(...) Y, como el despertar repentino de una vieja pasión, que volviesen de nuevo aquellas noches para herirnos de envidia de todo cuanto fuimos y vivimos y aún a veces nos tienta con su procacidad. Porque debieron ser la vida.
Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo las salva y les concede el privilegio de fundirse en una sola noche triunfal, inolvidable, en la que el mundo pareciera haber puesto sus llamativas galas tentadoras a los pies de nuestra altiva adolescencia.
Larga noche gentil, noche de nieve, que la memoria te conserve como una gema cálida, con brillo de bengalas de verbena, en el cielo apagado en el que flotan los ángeles muertos, los deseos adolescentes.
Felipe Benítez Reyes















