Era una suerte que por fin hubiera encontrado un trabajo en la Comarca, lejos de las regañinas de su madre en el obrador o las amenazas del herrero después del incidente con su hija. Pensaba que la oportunidad no le llegaría nunca debido a la fama que se había ganado, pero la fortuna le sonrió cuando el pescador le mandó a llamar para que le echara una mano en el muelle.
Era extraño, porque la mayoría de los hombres con grandes negocios le habían vetado de alguna forma la entrada, regalándole vagas excusas por miedo a que se entrometiera con algunas de sus hijas pero al Señor Winler no parecía preocuparle eso y en esos instantes le estaba dirigiendo hacia la parte más baja del muelle, donde se acumulaban redes, barriles, cajas, cañas de pescar y varias barcas amarradas con cuerdas a los pilares del muelle.
- ¿Sabes coser, muchacho?
- ¿Coser? - Se rió-. Eso es cosa de mujeres, señor Winler.
El aludido frunció el ceño y se acercó a él, haciendo temblar la estructura del muelle con cada paso que daba debido al gran tamaño que manejaba. Ezra retrocedió un paso por puro instinto, borrando la sonrisa burlona que tenía en los labios.
- Si quieres saber algo de todo esto tendrás que saber que se usan redes para pescar.
- P-pues claro - Se extrañó él, arqueando una ceja con cara de circunstancias.
- Pues algunas redes se rompen y hay que coserlas. - Sin darle opción a replicar, le puso en cuestión de segundos un pequeño costurero en las manos ante la atónita mirada de Ezra. - Así que empieza.
Boquiabierto, abrió el costurero para ver un manojo de hilos, agujas y otros tejidos más gruesos que desconocía.
- Pero yo no sé cómo funciona esto.
- Ah, no te preocupes. Ahora le digo a mi hija que te ayude. Las redes son esas dos - Le señaló una esquina del muelle, donde se acumulaban dos piezas diferentes de redes.
- Joder... - Masculló el afligido, acercándose a donde le había indicado.
Cuando consiguió separar las dos redes, comprobó que eran diferentes, tanto en la textura como la forma y estaba seguro de que lo más vital no era coser sino saber en qué se distinguían una y otra y por qué. A regañadientes, se sentó sobre la tarima y empezó a revisar cada una de ellas para buscar la rotura, pero no la encontraba por ninguna parte. Comenzó a dudar de si se había confundido de red y examinó el dique para localizar otras que pudieran estar al alcance aunque las que había estaban bien expuestas en los ganchos del muelle.
- Maldita sea - Se dijo entre dientes.
¿En qué momento pensó que irse a trabajar al muelle sería divertido? En su insano juicio creyó que el trabajar cerca del agua le serviría para su futuro, para cuando quisiera escaparse de La Comarca e iniciar su vida como comerciante marítimo. Coger experiencia con las barcas y con el manejo de las redes pero... ¿coser? ¿En qué cabeza cabía eso? Ya había sufrido las collejas de su madre y las burlas de sus amigos al trabajar de panadero como para que ahora le vieran con una aguja de coser.
Se estaba comenzando a desesperar cuando una figura femenina se sentó a su lado, hundiendo parcialmente la tarima del muelle.
- ¿Te ayudo? Soy Betsy - Le sonrió, con voz melosa.
Ezra giró la cabeza al escuchar la voz, dispuesto a mostrar una de sus mejores sonrisas hasta que vio de quien se trataba. No juró en nombre de los dioses por respeto pero su gesto de horror fue claramente visible. Nunca se hubiera imaginado que los peces dieran tanto para comer a la familia Winler y que la hija fuera un claro reflejo de su padre.
- Betsy... Eh... - Rió de forma nerviosa, mirando las redes y cediéndoselas, sin querer mirarla.
- Oh esto es más fácil de lo que parece. Mira.
- S-sí, miro... Claro ¿A dónde voy a mirar sino?
Hasta ahora no había conocido a Betsy y no sabía la razón porque desapercibida precisamente no era... Aunque ahora entendía por qué el pescador no la había sacado antes a pasear y la mantenía escondida en un sitio, si es que cabía en alguno.
Ezra la miró de reojo, arrugando la nariz. No solo era su volumen el que le producía tal rechazo, sino el olor a pescado y los distintos granos que presentaba su cara. Se acordó de su madre y de la advertencia que le dio esta, leyendo de lejos las verdaderas intenciones del pescador.
Si Ezra sucumbía a los encantos de la jovenzuela, el señor Winler podría forzarle a un matrimonio con su hija por desprestigiar su doncellez. Pues después de verla el pescador tenía bien complicado cumplir su propósito. Como no encontrara una forma de engañar a los Serra, no habría manera de cazar al segundo de estos.
Él no dormiría tranquilo esa noche sabiendo que la tendría que volver a ver día sí y día también pero su madre seguro que sí. Había convencido a sus padres para que pudiera trabajar con el Señor Winler, pidiéndoles un voto de confianza... y tanto si lo iba a conseguir. La honradez de su hijo no se rompería más después del rumor de la hija del herrero que le llevó a su actual situación. No era tan tonto. Pero no porque la amenaza de su madre con mantener las manos quietas tuviera algún efecto sobre él, en esos casos se dejaba llevar más por las hormonas revoltosas; sino porque Betsy le recordaba a uno de los cerdos que criaban en La comarca. Y no es que fuera un superficial... ¡qué va! Lo que le ocurría es que estaba en plena adolescencia y en esos momentos, uno es lo suficientemente idiota como para herir a alguien sin darse cuenta de lo que verdaderamente importa.