mirar hacia el fuego. Las manos fueron impulsadas por el tablero y llegaron a deletrear una sentencia de muerte que no recuerdo bien quién tiró la mesa y salió corriendo.
A la casilla, que estaba al lado del baño, solamente entraba una maraña de luces. Y de noche el vacío con sus vivos nos expulsaba. Tenía colgados cacharros y amuletos vestigios del asentamiento entre el carbón de mi bisabuelo que siempre ponía la pava en el fogón junto a mi bisabuela con su caldero para las hierbas que oía bullir al trenzar su pelo largo al tiempo contrastando con los colores de su pollera larga traidicioneras del cañaveral.
Éramos muchas familias conviviendo en un mismo terreno cada fin de semana nos dábamos un beso pero no decíamos nada más. Tomábamos mates reposando horas en un rincón del patio de cemento bajo el tejido de las hojas de parra.
Los gorros campesinos se extendían como gatos sobre la mesa para que les diera algo el sol mientras un espectro de silencio nos acompañaba.
Escribiendo entre el polvo de estos recuerdos las moscas zumban las uvas pasadas caen sobre mi cabeza y el recinto mágico desaparece.













