TEMPLARIOS, TEUTONES Y HOSPITALARIOS
El Origen del Temple, los inicios de la Orden de San Juan Limosnero, luego San Juan Evangelista (actual Orden de Malta o Hospitalarios) y los Teutonicos.
Una de las realidades destacadas que nacieron de la acción de las cruzadas fue la fundación de las órdenes religiosomilitares. Las más importantes fueron los Hospitalarios, los Templarios y los Caballeros Teutónicos. Fueron una consecuencia de ellas, pero también una necesidad: sus funciones originarias de mantener expeditos los caminos y de ayudar a los peregrinos se vieron claras después de la toma de Jerusalén por los cristianos. Sin embargo, debe decirse que los predecesores de la orden del Hospital ya estaban instalados en Tierra Santa mucho antes de que las fuerzas cristianas conquistaran buena parte de Palestina y de que el Reino de Jerusalén fuera una realidad política. Estos antecesores de los Hospitalarios, como vulgarmente sería conocida la orden, se habían establecido modestamente en Jerusalén, probablemente antes de 1055: sabemos que en 1070 había un hospital, un lugar de acogida para los peregrinos pobres que se desplazaban a Tierra Santa. Fueron los mercaderes amalfitanos quienes promovieron este albergue y, con el permiso del gobernador egipcio, unos monjes adscritos a la regla benedictina levantaron el establecimiento dedicado a san Juan Limosnero, en memoria del patriarca de Alejandría del siglo VII. Debemos notar el buen sentido que presidía las relaciones entre cristianos y musulmanes fatimitas: delante de la concesión del gobernador, los amalfitanos pusieron el hospital bajo la protección de un cristiano, pero de tierra egipcia.
En un primer momento, pues, se trató de una orden benedictina que dependía de las autoridades benedictinas de Palestina y era sufragada por los mercaderes amalfitanos. A partir de la toma de Jerusalén, en la que colaboraron informando en todo momento sobre las características locales, recibieron ayuda de parte de los nuevos gobernantes francos, al mismo tiempo que muchos peregrinos y cruzados entraron a formar parte de la orden primitiva, hasta llegar a desprenderse de la regla benedictina y crear la orden del Hospital (probablemente en una fecha cercana a 1113). Y se cambió de patrón: de san Juan Limosnero se pasó a san Juan Evangelista. Finalmente se pensó que además de ocuparse de la acogida se debía ayudar a mantener los caminos hacia Jerusalén abiertos a la peregrinación; entonces los caballeros se incorporaron a esta labor. Los Hospitalarios llevaban una cruz blanca sobre el vestido oscuro y ya desde un principio se aplicaron a su tarea con esmero: cuando Juan de Wirzburg visita Tierra Santa en el año 1 135 reseña que «el hospital anexo a la iglesia de San Juan tenía capacidad para acoger a 2.000 personas, en un edificio de 64 pilares y 124 columnas de már- mol». Iremos encontrando a los Hospitalarios a lo largo de nuestra historia; no en vano fue la orden rival de los Templarios y muchas veces esta rivalidad no fue positiva.
Cuatro líneas sobre la orden de los Caballeros Teutónicos. A mitad del siglo XII había un hospital en Jerusalén para acoger a los peregrinos alemanes. Se supone que en 1187, con la conquista de Saladino, desapareció. Tres años más tarde mercaderes de Brema y Lübeck fundaron en Acre un nuevo hospital, y, más tarde, los príncipes alemanes decidieron transformar el establecimiento en una orden monástico-militar, la de Hermanos de la casa del Hospital de los Alemanes de la Virgen de Jerusalén. Para diferenciarlos de las otras órdenes existentes, y especialmente de la del Hospital, la gente los llamó Teutonici (Teutónicos). La orden fue confirmada en 1199 por Inocencio III y construyó castillos y establecimientos, los más importantes los de Montfort y Torun. A partir de los años 1210-1230 su acción se desarrolló principalmente en la Europa oriental, dedicándose a la conquista y la cristianización de las tribus establecidas más allá del Vístula.
A pesar de la existencia anterior de los Hospitalarios, la persona que tuvo la idea de que los caballeros fueran al mismo tiempo religiosos y militares fue Hugo de Payns. El fundador de los Templarios vio clara desde un principio esta doble función, la más práctica para mantener el paso franco a Tierra Santa. Por lo tanto, el cambio de orientación de los Hospitalarios se produjo después de la fundación de los Pobres Caballeros de Cristo, el nombre ya indicado de los primitivos Templarios.
Templarios y Hospitalarios son fruto, en expresión de Sans i Travé referida a los primeros, «de todo aquel conjunto de circunstancias que determinaron las primeras Cruzadas a Tierra Santa, y que motivaron la creación del Reino de Jerusalén... Sin el movimiento de peregrinos que propició la nueva situación, sin la precariedad política y la impotencia militar del nuevo reino, difícilmente se habría dado allí el nacimiento de la orden del Temple». Todo nos lleva hacia una dirección: era preciso asegurar la posibilidad del peregrinaje y colaborar con los nuevos gobernantes para mantener seguros los caminos. Hay una paradoja aparente: si durante el dominio fatimita, según muchos incluso bajo el gobierno turco, había habido una peregrinación más o menos fluida, ahora que los cristianos son los dueños de buena parte de Tierra Santa, ¿por qué surgen más dificultades que antes? Hay que matizar. En primer lugar, una cosa era que los peregrinos pudieran viajar a Jerusalén pagando el tributo al musulmán de turno por la visita, y otra es que el viaje fuera como una especie de forfait de nuestros días. Emboscadas, pillajes e incluso asesinatos estaban a la orden del día en el largo viaje por tierras dominadas por los seguidores del islam: peregrinar a Tierra Santa siempre fue una aventura. Otra cosa era la situación presente: quizá se había eliminado la acometida musulmana, pero la tranquilidad estaba lejos de dominar Tierra Santa; las luchas, suficientemente tratadas en el capítulo anterior, de todos contra todos, no presentaban como un viaje fácil el tránsito por Palestina. Jerusalén era una ciudad dominada por los cristianos, pero era una meta difícil de conseguir. Y un hecho determinante: ahora, con la conquista del territorio, podía existir esta especie de policía, imposible de imaginar bajo el dominio sarraceno.
Todo esto lo tenían muy presente Hugo de Payns y Godofredo de Saint Homer cuando, probablemente en el año 1120, decidieron fundar los Pobres Caballeros de Cristo, con el deseo de asegurar sus servicios a todos los que visitaban Tierra Santa. Hicieron los votos tradicionales: de castidad, pobreza y obediencia, pero añadie ron un cuarto voto, el de defender los Santos Lugares y ayudar a los peregrinos con las armas. Por primera vez aparecía el ideal global del caballero que defendía Ramon Llull: el monje militar. No hace falta decir que la iniciativa recibió el apoyo de los estamentos implicados: el patriarca de Jerusalén, en nombre de la Iglesia, aprobó canónicamente la nueva orden, y Balduino II, rey de Jerusalén, acogió la propuesta con alegría: veía la posibilidad de tener una fuerza militar al servicio de la seguridad, no solamente de los peregrinos, sino de su propio reino. Balduino II concedió derechos y privilegios a los «pobres caballeros», les dio alojamiento en su propio palacio, de hecho la mezquita Al Aksa, pero que estaba incluida en el perímetro en que, muchos siglos atrás, se había asentado el templo de Salomón. De ahí que se los llamara los caballeros del Temple, y vulgarmente, los Templarios. Cuando Balduino abandonó la mezquita para ir a instalarse en la torre de David, todo el espacio fue ocupado por la nueva cofradía, por la nueva orden. Desde entonces la orden del Temple considerará como su casa fundacional este Templum Salomonis que figurará en su sello.
Hugo era originario de Payns, en la Champaña francesa, igual que su compañero Godofredo de Saint Homer. Con ellos estaba Andrés de Montbard, tío del abad de Claravall, Bernardo, y otros seis fundadores cuyo nombre ignoramos. Sí que conocemos a los dos otros nobles que muy pronto se unieron a la aventura de los Templarios: Foulques de Angers y Hugo, conde de la Champaña. Como ya habíamos indicado antes, ésta es una iniciativa francesa, más bien franca, y debemos anotar desde este momento los vínculos personales que existían con quien sería su mayor valedor dentro de la esfera de la Iglesia: san Bernardo.
Los primeros compañeros recibieron toda la ayuda de Balduino, pero comprendieron que era más simbólica que otra cosa y de ahí que creyeran que les hacía falta un apoyo más importante: el del Occidente cristiano. Por lo tanto era importante dar a conocer su orden a las dos partes que podían hacer mucho para que la aventura de los Templarios tuviera éxito: la de Roma y la de los reinos cristianos. Es con esta esperanza con la que en el año 1127, aunque parece más probable el 1128, Hugo de Payns y cinco caballeros más se embarcan y ya en Roma visitan al papa Honorio II para solicitarle su reconocimiento oficial; por otra parte
recurren a Bernardo de Claravall, que no les fallará. Entre uno y otro consiguen convocar un concilio en Troyes no nos movemos de la Champaña, la región de Payns y de san Bernardo para establecer, para regular, los detalles de la organización de los Templarios: nunca ningún tipo de orden tuvo un apoyo tan solemne.
El concilio, presidido por el legado papal, Mateo de Albano, inició sus sesiones el 13 de enero de 1129. Pero antes, Hugo de Payns y sus compañeros habían trabajado con ahínco para que los asis tentes conocieran a fondo la tarea desarrollada en pocos años por los Templarios y, sobre todo, el trabajo que aún podían hacer. La sesión inaugural contaba con la presencia de las dignidades regionales afines, los arzobispos de Sens y Reims, los obispos de Troyes y Auxerre y muchos abades, entre los que no podía faltar Esteban Harding, abad de Citeaux, pero con la inexplicable ausencia del otro abad cisterciense, Bernardo. Ya había llevado a cabo el trabajo importante, hacer posible el concilio, y, listo como el hambre, prefería mantenerse un poco al margen: por si acaso...
Hugo de Payns expuso al concilio los orígenes de la orden y la tarea que estaban desarrollando los Templarios en Tierra Santa. También les presentó la regla que san Bernardo les había escrito y pidió al concilio el apoyo general de la Iglesia y la aprobación particular de la regla. Después de ligeras modificaciones ¿quién ha bría osado enmendar la plana a Bernardo de Claravall en aquellos momentos? la regla fue adoptada por el concilio. Esta regla original no nos ha llegado; conocemos, sin embargo, la regla que más tarde hizo Esteban de Chartres, que fue patriarca de Jerusalén (11281130), que se denomina Regla Latina, cuya versión francesa apareció en 1140, hecho que aseguró su difusión. Esteban, desde Jerusalén, mucho más lejos de Claravall que Troyes, se atrevió a corregir a Bernardo de Claravall. Analizaremos la regla en el capítulo siguiente, ya que a través de su redacción hallaremos todo el espíritu que movía a estos caballeros, e intentaremos descubrir la difícil conjunción de los anhelos militares con los religiosos.
Ya hemos visto que Bernardo de Claravall fue un elemento decisivo para que la orden tuviera un recibimiento universal, es decir, en todo el Occidente cristiano. Pero el abad de Claravall hizo algo más. Poco tiempo después de finalizar el concilio envía una carta fórmula literaria muy utilizada por san Bernardo a Hugo de Payns, «caballero de Cristo y Maestre de su milicia, Bernardo de Claraval, abad sólo de nombre: lucha en noble combate». La carta es conocida como el «Elogio de la nueva milicia» y fue también fundamental para la expansión que la orden del Temple tendría en todos los reinos cristianos. Según dice san Bernardo en las frases introductorias, «Una y dos veces, hasta tres, me has pedido, amadísimo Hugo, que escriba para ti y tus compañeros un sermón exhortatorio». Fue pues a petición del fundador del Temple que se escribió el sermón en forma de carta. El contenido de este escrito nos ayudará también a penetrar en el pensamiento de la Iglesia sobre la tarea de la «nueva milicia», al mismo tiempo que nos descubrirá, no sin sorpresa, algunos aspectos que se refieren a «muchos», en palabras del autor, de los caballeros.
Empieza indicando que nos hallamos ante un hecho insólito: «Nunca se ha conocido nada igual: el combate contra los hombres de carne y hueso, y contra las fuerzas del mal... Que una misma persona se ciña la espada, con valentía, y destaque por la nobleza de su lucha espiritual, debemos admirarlo como algo totalmente inusitado». Tiene interés en valorar su entrega hasta la muerte: «Si son felices los que mueren en el Señor, ¿no lo serán mucho más los que mueren por el Señor?», y se extiende ampliamente en todos los razonamientos sobre el morir y el matar por Cristo; este último aspecto «no implica sentido criminal alguno y en cambio reporta una gran gloria. Además consiguen dos fines: muriendo, sirven a Cristo, y matando, el propio Cristo se les entrega como premio». Reincide de manera abusiva en estos criterios, de tal manera que llega un momento en que debe reflexionar sobre «la licitud del cristiano de herir con la espada». Pero lo resuelve rápidamente: Jesús «nunca condenó el servicio militar», y por lo tanto, si no hay condena, hay permisión. Que el santo no acaba de verlo claro se nota en la
cantidad de citas sacadas del Nuevo y Antiguo Testamento que avalan su pensamiento en el capítulo III de la carta, versículos 5 y 6, y también en la especie de advertencia final de este capítulo: el miedo hacia «una interpretación literal que vaya contra su sentido espiritual».
A continuación presenta el ideal de la vida de los caballeros Templarios. No se trata de explicarles cómo debe ser su vida religioso-militar, sino de darla a conocer a todo el mundo; se ve claro, pues, que si bien la carta va dirigida a Hugo de Payns, su verdadero destinatario es el mundo. Los Templarios observan una rígida disciplina «tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra», se «visten con lo que les dan y no buscan comida ni vestidos por otros me- dios». «Viven en comunidad, sobrios y alegres, sin mujeres ni hijos.» «No juegan al ajedrez ni a los dados; aborrecen la caza tanto como a los bufones, los magos y los juglares.» «Se tonsuran el cabello, se bañan raramente, descuidan su peinado, van cubiertos de polvo, negros por el sol que los abrasa.» Cuando llega el momento del combate «anhelan la victoria, no la gloria; quieren ser más temidos que admirados; perfectamente organizados para la batalla, esperan la victoria del poder del Dios de los Ejércitos». «Son más mansos que los corderos y más feroces que los leones porque saben compaginar la mansedumbre del monje con el carácter intrépido del soldado.»
Viven en otro Templo, muy diferente del templo lujoso de Salo món. Por las paredes sólo hay escudos y por todas partes «bridas, monturas y lanzas». De la misma manera que los mercaderes fueron expulsados del Templo, «han echado violentamente fuera de los Santos Lugares toda la inmundicia de la infidelidad satánica y ahora se entregan noche y día a ocupaciones provechosas». Sobre el origen de los caballeros que se han convertido en Templarios, he aquí la sorpresa de que hablábamos antes: «Son muy pocos los que antes no habían sido unos malvados e impíos: ladrones y sacrílegos, homicidas, perjuros y adúlteros». Por esto mismo su conversión da paso a «la doble satisfacción que se produce: para los de su entorno, porque parten hacia Tierra Santa, y para los Templarios porque los necesitan; para los unos, porque los defenderán, para los otros, porque se los quitan de encima. En su patria pierden con satisfacción a los más crueles devastadores; en Jerusalén acogen con gozo a unos fieles defensores».
Los últimos capítulos están destinados a glosar los Santos Lugares, las ciudades reverenciales. No interesan desde el punto de vista del conocimiento que nos pueden aportar sobre los Templarios, aunque son unas bellas páginas que nos documentan sobre la idea que se tenía de Tierra Santa; esto no significa, sin embargo, que nos den a conocer la «realidad» de unos itinerarios y de un país.