¿La sinagoga de Set? «El creador maligno» de M. David Litwa
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Si hay algo que el público culto sabe sobre los antiguos «gnósticos», es que creían que el mundo no fue creado por un dios bueno, sino por un «demiurgo», un «creador maligno». El verdadero Dios está por encima del Demiurgo y la tarea del gnóstico consiste en darse cuenta de que ha sido hechizado por la creación del Demiurgo y elevar su alma al reino de la verdadera divinidad.
El término «demiurgo» (δημιουργός, demiourgos) significa simplemente «artesano» y fue tomado del Timeo de Platón, en el que un artesano crea el universo. Sin embargo, Platón no lo caracteriza como malvado, ni coloca a otro dios por encima de él. Entonces, ¿cómo surgió este concepto gnóstico del Demiurgo? Responder a esta pregunta es el objetivo del fascinante libro de M. David Litwa The Evil Creator. En el proceso, abre algunos temas espinosos, particularmente en lo que respecta al dios adorado por los judíos.
Para empezar, Litwa reconoce la naturaleza problemática del término «gnosticismo». En términos generales, abarca un ámbito demasiado amplio, uniendo figuras dispares y restando importancia a sus diferencias significativas. Y la idea del creador maligno no era exclusiva de los llamados gnósticos. Otros también creían en ella, incluido Marción, un importante teólogo cristiano del siglo II del que se habla en The Evil Creator y al que Litwa también le dedica un libro aparte.
Lo que sorprenderá a muchos es que algunos grupos cristianos primitivos (gnósticos y no gnósticos) creían que Yahvé, el Dios de los hebreos, era este creador maligno y que el verdadero Dios era algo muy distinto del Dios del Antiguo Testamento. Los laicos suelen dar por sentado que los cristianos siempre han reconocido al Dios de los hebreos como el verdadero Dios y como el padre de Jesucristo. Pero, como nos muestra Litwa, este no es el caso [1].
Algunos de los primeros cristianos no sentían ninguna reverencia por el judaísmo y lo veían como algo totalmente separado de su propia religión. Aunque Jesús hubiera sido judío, lo consideraban como alguien que ofrecía algo radicalmente nuevo; una ruptura con todas las demás religiones, incluido el judaísmo. Litwa escribe, además, «yo propondría que al menos algunos cristianos, incluidos intelectuales como Basílides (de Alejandría) y Marción (de Ponto), no tenían ningún compromiso significativo con la teología judía antes de su fe en Cristo. Es decir, estos cristianos nunca adoptaron al creador judío como su deidad y no sintieron ninguna necesidad de hacerlo» [2].
Sin embargo, una cosa es que los primeros cristianos no aceptaran a Yahvé como Dios y otra muy distinta es declararlo malvado. Esta fue verdaderamente una innovación audaz. ¿Cómo ocurrió? Por un lado, argumentaban que la Biblia hebrea proporcionaba amplia evidencia de que Yahvé era malo. Discutiremos este tema en detalle más adelante, pero por ahora consideremos solo algunas preguntas básicas que plantearon los primeros cristianos —preguntas que inquietan a los cristianos hasta el día de hoy—. Si Dios es bueno, ¿por qué les prohibió a Adán y Eva comer del árbol del conocimiento? ¿Por qué los expulsó del paraíso y los condenó a una vida de sufrimiento? De nuevo, si es un Dios bueno, ¿por qué más tarde aniquiló a la mayor parte de la humanidad con un diluvio? ¿Y por qué siempre estaba insistiendo en que era «celoso»?
Los primeros cristianos también creían estar en posesión de pruebas contundentes de que los judíos adoraban en secreto a una deidad con cabeza de burro idéntica al malvado dios egipcio Set (o Seth).
Tanto el Evangelio de Mateo como el de Lucas se refieren de manera críptica a un personaje llamado Zacarías, quien fue asesinado «entre el altar y el santuario» del templo de Jerusalén por los mismos judíos. Para el siglo II los cristianos habían llegado a identificarlo con el padre de Juan el Bautista, quien, según Lucas, se desempeñó durante un tiempo como sumo sacerdote judío [3]. Pero no hay ningún relato en ninguno de los dos evangelios sobre el asesinato de Zacarías.
El texto apócrifo del Nuevo Testamento del siglo II titulado El nacimiento (o la descendencia) de María ofrece lo que pretende ser la historia completa de Zacarías. Mientras esparcía incienso por el templo, contempló una extraña figura dentro del Lugar Santísimo. Era un ser con forma de burro. Como lo resume Litwa: «Esta era la criatura que, en silencio —y en secreto—, recibía la devota adoración del pueblo judío»; al menos, según este texto del siglo II [4].
Zacarías salió corriendo del templo, con la intención de contarles a los transeúntes lo que había presenciado. A pesar de los intentos de la deidad en forma de burro por dejarlo mudo, logró contar su historia a los judíos que se habían reunido a su alrededor. Conmocionados por su blasfemia (o enojados porque había revelado su secreto), los judíos lo mataron al pie del altar del templo. Este texto fue adoptado por una secta cristiana egipcia llamada los fibionitas [5].
De hecho, la historia del asesinato de Zacarías se basa en una tradición egipcia mucho más antigua que equiparaba a Yahvé con el dios Set, de cabeza de burro. Por lo tanto, era perfectamente natural que los primeros cristianos gentiles de Egipto creyeran que en el templo judío pudiera estar oculta una representación de un dios con cabeza de burro.
Set era un dios de las tormentas, el desierto y la violencia. Principalmente, se le asociaba con el caos y, por lo tanto, con el mal —con una fuerza que se opone al orden—. Los egipcios lo identificaban con Baal, el dios fenicio de las tormentas, y con el dios hitita Teshub, también asociado con las tormentas. Yahvé, también, era originalmente un dios de las tormentas.
Los griegos identificaban a Set con Tifón, un monstruo aterrador derrotado por Zeus en una gran batalla que casi le costó la vida al dios. La mitología comparada también ha argumentado que Set es equivalente al Loki nórdico, un paralelismo al que volveremos mucho más adelante. Es significativo que a Set también se lo considerara el protector de los nómadas, los países extranjeros y los extranjeros que vivían en Egipto.
Las imágenes de Set con orejas largas y hocico curvo aparecen ya en el período de Naqada III, alrededor del 3200–3000 a. C. Pero no está claro qué animal se representa. Hoy en día, los egiptólogos se refieren a él como el «animal de Set». En la antigüedad, sin embargo, el «animal de Set» se describía comúnmente como un burro. Plutarco, por ejemplo, lo describe así en Sobre Isis y Osiris (aprox. 90–120 d. C.). Y durante el Período Tardío de Egipto (664–332 a. C.) se volvió común representar a Set más claramente como un burro o como un hombre con cabeza de burro.
Litwa y otros estudiosos creen que la equiparación de Yahvé con Set formaba parte de un contraataque literario de los egipcios contra los judíos, en represalia por la representación altamente negativa de Egipto en el Libro del Éxodo. Litwa escribe: «A partir del siglo I a. C., los literatos egipcios helenizados contraatacaron para refutar y revertir elementos de la historia del Éxodo utilizando los recursos de su propia memoria cultural milenaria. En sus versiones, los egipcios no sufrieron plagas; fueron los hebreos quienes padecieron lepra y úlceras. En lugar de que los egipcios se ahogaran en el Mar Rojo, fueron los hebreos quienes se ahogaron en lagos a bordo de balsas de plomo. En lugar de que los hebreos salieran de Egipto cargados de oro, fueron expulsados al desierto —el reino de Set— y abandonados allí para vagar sin nada. La huida de un pueblo liberado fue reconvertida en la expulsión de una tribu enferma y condenada» [6].
Los egipcios notaron ciertas correspondencias bíblicas llamativas entre Yahvé y Set. Por ejemplo, las plagas enviadas por Yahvé —especialmente la pestilencia, las tormentas de granizo y la oscuridad— parecían obra de Set. El color de Set era el rojo y Yahvé convirtió el Nilo en sangre y les dijo a los judíos que untaran sangre en los marcos y dinteles de sus puertas.
Luego está Éxodo 19:16-18, donde el Señor desciende sobre el monte Sinaí, acompañado de truenos, relámpagos, humo, fuego y un temblor de tierra. Pero todos estos fenómenos se asociaban con Set. Por último, los egipcios incluso notaron una asociación lingüística entre Yahvé y Set. La palabra griega para Yahvé, Iaō, sonaba muy parecida a eiō o iō, la palabra egipcia (posiblemente onomatopéyica) para burro.
Litwa afirma que las variaciones de la historia del burro en el templo, todas las cuales fusionan a Set y a Yahvé, se extendieron «como un cáncer» (una elección de palabras interesante, debemos decir). Alrededor del año 200 a. C., un alejandrino llamado Mnaseas contó una historia sobre un hombre palestino que entró al templo de Judea y encontró una cabeza de burro de oro en el santuario interior.
Un siglo más tarde, dos destacados maestros de la isla de Rodas declararon que la deidad judía era adorada como una cabeza de burro de oro. Según ellos, el rey macedonio Antíoco IV Epífanes descubrió esto cuando saqueó el templo en el año 167 a. C. La historia de la cabeza de burro también aparece en la obra de Démocrito Sobre los judíos (siglo I a. C. o d. C.). Incluso Tácito lo menciona —y volveremos a él mucho más adelante—.
En libros de papiro egipcios que datan del siglo IV d. C., varios hechizos invocan tanto a Set como a Yahvé de una manera que podría implicar su equivalencia. Por ejemplo, uno invoca a «IŌ SETH», donde IŌ podría ser una variante de IAŌ, la versión griega de Yahvé. Otro se refiere al «poderoso Tifón» y luego enumera otros nombres del dios. Entre ellos se encuentra IAŌ, que aparece tres veces. Litwa también analiza varios artefactos que muestran figuras con cabeza de burro junto con el nombre «IAŌ».
La acusación de adorar a un burro fue atribuida a los primeros cristianos por sus oponentes. Litwa señala que los primeros lectores de Tácito creían que los cristianos también adoraban al dios con cabeza de burro. El famoso «grafiti de Alexamenos» da testimonio de ello. Fechado a principios del siglo III d. C. y tallado por un desconocido en la pared de yeso de una sala romana, este dibujo sumamente tosco muestra a una deidad crucificada con cabeza de burro. Debajo de él hay un hombre que parece estar sobrecogido ante la figura crucificada. La leyenda en griego dice: «Alexamenos adora a Dios». No sabemos quién era Alexamenos, pero evidentemente era cristiano y el autor del grafiti se burlaba de él.
3. El padre del diablo y Marción
Dado todo lo anterior, queda claro que cuando algunos de los primeros cristianos adoptaron la idea de que Yahvé era un creador maligno, no estaban introduciendo nada nuevo. Litwa escribe: «Egipto fue la tierra donde —siglos antes de Basílides y Marción— intelectuales hostiles habían propagado la visión de Yahvé como una forma de Set-Tifón. Esta interpretación de Yahvé se generalizó culturalmente a finales del siglo I. En este entorno, parece que muchos gentiles que se convirtieron al cristianismo en el contexto de las revueltas judías y comenzaron por considerar al dios local de Judea como “otro”, peligroso y belicoso —especialmente cuando se comparaba con el dios revelado en Jesucristo» [7].
Al estar ya familiarizados con la identificación de Set con Yahvé, muchos cristianos gentiles no estaban dispuestos a aceptar a Yahvé como «el dios bondadoso y padre de Jesucristo» [8]. Por el contrario, se inclinaban a verlo como una figura maligna, como un dios asociado con el caos. Y si este era el creador, concluían que el creador era malo. Además, como veremos, la Biblia contenía abundantes razones para considerar a Yahvé como una figura negativa. Por otra parte, esta evidencia no se limitaba a la Biblia hebrea. Los evangelios incluso sugerían que el dios de los judíos estaba bastante íntimamente relacionado con el diablo.
Específicamente, nos referimos a Juan 8:44, en el que Jesús se enfrenta a los judíos diciendo lo siguiente: «Ustedes pertenecen a su padre, el diablo, y quieren cumplir los deseos de su padre. Él fue un asesino desde el principio y no se apegó a la verdad, pues en él no hay verdad. Cuando miente, habla su lengua materna, pues es mentiroso y el padre de la mentira» (NVI).
Por supuesto, existen múltiples traducciones de este pasaje, pero en la mayoría Jesús dice que el padre de los judíos es el diablo. Sin embargo, Litwa sostiene que el griego también podría interpretarse en el sentido de que el padre de los judíos es el padre del diablo [9]. Presumiblemente, el padre del diablo no podría ser otro que el creador del universo.
En otra parte del Evangelio de Juan, Jesús invoca a su «padre», diciendo que los judíos no lo conocen (Juan 8:19). Es difícil no deducir de esto que el padre de Jesús debe ser un ser muy diferente del padre de los judíos. Como afirma Litwa: «Solo de esta manera “los judíos” pueden conocer a su propio dios y, sin embargo, no conocer al padre de Jesús» [10]. Juan parece estar diciendo que el padre de Jesús no solo es distinto del padre de los judíos, sino también superior a este último, ya que el padre de los judíos es el padre del diablo. Así, el Evangelio de Juan parece contener las semillas de la clásica división gnóstica entre el verdadero dios y el Demiurgo.
Y hay razones para creer que la noción de un «padre del diablo» no era ajena a los primeros lectores de Juan. Los Peratai («los que atraviesan»), una secta cristiana de mediados a finales del siglo II d. C., creían que el padre de Jesús era un dios superior distinto del creador del mundo y que ese creador era el padre del diablo.
En Contra las herejías, el autor cristiano Ireneo de Lyon (aprox. 130–140 a aprox. 200 d. C.) se refirió a otra secta cristiana, los «ofitas», quienes llamaban al dios judío «Yaldabaoth» y enseñaban que este engendró a un hijo llamado Mente, quien tomó la forma de la serpiente que tentó a Eva en el jardín. En resumen, Yaldabaoth es el padre del diablo [11]. Esta misma idea del padre del diablo como creador del mal fue enseñada por Mani, el fundador persa del maniqueísmo (aprox. 216-277 d. C.) [12].
Entra en escena Marción de Sinope (aprox. 85—aprox. 160 d. C.), un teólogo cristiano primitivo y fundador del marcionismo, una de las herejías más significativas de la historia del cristianismo. Marción enseñaba la misma distinción entre el creador y el dios verdadero o superior. Se refería al dios falso de las escrituras hebreas como el «creador» o «cosmocrátor» («gobernador del mundo»). Marción defendía su postura recurriendo a argumentos plausibles basados en las escrituras.
Por ejemplo, en Isaías 45:7, Yahvé declara: «Yo soy quien crea los males». Litwa señala que el término hebreo traducido aquí como «males» se refiere a «desastres como la hambruna, la pestilencia y la guerra, pero también incluye acciones moralmente perversas» [13]. A partir de tales afirmaciones, Marción y sus seguidores dedujeron que el creador judío debía ser él mismo malo. A este respecto, citaron la afirmación de Jesús en el Evangelio 6:43 de que «ningún árbol bueno da fruto malo, ni tampoco un árbol malo da fruto bueno» [14].
Marción también consideraba al creador como ignorante. En Isaías 45:22, Yahvé declara: «¡Yo soy Dios y no hay otro!». En Deuteronomio 32:39, es aún más directo: «¡No hay otro dios sino yo!». El creador, por lo tanto, ignoraba claramente la existencia del dios superior. El error principal de Yahvé es una especie de autoabsolutización radical. ¡De hecho, cree que él es Dios!
He argumentado en otra ocasión, basándome en pensadores como F. W. J. Schelling y Jacob Böhme (quien, curiosamente, se inspiraba en parte en fuentes cabalísticas judías), que el mal es precisamente esa autoabsolutización. Entonces, ¿qué sucede cuando todo un pueblo se dedica a un «dios» así? ¿Llega a creer, en efecto, que «no hay otro pueblo sino nosotros»? Estas son preguntas a las que volveremos más adelante.
Como era de esperarse, este «Dios» falso y engreído también era extremadamente celoso. Al igual que un narcisista maligno, exigía devoción y obediencia totales. Litwa señala que los celos del creador son, de hecho, uno de sus atributos definitorios. En Éxodo 34:14 ordena: «No adores a otro dios, pues el Señor Dios, cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso» [15].
Este dios celoso también es bastante grosero. Los marcionistas se opusieron al hecho de que el creador ordenara a los judíos cargarse con el oro y la plata saqueados de Egipto antes de huir al desierto —para que pudieran decorar adecuadamente su tabernáculo, por supuesto—. (Hay algo «trumpiano» en este «Dios»). Por el contrario, Marción y sus seguidores señalaron que Jesús enseñaba la pobreza voluntaria.
Además, mientras que tanto a los judíos como a los cristianos les gusta hablar de su dios como «justo» (incluso como «absolutamente justo»), las Escrituras muestran que es todo lo contrario. En realidad, es salvaje y severo. Cuando unos niños pequeños se burlaron de la calvicie de Eliseo, el profeta los maldijo en nombre del creador. ¿Perdonó «Dios» a los niños? ¡No! Envió dos osos para que los devoraran (2 Reyes 2:23-24). En general, los hebreos consideraban que una maldición en nombre del Creador era efectiva y el mismo Creador no era ajeno a pronunciar maldiciones. No es precisamente lo que uno espera de un buen dios, ¿verdad?
Esto nos lleva a los amalecitas. Estos han vuelto a ser noticia recientemente, ya que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y otros israelíes, han declarado que los palestinos de Gaza son «amalecitas». Los amalecitas eran otra tribu de nómadas que atacó a los israelitas, lo que llevó a Yahvé a declararles la guerra perpetua. «Dios» ordenó a los israelitas no solo que exterminaran a los amalecitas, sino que borraran por completo todo rastro de ellos.
«¡No lo olvides!», ordenó (Deuteronomio 25:19). De hecho, cuatrocientos años después ordenó al rey Saúl que matara a lo que quedaba de los amalecitas: «Ahora, avanza y ataca a Amalec… No perdones nada; mata a hombres y mujeres, a niños y lactantes, a terneros y ovejas, a camellos y burros» (1 Reyes 15:2 LXX) [16]. Los marcionitas contrastaban esto con el pacifismo y la misericordia de Jesús. ¿Podría un dios capaz de tal odio desenfrenado y tal ferocidad ser el verdadero Dios?
Lo anterior son solo algunos ejemplos de la evidencia bíblica que Marción y sus seguidores presentaron para sustentar la afirmación de que el creador era malo. Como lo expresa Litwa, ellos no «inventaron» al creador malvado, sino que «lo desenmascararon a partir de sus propias escrituras». Si bien Litwa no respalda sus conclusiones, afirma que los marcionitas «realizaron un serio trabajo exegético y comparativo para poner de manifiesto el carácter perverso del creador» [17].
En resumen, Litwa presenta un argumento sumamente convincente sobre cómo surgió la idea «gnóstica» del creador malvado —aunque, reitero, se cuida de mostrar que es un error considerar que esto es exclusivo de los gnósticos—. Cerca del final del libro, escribe: “Propongo que llamemos «demiurgia negativa» a la idea (o ideología) de un creador malvado, presente en varios grupos cristianos primitivo... En el siglo II d. C., esto describiría las opiniones de los cristianos marcionitas y setianos, por ejemplo —a ninguno de los cuales debemos llamar «gnóstico» en un sentido global” [18].
En la segunda parte analizaremos El creador maligno junto con la teoría de la «inversión normativa» judía propuesta por el difunto egiptólogo alemán Jan Assmann en su libro Moisés el egipcio. Llegaremos a algunas conclusiones muy interesantes e inquietantes.
4. La contrarreligión y la inversión normativa
Moisés el egipcio, del difunto egiptólogo alemán Jan Assmann, es un libro fascinante por diversas razones y digno de un estudio minucioso. Uno de los temas principales del libro son las versiones egipcias de la historia del Éxodo que mencionamos en la Primera Parte —aquellas que afirmaban que los hebreos eran portadores de pestilencia y fueron expulsados de Egipto.
Una de las afirmaciones más interesantes de Assmann es que el judaísmo es una «contrarreligión». Según él, llegó a sus creencias y prácticas centrales a través de lo que él denomina «inversión normativa»: en otras palabras, los hebreos llegaron a su religión invirtiendo (y profanando) la religión de Egipto. Si leemos El creador maligno de Litwa junto con las ideas de Assmann, creo que llegaremos a algunas conclusiones interesantes.
Analicemos con más detenimiento el relato egipcio de la expulsión de los judíos de Egipto. Hubo muchas versiones de esta historia, pero nos centraremos en la de Manetón (aprox. 290–260 a. C.), un sacerdote e historiador egipcio. Manetón nos cuenta que el rey Amenhotep (el nombre original de Akenatón) deseaba percibir a los dioses «directamente», y un sabio le aconsejó que purgara la tierra de leprosos. Así lo hizo, pero el mismo sabio predijo que habría un castigo divino por este trato despiadado hacia los enfermos. Los leprosos regresarían a Egipto y, con ayuda externa, conquistarían la tierra y gobernarían durante trece años [19].
Los leprosos errantes terminaron por establecerse en Avaris, una ciudad abandonada en el noreste del delta del Nilo. Avaris había sido en otro tiempo la capital de los hicsos, una tribu de semitas que había gobernado partes de Egipto aproximadamente entre 1650 y 1550 a. C., antes de ser expulsados. En Avaris, los leprosos eligieron a Osarsiph (también conocido como Moisés) como su líder. Él estableció nuevas leyes para los leprosos, basadas en el principio de la inversión normativa, creando una nueva religión esencialmente a través de la inversión y negación sistemáticas de la religión egipcia. (En breve analizaremos este proceso con más detalle).
Osarsiph formó entonces una alianza con los hicsos y, juntos, invadieron y conquistaron Egipto. Recordando la profecía, el rey Amenofis se negó a luchar contra ellos y huyó a Etiopía, llevándose consigo los animales sagrados de los egipcios. Los leprosos y los hicsos procedieron a cometer todo tipo de atrocidades contra los egipcios, destruyendo sus templos, imágenes y animales sagrados. Luego, tras trece años (tal como se había predicho), el rey regresó y expulsó a los invasores.
Esta historia entrelaza diferentes aspectos de la historia egipcia: la ocupación de Egipto por los hicsos semitas, la herejía de Akenatón y la plaga que asoló el país durante su reinado o poco después. Aunque el relato de Manetón no menciona a los judíos, estos eran asociados en la mente de los egipcios con los hicsos, dado que ambos eran semitas. Entre otros dioses, los hicsos adoraban a Baal, a quien los egipcios identificaban con Set [20]. Uno de sus reyes adoptó explícitamente a Set como su propia deidad. El Papiro Sallier I (ca. 1204-1203 a. C.) afirma: «El rey Apofis eligió como su Señor al dios Set. No adoraba a ninguna otra deidad en toda la tierra, excepto a Set».
Así, como señala Greg Johnson en uno de sus artículos sobre Moisés el egipcio, los hicsos se asociaban en la mente de los egipcios «con invasores semitas, dioses de la tormenta y el monoteísmo (o al menos la monolatría: la adoración de un solo dios)». Escribe, además, “Incluso podría darse el caso de que los hicsos y los judíos fueran el mismo pueblo, pues el dominio hicsa bien podría ser la realidad histórica detrás de la historia bíblica de José, quien ascendió al poder en Egipto y convocó a su pueblo a despojar a los egipcios hasta el hueso, pero cuyo poder fue acabado por un faraón patriota «que no conocía a José» y liberó a su pueblo de sus parásitos extranjeros”.
Ahora debemos analizar la cuestión de la inversión normativa con mayor detalle. Una de nuestras principales fuentes para la idea de que los judíos practicaban esto es Tácito. Assmann escribe: «Entre todos los historiógrafos de la Antigüedad Clásica que escribieron sobre los judíos, Tácito es quien le dio al principio de la inversión normativa su expresión más concisa y polémica» [21]. En la versión de Tácito sobre la expulsión de los judíos de Egipto (en Historias, libro 5), la tierra se ve azotada por una plaga que causa desfiguración.
El rey consulta entonces a un oráculo, quien le aconseja expulsar a los judíos porque son «odiosos para los dioses». Así, los judíos son enviados al desierto, donde eligen a Moisés como su líder. Tácito escribe: «Para afianzar su influencia sobre este pueblo para siempre, Moisés introdujo nuevas prácticas religiosas, totalmente opuestas a las de todas las demás religiones. Los judíos consideran profano todo lo que nosotros consideramos sagrado; por otro lado, permiten todo lo que nosotros aborrecemos. Consagraron, en un santuario, una estatua de esa criatura cuya guía les permitió poner fin a su deambular y a su sed, sacrificando un carnero, aparentemente en burla a Amón. Asimismo ofrecen el buey, porque los egipcios adoran a Apis» [22].
La «criatura» cuya estatua se encuentra en un santuario es, de hecho, el burro. Los judíos se habían topado con una manada de burros durante su peregrinaje. «Moisés los siguió», relata Tácito, «y, deduciendo la verdad a partir del suelo cubierto de hierba, descubrió abundantes manantiales de agua». Assmann escribe: «En Tácito, la caracterización del monoteísmo judío como una contra-religión que es la inversión de la tradición egipcia y, por lo tanto, totalmente derivada de Egipto y dependiente de él, alcanza su punto álgido» [23]
Manetón ya nos había dicho, mucho antes que Tácito, que el primer y más importante mandamiento promulgado por Moisés era no adorar a ninguno de los dioses egipcios, matar a los animales que les eran sagrados y comer los alimentos que ellos consideraban prohibidos. «El principio de la inversión normativa», afirma Assmann, «consiste en convertir las abominaciones de la otra cultura en obligaciones y viceversa» [24]. El segundo mandamiento prohibía a los judíos relacionarse con los forasteros.
La idea de que los judíos practicaban la inversión normativa ha sido planteada por otros, pero se ha utilizado de maneras notablemente diferentes. Por ejemplo, Assmann analiza al hebraísta inglés del siglo XVII John Spencer, quien utilizó la teoría de la inversión normativa (avant l’lettre) para explicar las leyes de los hebreos en un voluminoso tratado de tres volúmenes. En este caso, sin embargo, el enfoque no era polémico. Según Spencer, la «inversión» a la que llegaron los judíos no estuvo motivada por un deseo odioso de profanar la religión egipcia, sino por el deseo de construir una identidad cultural distintiva. (Para decir lo obvio, podría haber sido ambas cosas).
Assmann cree que Spencer le debía su enfoque al filósofo judío medieval Moisés Maimónides (1135–1204). En la Guía de los perplejos Maimónides intentó dar una explicación racional de la ley judía contrastándola con los principios de una tribu politeísta ficticia a la que llamó los «sabianos» (una tribu con ese nombre sí existió, pero lo que Maimónides dice sobre ellos es en gran parte una invención). Esencialmente, Maimónides construyó la «religión sabiana» al inferir que la ley judía debía ser una inversión de alguna religión u otra. Pero para la época de Spencer ya habíamos aprendido mucho más sobre Egipto y su religión, por lo que era natural y, como resultó ser, bastante plausible que él sustituyera a los «sabianos» por los egipcios históricos.
Assmann analiza tres ejemplos de la interpretación que hace Spencer de la ley hebrea como inversiones normativas de la religión egipcia. En primer lugar, el sacrificio del cordero pascual es, según la teoría de Spencer, una profanación del carnero, el animal sagrado de Amón. Como hemos visto, Tácito menciona esto y fue el primero en sugerir la idea. En segundo lugar, la prohibición de «cocinar el cabrito en la leche de su madre» se basaba, conjetura Spencer, en la inversión normativa de un ritual de fertilidad. Spencer no puede atribuir esto a los egipcios, pero sí cita varias fuentes que atribuyen la práctica a «los gentiles». En tercer lugar, Spencer sostiene, de manera plausible, que la prohibición hebrea de hacer duelo al ofrecer los primeros frutos de la cosecha a Dios era una inversión del rito egipcio de la cosecha en el que se lloraba a Osiris, quien renace en los cultivos.
En otro de los artículos de Greg Johnson sobre Assmann, este señala que «aunque Assmann no llega a esta conclusión, su argumento respalda la idea de que la “revuelta de los esclavos en la moral” que Nietzsche veía como la raíz de la moral cristiana se remonta a la creación del judaísmo en el Monte Sinaí».
Sin duda, la «inversión normativa» de Assmann es, a todos los efectos, indistinguible de lo que Nietzsche denomina la «revaloración radical de los valores» de los judíos, nacida del resentimiento. Nietzsche escribe en Sobre la genealogía de la moral que «la rebelión de los esclavos en lo moral comienza con los judíos: una rebelión que cuenta con dos mil años de historia a sus espaldas y que solo se ha perdido de vista porque… salió victoriosa» [25]. Y añade: “Nada de lo que se ha hecho en la tierra contra «los nobles», «los poderosos», «los amos» y «los gobernantes» merece ser mencionado en comparación con lo que los judíos han hecho contra ellos: los judíos, ese pueblo sacerdotal, que en última instancia solo pudo obtener satisfacción de sus enemigos y conquistadores mediante una revaluación radical de sus valores, es decir, mediante un acto de venganza de lo más deliberado” [26].
En el mundo antiguo, a los judíos se les consideraba ampliamente como un pueblo motivado por el odio. Nietzsche afirma que los romanos veían al judío como «algo contrario a la naturaleza». Cita nada menos que a Tácito (Anales XV. 44), quien afirma que los judíos fueron «condenados por su odio contra toda la especie humana» [27]. Como señala Johnson, es útil saber que el Talmud babilónico afirma que el Sinaí recibió su nombre porque es el lugar desde donde el odio (sin’ah) descendió sobre el mundo. En sus Historias Tácito afirma, además, que los judíos «son obstinadamente leales entre sí y siempre están dispuestos a mostrar compasión, mientras que no sienten más que odio y enemistad por el resto del mundo».
Si bien el libro de Litwa se centra en el origen de la idea del creador malvado, lo que probablemente resulte más interesante para los lectores no especialistas serán las implicaciones que tiene la obra para nuestra comprensión del judaísmo y de los judíos. Exactamente lo mismo podría decirse de Moisés el egipcio de Assmann. Litwa parece darse cuenta de esto y teme que su libro, sin quererlo, proporcione argumentos a los antisemitas. Por ello, escribe lo siguiente en su Introducción: «No debería hacer falta decir… que yo mismo no apoyo ni apruebo ninguna interpretación que pueda conducir al antijudaísmo en ninguna forma, en ningún momento ni por ninguna razón. Este punto debería ser obvio; sin embargo, las terribles fuerzas del racismo que aún acechan en nuestro mundo exigen que nos expresemos con la mayor claridad posible. Al investigar la naturaleza y las fuentes del mal, nunca debemos sucumbir a él» [28].
Pero aquí debemos ser muy honestos. El trabajo de Litwa y Assmann inevitablemente llevará a los lectores a plantearse dos preguntas: ¿Llegaron realmente los judíos a su religión a través de una inversión normativa (mediante una transvaloración de los valores egipcios)? Y: ¿Podrían los judíos, de hecho, haber adorado a Set (también conocido como el Diablo)?
En respuesta a la primera pregunta, debemos señalar que, si bien la teoría de la inversión normativa judía es muy controvertida, los académicos más importantes no la consideran una excentricidad. Cuenta, como hemos visto, con un linaje impresionante de autores que se remonta a Maimónides y Spencer. Se han presentado argumentos convincentes a su favor. Por esa razón, no debatiré los pros y los contras de la teoría en esta conclusión. Pero, ¿se puede decir lo mismo respecto a la cuestión de si los judíos adoraban a Set? Este es el tema en el que me centraré aquí. Mis conclusiones serán exclusivamente mías y no representan las opiniones de Litwa ni de ningún otro académico.
Tanto Assmann como Litwa formulan dos supuestos enormes sobre las afirmaciones egipcias relativas a los judíos. En primer lugar, asumen que las historias egipcias sobre la expulsión de los judíos están motivadas exclusivamente por el antisemitismo y tienen poco o ningún fundamento en la verdad (excepto en la medida en que entrelazan fragmentos y retazos de la «memoria histórica» egipcia). ¡Qué diferente es, en contraste, el tratamiento que se le da al Libro hebreo del Éxodo!
Los relatos egipcios sobre los judíos se consideran meramente como represalias y «polémicos», a pesar de que el Éxodo está plagado de «antiegipcianismo». Incluso los académicos laicos parecen considerar al Éxodo como algo más auténtico o digno de respeto, a pesar de que no existe ni una pizca de evidencia histórica independiente que respalde sus afirmaciones (no hay evidencia egipcia de que alguna vez hayan tenido a los judíos como esclavos, ni informes de ejércitos ahogados en el Mar Rojo, etc.).
En segundo lugar, ambos estudiosos asumen que no existe base factual para las historias sobre los judíos adorando a una deidad con cabeza de burro y adoptando a Set como su dios. Una vez más, se supone que se trata de una ficción motivada por el antisemitismo (un término que conlleva una gran carga, ya que se utiliza para justificar muchísimas cosas) [29]. Al referirse a los escritos de egipcios helenizados que equiparan a Yahvé con Set, Litwa afirma que «la malicia parece haber sido el motivo principal» [30].
No tengo motivos para dudar de la sinceridad ni de Assmann ni de Litwa, pero, no obstante, hay que señalar que estas son las posturas que se verían obligados a adoptar, incluso si en realidad no las creyeran.
No estoy en absoluto convencido de que tengan razón al descartar estas historias por carecer de fundamento en los hechos. Si los judíos realmente practicaban el principio de la inversión normativa, adoptar a Set como su dios habría sido totalmente coherente con su forma de actuar. Y Set debió de haber sido muy atractivo para los judíos. Después de todo, era el protector de los nómadas, de los países extranjeros y de los extranjeros que vivían en Egipto.
No se trata simplemente de afirmar que, aunque los judíos dijeran que adoraban a Yahvé, en realidad adoraban a Set. El judaísmo primitivo no era monoteísta y Yahvé era simplemente una deidad prominente adorada junto con otras —como El (con quien Yahvé se fusionó más tarde) y Baal—. Como hemos visto, los egipcios identificaban a este último dios con Set y los hicsos semitas, que adoraban a Baal, también hicieron explícitamente esta identificación.
Parece muy posible que Yahvé, Baal y Set (todos dioses de la tormenta) se fusionaran en la conciencia semítica y que un factor que impulsara esto fuera la inversión normativa. Si los judíos querían vilipendiar e invertir todo lo egipcio, la venganza definitiva no sería solo rechazar el politeísmo, sino señalar a Set como su único dios verdadero.
Después de todo, los egipcios consideraban a Set un personaje sumamente negativo y, con el tiempo, llegaron a equipararlo cada vez más con el mal puro. A esto se suma el hecho de que, como ya hemos visto, existe amplia evidencia bíblica de que Yahvé era una figura del mal. «Yo soy quien crea los males», dice Yahvé, y tal vez deberíamos tomarle la palabra.
En este punto, me gustaría pasar a algunas consideraciones filosóficas. ¿De qué tipo de mal estamos hablando aquí? A Set se le identifica sistemáticamente como un dios del «caos»; de hecho, esta parece ser su característica principal. Pero, ¿qué significa esto? Los egipcios describían a Set como la encarnación de isfet, que significa «caos», «injusticia», «violencia» o «desorden». Como verbo, significa «hacer el mal» o «cometer una injusticia».
Isfet es lo opuesto a ma’at, «orden», «verdad», «armonía», «equilibrio» y «justicia». Sin embargo, es importante señalar que los egipcios veían a isfet como un elemento necesario en el cosmos. Creían que el orden requería una batalla constante contra el caos. Los dioses y el faraón trabajaban para mantener el ma’at y combatir el isfet. Por lo tanto, a Set no se le consideraba un mal absoluto, sino una fuerza necesaria, aunque negativa. E incluso Set hizo su parte para combatir el mal: mató al terrible monstruo Apofis, quien parece haber representado un tipo de caos aún peor.
La fuerza eterna del caos está representada en la mitología griega principalmente por los titanes y en el sistema nórdico por los gigantes (los etins y los thurses). Ambos representan la posibilidad permanente de que el caos —en el sentido de resistencia u obstrucción— «se imponga» en cualquier momento, incluso después de que los dioses hayan establecido el orden.
Si este conflicto no existiera, cada primavera y cada verano serían perfectos, cada rostro tendría proporciones impecables, todos alcanzarían sin esfuerzo la ecuanimidad perfecta y un temperamento equilibrado, no habría enfermedades y probablemente tampoco la muerte. En resumen, la vida sería indescriptiblemente aburrida. Peor aún, no habría oportunidad para que los individuos desarrollaran virtudes como el valor, la nobleza y la lealtad, pues solo cultivamos estas virtudes cuando nos enfrentamos a las adversidades. Isfet y Set son, sin duda, «negativos», pero esa negatividad desempeña un papel crucial en el esquema cosmológico.
Ya señalé mucho antes que algunos han comparado a Set con Loki [31]. Al igual que Set, Loki, hijo del gigante Farbauti, vive entre los dioses y es un compañero frecuente en sus aventuras. De alguna manera, a Loki se le considera parte integral del orden divino. Es, sin duda, una figura negativa —aunque, de nuevo, esta negatividad es de alguna forma necesaria para el todo—. Sin embargo, si Loki se desligara de su lugar en el orden divino, se convertiría en una fuerza totalmente negativa y destructiva.
Y no hay razón para creer que nuestros antepasados lo hayan separado alguna vez. No hay evidencia de que haya existido un culto a Loki entre los pueblos germánicos. En otras palabras, no parece que se le haya destacado ni adorado de manera especial. Y mientras que dioses como Odín, Thor, Tyr y Freya tenían lugares que llevaban su nombre, hasta donde sabemos, ni un solo lugar recibió el nombre de Loki. Nuestros antepasados eran demasiado inteligentes para eso.
De manera similar, podemos especular que si Set fuera separado del orden divino y actuara como un principio totalmente independiente, se volvería puramente destructivo y maligno. Pero en este caso hay razones para creer que un pueblo —los israelitas— sí separó a Set, el Loki egipcio, del orden divino, y lo declaró su único y verdadero dios, rechazando a todos los demás. ¿Cuáles podríamos esperar que fueran las consecuencias de esto?
Esperaríamos un Set incondicionalmente negativo: una negatividad separada de su lugar en el todo mayor. Esperaríamos un Set que se viera a sí mismo como supremo; que creyera genuinamente que era el único dios. Esperaríamos un dios que declarara con orgullo: «Yo soy quien crea los males». Esperaríamos un dios «celoso».
Esperaríamos un dios que ordenara a su pueblo crearse, en efecto, a su imagen: elevarse por encima de todos los demás (tal como él se eleva por encima de todos los demás dioses); diferenciarse. Los Textos de los Ataúdes egipcios (hechizos funerarios del Imperio Medio) se refieren a Set como «un dios aparte», separado, marginado. Un pueblo dedicado a este dios es, en consecuencia, «un pueblo que habitará solo y no será contado entre las naciones» (Números 23:9).
Un pueblo dedicado a un Set desatado sería aquel cuya actitud hacia todos los demás es de odio (que con frecuencia oculta la envidia). El dios que se autoabsolutiza no puede afirmar que existe como parte de un todo mayor que él mismo. En cambio, se considera a sí mismo como el todo y ve a todo lo que es diferente como algo que debe ser negado. Sin duda, los devotos de Set lo seguirían también en esto. Verían a todos los demás, incluso al mundo natural mismo, como objetos para manipular o transformar con fines egoístas —como si todo existiera únicamente para su propio beneficio—.
[1] M. David Litwa, The Evil Creator (Oxford: Oxford University Press, 2021),159.
[5] La obra original se ha perdido, y solo se conserva un breve resumen escrito por el padre de la Iglesia Epifanio de Salamina en su obra Panarion (h. 374–377 d. C.). Es Epifanio quien se refiere a la secta como «fibionita».
[15] Litwa, 75. Cursivas añadidas, por supuesto.
[19] Véase Jan Assmann, Moses the Egyptian (Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1997), 31-33 para leer el relato completo de Manetón.
[22] https://penelope.uchicago.edu/Thayer/E/Roman/Texts/Tacitus/Histories/5A*.html#ref9
[25] Friedrich Nietzsche, On the Genealogy of Morality, ed. Keith Ansell-Pearson, trad. Carol Diethe (Cambridge: Cambridge University Press, 2017), 18. Todas las cursivas en esta y otras citas son del propio Nietzsche.
[27] Nietzsche, 33. Aunque Tácito se refiere aquí a «aquellos a quienes popularmente se llama “cristianos”», al parecer Nietzsche interpreta que se refiere a los judíos.
[28] M. David Litwa, The Evil Creator (Oxford: Oxford University Press, 2021), 14.
[29] No sirve de respuesta a esto señalar que los judíos prohibían la creación de imágenes talladas. Quizás no eran sinceros. Quizás se trataba simplemente de una doctrina «exotérica».
[31] Véase, por ejemplo, W. Byun, “Seth, A Dynamic and Enigmatic God,” Discentes (2023). https://web.sas.upenn.edu/discentes/2023/04/23/seth-a-dynamic-and-enigmatic-god/
Fuente: https://counter-currents.com/2026/07/the-synagogue-of-set-part-1/ y https://counter-currents.com/2026/07/the-synagogue-of-set-part-2/