Me he fugado de una fiesta para escribir poesía y sin saber cómo he acabado bebiendo el agua de unos labios borrachos. He sentido dentro una escala de indescifrables grises, como cuando un libro te gusta tanto que quieres leerlo todo de golpe pero a la vez no quieres que se acabe nunca. Y entre el libro y el beso he descubierto la metáfora de mi paso por lo que llamamos vida. Un ir y venir de dudas generadas por verdades difusas. Un darse cuenta de que cada mañana es un regalo, un regalo que no elegí pero que no por ello deja de serlo. Y un llegar a la conclusión de que tal vez no haga falta descifrar nada, que quizás el gris sea siempre la respuesta, mi poesía sean simples palabras, los labios sean mis carnosas musas, el libro sean las historias vividas y estas últimas se conviertan en la única verdad que nos queda.











