El respetable (Cuento rudo)
Me caga el centro de la ciudad, en demasía. Lo suficiente como para usar “En demasía” en una oración. Siempre está lleno de gente que no quiero ver, hace un calor infernal y el pinche sonido del organillo me revienta los tímpanos. Pero no tengo de otra, es jueves y me toca entrenar en el gimnasio que, convenientemente, el profe Güero Cárdenas puso arriba de su taquería. Venir aquí es un martirio, pero regresar a casa es todavía peor.
De camino a la parada de autobús, se me acerca un niño, en su mirada noto cierta incertidumbre que de inmediato reconozco. -Oye señor, te pareces a…- alcanza a decirme el morrito hasta que su padre lo aleja de mí y me pide una disculpa. Y si, niño, si me parezco, pero todavía no soy señor.
El transporte público de esta ciudad está para llorar, es tardado, deteriorado y lleno de gente que tampoco quiero ver. Eso sí, hay algo de paz en regresar a mi hogar viendo el atardecer en la ciudad desde esta ventana llena de rayones. Es ese punto del día dónde ya todo acabó. Para bien o para mal, es el final del día, es como en el trabajo cuando el réferi cuenta hasta tres y el respetable celebra o abuchea.
¿El respetable? Cada día hablo más parecido a mi papá. Al parecer no tengo suficiente con que a cada rato todo mundo me compare con él, también yo mismo tengo que hacerlo.
Ya arriba de esta unidad de la ruta 15, empiezo a darme cuenta de que la gente no es tan mala. Sí, no me gusta estar tan cerca de personas que desconozco, todos bañados en sudor y con una cara de muertos que ni los cadáveres tienen, pero es gracias a ellos que tengo trabajo. Puedo vivir de lo que siempre soñé, quizá no me alcance para un coche en este punto de mi vida, pero con su apoyo algún día lograré tener uno… espero.
A medio camino, noto como el chofer hace una parada de más. Podría ser lo que sea, y la verdad es que poco me importa, yo sólo quiero llegar a casa y darme un buen baño, ya que el entrenamiento de hoy me destruyó por completo.
Dos sujetos se suben. Uno saca una pistola y el otro nos dicta sentencia con una oración que, a estas alturas, ya me resulta familiar en esta ciudad:
“’Ora si ya valió verga, hijos de su puta madre”.
El primer individuo nos sigue apuntando mientras su cómplice pasa a recoger nuestras pertenencias uno por uno. Ya no me da tristeza perder otro celular, sólo me da coraje tener que cambiar todas mis contraseñas de nuevo.
Por un segundo pensé que quizá en esta ocasión, las cosas pueden ser diferentes, puedo hacer que sean diferentes. Si bien mi entrenamiento es para el espectáculo, recuerdo lo poco que el profe Misterioso II nos enseñó de combate real. Él tiene un arma, pero yo tengo al público de mi lado.
Sin titubear me lanzo contra uno de ellos, aquel que me daba la espalda por amenazar al resto de pasajeros. No alcancé a distinguir quien traía el arma, así que espero de todo corazón que sea éste. En el pasillo ambos forcejeamos, pero en un descuido de su parte, logro tomar su cabeza y estrellarla contra un asiento, eso lo noqueó. No es la brutalidad a la que estoy acostumbrado, pero la situación lo amerita.
El otro imbécil se me echa encima. Para su sorpresa, no me inmuté, para la mía, usé el verbo “inmutar” en una oración. Continúa encima de mí, trata de asfixiarme con sus brazos, pero basta con estrellarlo contra el tubo del timbre para que me suelte y también caiga inconsciente.
En mi imaginación, el resto de las personas aquí dentro aplaudieron, celebraron y corearon mi nombre. Pero la realidad es que todos están en silencio, asimilando todo lo que acaba de pasar. Entre todas las miradas atónitas, noto mismo niño de hace rato, al que no había visto aquí hasta ahora, se me acerca otra vez.
-Ten, se te cayó de tu mochila. -Dice y me entrega la máscara. La tomo y tan rápido como puedo la vuelvo a guardar. También así de rápido, me bajo de la unidad, pues no quiero lidiar con la policía ni con más amigos de estos sujetos.
Apenas pongo un pie en la banqueta y escucho un “¿Ves papá? Te dije que el señor era Hijo del Dragón Supremo”. Tras escucharlo, no puedo evitar sonreír.
Si, niño, si soy, pero todavía no soy señor.







