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(...) Y, como el despertar repentino de una vieja pasión, que volviesen de nuevo aquellas noches para herirnos de envidia de todo cuanto fuimos y vivimos y aún a veces nos tienta con su procacidad. Porque debieron ser la vida.
Y lo fueron tal vez, ya que el recuerdo las salva y les concede el privilegio de fundirse en una sola noche triunfal, inolvidable, en la que el mundo pareciera haber puesto sus llamativas galas tentadoras a los pies de nuestra altiva adolescencia.
Larga noche gentil, noche de nieve, que la memoria te conserve como una gema cálida, con brillo de bengalas de verbena, en el cielo apagado en el que flotan los ángeles muertos, los deseos adolescentes.
Felipe Benítez Reyes
En las noches de verano los niños jugaban con fuegos artificiales y bengalas en el jardín de atrás. Salían fuera a la oscuridad con su madre, llevando los fuegos, cerillas y un cubo de agua. Podía ser que vislumbraran una forma pálida en la sombra y de repente oyeran la voz de la abuela Hotta diciendo bajo:
—Estoy aquí fuera tomando el fresco. Espero que no les importe.
—Claro que no —respondía la madre de la niña, desapareciendo rápidamente en la cabaña. Entonces se encendía dentro una luz que filtraba un débil resplandor por la ventanita redonda. La niña podía ver a O-ie-san sentada en la sillita infantil de mimbre que siempre llevaba con ella, abanicándose con un paipay redondo de papel.
—Qué fresco más bueno —comentaba su madre, saliendo y sentándose en el borde del porche.
Los niños se ponían a encender sus bengalas. Cada vez que acercaba la llama a la punta de una, los dedos de la niña temblaban un poco. Tenía que tener cuidado: nunca podía saber cuándo iban a saltar las primeras chispas. Luego la oscuridad se encendía de pronto y ella se trasladaba a otro mundo, embelesada. La bengala emitía febriles chisporroteos, consumiéndose ante sus ojos. Pero la niña sabía que en aquellos últimos segundos la bengala estaba dándolo todo, rabiosa, intensamente, en un mundo bellísimo de luz y color. Incluso después que todo estaba de nuevo oscuro y en silencio, la niña estaba segura de ver todavía algo allí, resplandeciendo y siseando hasta extinguirse del todo.
—Ahora ésta —decía su hermanito.
A veces la niña captaba a su madre y a la anciana señora contemplando las bengalas, con la luz reflejada en sus rostros, pero la mayor parte del tiempo estaban charlando. Los niños encendían petardos que estallaban en direcciones inesperadas con un gran estampido. «¡Oh! —exclamaban las mujeres—, ¡Vaya susto!».
Pero algunas noches que salían al jardín a jugar con las bengalas, O-ie-san no estaba allí disfrutando del fresco. Entonces su madre los animaba a ir e invitarla a que se uniera a ellos. Pero ninguno quería ir solo a llamarla: atravesar todo el oscuro almacén los asustaba. Incluso a la niña, que era la mayor, le daba miedo.
Kōno Taeko
Roberto Basile, hincha de Racing de 26 años, murió el 3 de agosto de 1983 por un disparo de bengala que impactó en su cuello durante el partido disputado en la Bombonera aquel miércoles. Los únicos imputados —tres integrantes de la barra de Boca— fueron sobreseídos un año después.
Luis Alberto Spinetta compuso La bengala perdida inspirado por la muerte de este joven.
Cuándo acabará la tontería de las bengalas y cosas inflamables.
¿Es el de Rammstein, no? Casi se carga su carrera.
Seguro que los pibes nos están engañando con otras.
Los pibes:
Le depiló el bigotillo.