T.N
Soy Timo Nataki. Nací en la cocina de la casa del amante de mi madre. Siete meses de gestación me resultaron suficientes para saber que debía aprender a caminar, hablar y escribir antes de quedarme sin tiempo. Cuando discuto con mi madre acerca de lo que puedo hacer o no a los diecisiete años, le recuerdo que las primeras manos que me tocaron, que me recibieron en este mundo, fueron las de un hombre involucrado en el tráfico de armas, devenido en asesino de un candidato a presidente. Qué puede esperar alguien de mí si fui recibida por un hombre que hoy llaman Kamón y que vive en una celda en Panamá. Pobre mi madre, ella no tiene la culpa de que yo decidiera abandonar su vientre unos meses antes, pero a veces la detesto porque cuando Jorge – mi padre – se enteró de Kamón, pensó que lo mejor sería saltar por la ventana de su oficina. Y lo hizo.
A veces pienso en presentarme con mi verdadero nombre, pero sería un problema. Me identificarían por mi apellido porque el suicidio de Jorge salió en las noticias. Y mi madre, claro, no quiso perderse la presencia en los diarios y lloró, y en las fotografías salió hermosa. Después volvió a aparecer cuando Kamón asesinó al candidato, pero los títulos de las notas no acompañaron su belleza. Por eso uso otro nombre.
Timo Nataki surgió de un error de tipeo un día que estaba intentando aprender a escribir sin mirar el teclado de la computadora. Luisa, mi compañera de banco en la clase de computación, se burló y lo gritó riéndose.
Cualquier otro día no me hubiera molestado tanto, pero ese lunes me había dado cuenta de que me gustaba el chico nuevo. Joaquín. Y él escuchó la burla y se rió señalándome. No me quedó otra opción que esperar a clase de biología donde Luisa se sentaba en el banco de adelante. Entonces tomé la tijera y en silencio y con cuidado le corté el pelo. No me echaron porque soy millonaria por la herencia de Kamón que siente culpa por haberme visto nacer. Además no me echaron porque mi madre a veces va a tomar el té a lo de Harrison, uno de los tres dueños del colegio. Y tampoco me echaron porque al fin y al cabo el pelo crece. Kamón me enseñó que cuando se hace un mal a alguien, debe ser reversible, es decir temporal, es decir recuperable – por ejemplo robar, el dinero se vuelve a ganar; o cortar el pelo, crece; o incendiar una casa, hay otras-, o directamente, la otra opción, es matar. Nunca dejar ciego o inmóvil. Eso lo hacen los idiotas. O matar o asustar. Luisa se asustó, o más bien sus padres, y la cambiaron de colegio. Mi madre nunca mencionó el asunto pero Kamón, cuando se lo conté por teléfono, sé que sonrió.
Después de unas semanas de lo de la burla de Luisa en la clase de computación, empecé a usar Timo Nataki para ocultar el nombre que me puso mi madre, en la cocina de Kamón, con el apellido de mi padre. Y cuando la gente – por lo extraño que les resulta mi nombre - me pregunta dónde nací, siempre contesto que en una casa en la arena. Eso también surgió de un error de tipeo.





