"La ciencia ha sido el opio del pueblo moderno. Bastaba con creer en sus promesas para que produjera un mundo mejor. Pero aquí estamos, en plena postmodernidad [...]
En verdad, nada hubo más crédulo que nuestra relación con la ciencia. [A] través de la palabra “ciencia”, es generalmente la tecnociencia lo que se designa. La prueba de que la ciencia es verdadera, en este caso, es que funciona. Nada de demostraciones especulativas, basta con ver un smartphone, una sonda espacial o el método CRISP-Cas9. Se abandona uno entonces a dos presupuestos: que la ciencia no es en primer lugar contemplativa; que la verdad se reduce a la eficiencia o al buen funcionamiento. Se vuelca uno inconscientemente en el pragmatismo o el utilitarismo. La relación con la ciencia se convierte en interesada: todo depende de los beneficios que se le puedan sacar. Lo especulativo, en el sentido de la inteligencia, cede su sitio a lo especulativo, en el sentido de las finanzas. Es suficiente ver los fantasmas y las sobrevaloraciones bursátiles alrededor de la “inteligencia artificial” para comprender hasta qué punto la credulidad sigue siendo el motor de una tecnociencia que multiplica los medios sin plantearse nunca la pregunta sobre su finalidad última."
— Fabrice Hadjadj: "Acerca de la ciencia, la fe y la caballería andante"













