Julian T. Cornelius & Tiberius Bluestone

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Julian T. Cornelius & Tiberius Bluestone
Tiberius Bluestone, hijo de Mercurio
@avam-rpg @lets-chandrix
Amadeo U. Lombardi & Tiberius Bluestone
«It takes a monster to defeat a monster.»
@avam-rpg
La boca de la experta en dagas se mueve para hablar pero en sus oídos domina el pitido que se come todo rastro de sonido; de manera que el legionario sigue mirando en derredor como si D'Ors no hubiera hablado y/o expresado su opinión. El rastro de los edificios mordidos por un dragón de piedra o quizá el dragón eléctrico de antaño, ese que se desapareció tras la batalla del Empire State. Otea las brechas conocidas del terremoto del pasado, ese que hizo desaparecer a la multitud de la isla de Manhattan, ese que dejó a los humanos en jaulas, ese que los convirtió posteriormente en wendigos. A su derecha un letrero con lo que parece una O y una R pende frágilmente de un hilo. Janvier le habla y él sigue sumergido en su incapacidad de captar la voz ajena, indiferente al conocimiento que el escudero aporta. Sus ojos encuentran una de las flechas con la punta oxidada en el poste raído de la esquina de la calle, ese que señala la dirección de la carretera que cruza la Quinta Avenida. El bufido exhala de sus labios con claro hastío y al girarse, se encuentra con que todos ya se han subido. —Podríais haber esperado —se queja en lo que intenta abrir la puerta del copiloto, ese asiento que ya está ocupado, ese asiento que han vuelto a quitarle de las manos. «Pero, ¿SE PUEDE SABER QUÉ TE PASA? ES MI SITIO. ¡MÍO! NO TUYO.» El aire escapa de su nariz con el desaire metido en el cuerpo. Los dedos afirman la palanca en lo que la ira sube como lava de un volcán en erupción. La tentativa de romper la manija está vigente mientras el gruñido asciende veloz por su garganta. Las pisadas que ejerce —alejándose del picaporte—, sobre el suelo repleto de nieve hacen más ruido de lo acostumbrado. No le gusta ir detrás. Suficiente tiene con que Janvier le quite su maldita posición como para que D'Ors le siga la jodida corriente. «¿Prefieres ir en el maletero, Bluestone?» Tiberius da un paso hacia la puerta trasera y se detiene en el acto. Su mirar no encuentra a la mujer pese a que su cerebro ha compuesto la voz, ha recreado el sonido y se lo ha metido por encima del pitido. «¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE!» No quiere oírla. No necesita oírla. Porque a fin de cuentas, ella está muerta. «No me importaría meterte. Da un par de pasos más, aprovecha que todavía esperan a que te subas. No sé ni por qué se molestan, Bluestone. Con lo fácil que es arrancar e irse. ¿Acaso no eres descendiente de Mercurio? ¿Qué te impide seguirles corriendo?» El cerebro hierve con una actividad inusitada mientras el legionario se adentra en el interior del vehículo. Lleva consigo la urgencia innata de alejarse de la voz, de la voz que le sigue, esa que no le deja en paz, esa que se repite y se repite y se repite sin cesar. El aliento se queda en su garganta y las manos encuentran reposo —en forma de puño—: encima de sus rodillas. Él desconoce cuando Janvier ha arrancado, no escucha la demanda de salir del auto, no ve el peligro hasta que lo padece en sus carnes. Es en ese instante cuando el vehículo para de pronto y se come el asiento de delante. Es en ese instante cuando el tañido sale cual exabrupto de sus labios mientras su cuerpo se desliza rápidamente sobre la alfombrilla del coche. La propia gravedad del vehículo se ve modificada, pues el coche está inclinándose. A la molestia adherida en su frente por el impacto se le suma su incapacidad por incorporarse, rodando hacia su propia salida, hacia la puerta izquierda que parece bloqueada; por la cercanía de la misma al suelo. La inclinación por parte del flanco derecho ha dejado opción a que Janvier y Caracciolo abrieran sus respectivas puertas y pegaran el debido salto antes que el coche acabase por dar la vuelta. El sonido de los cristales al romperse no le llena de dicha, la sensación de que se ha convertido en un tremendo revuelto de brazos y piernas, tampoco. «Y ahora, ¿qué pasa?» Se queja él, su cabeza y su cuerpo magullado. ¿Salir? ¿Por qué debería salir del coche cuando la propia crudeza de la situación le parece tan conocida? —Os voy a matar a todos —logra articular mientras gruñe.
—Tiberius Bluestone
Aspira hielo, exhala hielo también. Su garganta gime de angustia y su corazón se retuerce adolorido. La agonía no es un sentimiento, es un estado en el que se ahoga con la misma calma que precede la tempestad. Ella murió por nada. Ella murió por absolutamente nada. No hubo valor, no hubo por qué, no hubo motivo. «Había muchas vías. Innumerables caminos.» Y aun así Blackthorn escogió la muerte. La escogió porque no deseaba vivir, porque estaba hastiada de sentir y hacerse la indiferente. Escogió abandonarle. El ultraje es tan grande que amenaza con desbordarle, con anidar unas lágrimas que Tiberius rehúsa. La diferencia se encuentra en que él también huyó. Escogió el maldito fuego —que el estúpido de Park tiró—: por encima de la venganza. Tenía delante al culpable, lo tenía delante. «¿Y POR QUÉ FUE?» Ni siquiera engrandeció a la legión. Ni siquiera pudo corresponder a lo que se esperaba de él. «TU MUERTE NO VALIÓ NADA. ¿ME OYES? ¡NA-DA!» Una miserable nada que ella escogió. Un adiós que ni le dio. Unos instantes que están emborronados porque no hubo palabra que Blackthorn le diera. No hubo una maldita palabra que le hiciera conocedor de que esa compenetración sentida, esa hermandad. ¿Era acaso unilateral? En ese momento lo pareció. Por eso en comparación a ese cadáver del que la estúpida griega le habla. En comparación al que él perdió. En esa comparación: ella sale ganando. Ella pudo decirle adiós. Pero no ha pasado página. —¿Qué te importa eso? —sentencia con la crudeza de su respiración metida en la garganta y la asfixia en los pulmones—. Un cadáver es un cadáver. No siente. No se mueve. Es un mísero objeto inerte. —¿Qué importancia tiene esa respetuosidad con los muertos? La conoce. La ha sentido. La ha padecido. Allí en la antesala a la lucha con el Campamento Mestizo. Esa primera Cohorte enseñando su verdadera cara con los legionarios caídos. «No es la primera vez que me enfrento a un muerto.» El llanto ocurrió una vez. Allí, en un cúmulo de hogueras que enseñaban sus flamas al viento, tan lejos de ese instante, que parece un sueño. —No vale nada. Es un puto cadáver —tercia, alzando su barbilla con altivez. «Aprende a no sentir. Aprende a ocultar esa debilidad. ¿No me ves? Ah, el pasado que bien está en el pasado. Esa energía que rebosa, ¿eh? Esa necesidad de cargar contra el mundo. Yo también la tuve. Pero no sirve de nada. Absolutamente de nada. Porque a la larga todo es sufrimiento. No merece la pena atesorarlo. No merece la pena cuidar los lazos afectivos. Es mejor quedarse solo y abrazar la indiferencia. Porque si uno no quiere, si uno no ama, no tiene por qué sufrir la pérdida.» Y así llega, como un fardo desconocido que ataca al compañero. Así llega. E igualmente lo tiene atrapado. «Un puto cadáver. ¿Eso soy, Bluestone?, ¿un puto cadáver?» «Lo serías si no te hubiera comido un puto dragón.» Responde a la voz que se le mete en el oído y que habla como Blackthorn y se escucha como Blackthorn. ¿Y qué más da que lo parezca y no lo sea? Es un consuelo que él tiene. Valora atacarla de nuevo, moviendo la llave inglesa en su mano, mirando la puerta deshecha. Pero no lo hace. Espera un segundo, dos, tres. ¿Por qué no? ¿Hay acaso un momento propicio? Cuatro, cinco, seis. Quizá, quizá lo haya. Siete, ocho, nueve. Y entonces, ataca. Enarbola la llave y la carga contra la cabeza de la griega, diciéndose que una pérdida de conocimiento le sirve como victoria.
—Tiberius Bluestone
No hay valor para enunciar palabras cuando éstas no significan nada. No hay significado alguno que evocar más que la culpabilidad por no pensar en soluciones cuando lo único que se veía y se sentía correcto era dejar a una estúpida alma detrás, un sacrifico acorde a la tontuna de la puerta, una carne de cañón que escogiese pagar el precio y diera el paso correcto para abrazar la grandeza. La griega no puede entender lo que Tiberius padece. No puede llegar a comprender a qué nivel lo amenaza esa pérdida mil veces maldita, no puede ni llegarse a imaginar lo que ha perdido. Porque Blackthorn se le ha llevado una parte de sí y él solo ha tenido tiempo de poner el cemento en la fisura y esconderse detrás del amurallado. Porque la fragilidad amenaza con mostrarse y él es reacio a dejar que eso suceda. «El dolor existe. Y uno se fortalece ante la agonía.» Por eso y no por su debilidad humana se cierra en banda y abraza la frialdad cortante que le es amiga y cuyo filo ya está más que acostumbrado a soportar. Da un paso hacia atrás y escupe un espumarajo tras el puñetazo que acaba de ofrecerle la manca. La carcajada hueca sale con ponzoña de sus labios antes de que él se entregue a la copia y a enseñarle —con acciones en lugar de palabras—: como se da un puñetazo.
—Tiberius Bluestone
El efecto tienta más de lo que parece, puesto que la superposición de imágenes lo lleva a creer que Esposti acaba de desaparecer ante sus ojos para dar vida al fantasma de Blackthorn. La postura helada y en calma parece corresponderse en un inicio, acusándole a él por no ver el parecido. La duda se encuentra con la carne putrefacta de su herida abierta y el iracundo malestar se mancha del olor de la pérdida. Por un instante preciado el conjuro funciona y su cerebro igual de necio se cree capaz de hundirse de todo en esa realidad manipulada. «Despierta, Bluestone se te están quedando flácidas las rodillas.» La pregunta es igualmente manipulada y el traspié es considerado apto en este ámbito en lo que un gruñido exhala de su garganta más nítido y suave que la pregunta anteriormente formulada. Olvida lo que necesita y ese maldito requerimiento. La incertidumbre se revuelve en su pozo de desesperación para parpadear en la búsqueda urgente de salir de ese trance. Los dedos se crispan y buscan dar una resolución sin voz, viéndose tentado a no exponer a viva voz la urgente y necesaria necesidad de despojarla de esas vendas. Porque Esposti no las merece. Porque Esposti solo es una burda imitación de la hija de Belona. «NO LAS PUEDES USAR.» Exige su conciencia, borracha de recuerdos que se borran para dejarle con el vacío de la existencia y el temor tácito de olvidar lo acontecido. «No te pertenecen.» No se las ha ganado. No son suyas aunque otros digan lo contrario. —¿Por qué las usas? —La pregunta ejercida por la otra muere en algún lugar de su mente. Porque a fin de cuentas Tiberius no necesita nada. No le urge, no siente el deseo de destrozarla. No. El clamor nace de un sentimiento visceral que le arde en deseos de hundir la empuñadura en su garganta. «Si buscas la muerte, este es un buen camino, Bluestone. Estúpido y sin sentido. Pero un buen camino.» «No, gracias. Prefiero quedarme en el páramo de los vivos.» Ejerce la negativa en una sintonía que lo aletarga. Allí dónde el sonido de ambas versiones de un mismo hecho se contrapone y lo deja con el aliento quebrado y expuesto. —Tengo que probar que todas las armas de entrenamiento siguen en buen estado —dice, pensando rápido, encontrando una fórmula con la que explicarse, con la que no denotar lo que le urge, lo que quiere y al mismo tiempo salirse con la suya—. ¿Quieres ayudarme? —añade tiñiendo esa sobrecarga emocional de indiferencia pausada.
—Tiberius Bluestone