Como ya revisamos anteriormente, la ilusión de la democracia mexicana se ha puesto en serias dudas a lo largo de la historia de nuestro país, y ha tomado mayor fuerza en los últimos veinte años, logrando su punto de ebullición en las pasadas elecciones presidenciales, a razón de la inconformidad en un porcentaje amplio de la población sobre la legitimidad del proceso en especial al considerar la conducción indebida dela información hacia el pueblo por medio de encuestas, entrevistas con líderes de opinión y campañas mediáticas maquilladas.
Pero el poder fáctico que ha logrado establecer el partido con mayor tiempo de gobierno en México y la televisora que impulsó a su candidato presidencial no termina con la designación del ejecutivo; sino que trasciende de manera fehaciente a las cámaras parlamentarias que representan presuntamente al y a sus intereses.
Tanto la Cámara de Diputados, tanto como la de Senadores quedaron constituidas en apabullante mayoría por el PRI, quien controla 219 curules de la cámara baja y 52 en la cámara alta. Esto no sería un grave problema si las demás fuerzas políticas tuvieran un contrapeso significativo, pero aún si en el improbable caso de que PRD y PAN lograron un acuerdo total con sus legisladores no alcanzaría para oponerse a la mayoría relativa y a las reformas impuestas por el Revolucionario Institucional.
Pero el dilema no termina ahí, aunada a esta disparidad, se encuentra el hecho de que 23 de los 500 diputados electos en los comicios de julio de 2012 mantienen relaciones con los empresarios de las dos mayores cadenas televisivas de México, Televisa y TV Azteca. Este grupo se conoce como “La Telebancada”.














