Dos días de confinamiento. Dos días perdidos para muchos, aunque no para ella. En lo que unos podrían haber gastado el tiempo durmiendo sobre la piedra fría, ella lo aprovechaba fomentando su musculatura.
Pero el agotamiento es mayor ante la ausencia de comida y la escasez de agua. Por ello mismo, cuando acudieron a su celda para sacarla de allí, la encontraron tumbada en el suelo con la respiración agitada y los ojos entornados por el cansancio. Los dos soldados la dirigieron por los pasillos de las celdas de castigo hasta que dieron con la salida al patio, donde le indicaron que debía ir hacia la zona de los principiantes.
Aún con los ojos achinados a causa del exceso de luz en comparación con las celdas que acababa de abandonar, Pandora obedeció sin mutar palabra y se presentó allí, pidiendo en silencio que no fueran demasiado duros con ella, aunque del Comandante Tarment no se podía esperar ningún tipo de compasión, sobre todo ante los actos cometidos por la indisciplina.
- Ellgarden - Resonó una voz a su espalda.
La chica se dio la vuelta, confundida, para ver de quien se trataba y, para su sorpresa, el hijo del Comandante, Erland Tarment, le arrojó una espada que atrapó al vuelo de milagro pues aún tenía los sentidos un poco apagados.
- Aprende a defenderte con una espada solamente, parando los golpes. A medida que vayas progresando con una, añadiremos otra y cambiaremos de armas para ver cuál es la que mejor manejas.
Pandora frunció el ceño pero no le dio tiempo a replicar cuando Erland le lanzó una estocada que le resultó difícil esquivar.
- A que me he ofrecido como tu entrenador personal.
- ¡Yo no necesito ningún entrenador personal ni ningún trato especial!
- Entraste al ejército hace dos semanas y ya has sido confinada dos veces por falta de disciplina, ¿estás segura?
Pandora descendió la espada y dilató las aletillas de la nariz, acercándose a él para encararle.
- ¿A cuántos hombres por falta de disciplina le habéis impuesto un entrenador personal? Me entrenaré como el resto y si tengo que aprender a base de castigos lo haré, pero no necesito tus clases - Arrojó al espada al suelo, mientras le miraba fulminantemente.
Erland arqueó ambas cejas, sorprendido por su actitud y al ver que se alejaba del patio, se volvió a tiempo para gritarle.
- Te confinarán otra vez, Ellgarden. Son órdenes del Comandante y suerte tienes de que haya algún voluntario para enseñarte, a ningún soldado le gusta que destrocen sus partes bajas con golpes de espada.
- ¿Suerte? - Bufó. - No necesito nada de e... - Se detuvo, al toparse de frente con el Comandante y algunos soldados que le acompañaban en su rutina supervisora. - Comandante - Se irguió, con un saludo militar, a pesar del enfado.
- ¿Quieres volver a las celdas, Ellgarden? Tres días, si no acatas las órdenes que aquí se dictan. Recibirás el entrenamiento que te exijo si no quieres estar fuera de estas filas.
Pandora apretó los labios con fuerza, renegando la idea de ese trato especial. Le iban a enseñar a manejar las armas, para eso no necesitaba ningún complemento de formación, para la disciplina... tal vez. Aunque la falta de comida y el cansancio estaban haciendo mella en ella, el orgullo le brotaba del pecho con fuerza y no pudo fingir esa actitud sumisa que le pedían.
- Entonces volveré a las celdas otros tres días, me sé defender y luchar como cualquier otro. No es un entrenador lo que necesito.
Cedric Tarment intercambió una mirada con su hijo y después volvió la atención hasta ella.
- Bien. Acompañadla a las celdas.