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Columna de la escritora y cineasta francesa, Virginie Despentes - Abril, 2017.
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Vida y obra de Virginie Despentes. Baise-moi y las violaciones.
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La mano que inicia la fiesta [arte]
Voy a Villa Crespo, a ver las muestras de Maruki Nowacki, Juli Sorter y Valentín Demarco y ya encaro con el prejuicio de que será una muestra sensual porque sé que el sexyness futbolístico del barrio bohemio se abrillanta en UV.
Apenas toco el timbre, Maruki abre la puerta como si hubiera estado horas esperando en el picaporte. Y en minutos comienza esa atmósfera seductora que rodea a ciertas personas y espacios: entre una pelea de gatos y café de media tarde, hablamos de Barcelona, la Dengue y el adorable estado vital de poder vivir con amigxs compartiendo humor, creatividad y fiestas. “Todo con la garantía de la risa cómplice en donde no hace falta explicarse nada” dice Maruki y yo escribo en las notas de mi teléfono.
“Soñé que me rapaba, me convertía en varón y desfilaba con un papel entre los dientes” es la muestra de Maruki, en donde cada situación que presenta acompañada de los audios de Agnes Pe, parece una escena de crimen o de fiesta: unas cintas de colores que representan el vínculo entre lo real y lo irreal dado por lo absurdo, rodean una estructura en la que reposa una mano que baja como serpiente hasta el piso concluyendo nuevamente en forma de otra mano. Son manos burlonas, que estuvieron haciendo cosas y ahora simplemente descansan. También el vestido hamacable con ninguna y varias cabezas flota entre la fantasmagoria melancólica y la huella o el anticipo de un desfile fluorescentemente drag. Sobre una pared, las hormigas que habitan todas las casas, y que ya no sabemos si buscan comida o amistades, se amontonan en torno a una pecera en donde aparece también quieta y flotante otra mano. Toda la sala vibra en una frecuencia de fantasy atlantense: una princesa que sin ser explícita, anticipa el bardo.
Hay algo de la fiesta y la risa disparatada de las obras de Maruki que continúa en “Me llamo Julián”. Julián Sorter creó un muñeco de él mismo y lo aumentó por lo menos tres veces. Así, me encuentro con un gran Julián relleno de cartón corrugado y pluriball que ocupa toda la sala. Se escucha su voz, que sale de sus ojos, o de la remera roja o de las bermudas. Me parece una especie de muñeco de Tierra Santa: con sus pies redondeados inmóviles y sus manitos con dedos separados, también unas manos que me llaman la atención. Se presenta, habla solo. Me dice que está disponible para hacer una exposición, me pregunta qué me parece la muestra, me da su teléfono, me hace sentir su amiga. Me recuerda a una muñeca que pedí para una navidad, que lloraba cuando tenía sed y cuando le insertaba agua por el agujero de la boca, luego de unos minutos exclamaba “ya estoy lista mami”, y yo debía colocarla en una pelela y le caía pis del agujerito entre las piernas. Un robot bastante artesanal que hablaba haciéndome creer que teníamos un vínculo. Me hacía creer su madre. Mi bebé. Esos ojitos de muñeca que oscilan entre la ternura y el asesinato y que convencen tan rápidamente. Recuerdo todo eso con el muñeco de Juli que habla, y confiesa que muchas veces no sabe qué decir, pide consejos que no escucha, y me convenzo de que es imposible no sucumbir con atracción ante la ironía de esos muñecos interactivos. De golpe Juli se me revela como un sex doll inmenso.
Bajo al sótano pensando en esas manos rellenas del muñeco de Juli y ese brazo irreverente de la obra de Maru, y entonces ingreso al darkroom y me topo con los glory holes gauchescos de Demarco y unos guantes verdes de veterinario colgando en la pared. Unos guantes que perfectamente podría ponerse el julimuñeco para ir a bailar con el vestido hamacable de Maru en una fiesta hosteada por un Ru Paul local. “Poem to a horse (1889)” de Demarco, se plantea como el posible poema que enunció Nietzsche al caballo maltratado en la plaza de Turín, las últimas palabras del filósofo alemán antes de decidir callarse los diez años siguientes, hasta su muerte. ¿Qué le habrá dicho Nietzsche al caballo? Lo saben los anillos con forma de orejas que modeló Demarco y colocó en esos guantes. Observo bien el pedazo de cuero que cuelga frente a mí, con agujeros decorados en bronce que invocan una interacción mía, con mi boca, mis manos y mis orejas, y todo desborda en sexyness gauchesca, sexyness barrial, bohemia, crespense. Estoy frente al glory hole del fantasy de Atlanta. Con “Me llamo Julián” arriba preguntando qué haría en su lugar, y las formas de ideas disparatadas de Maru, con manos reposando en agua, cal y madera. De pronto tengo la certeza de que hay algo de lo sexy que sucede en la repetición de manos, de guantes, de manijas, de agujeros. Están todas las manos quietas pero esperando a cubrir el espacio de distancia que hay entre la oreja y la boca para decir un secreto que empieza en risa y termina en fiesta.
Nota xa Revista Jennifer - 1 de agosto, 2017. Disponible en: https://www.jennifer.net.ar/single-post/2017/08/01/La-mano-que-inicia-la-fiesta
Cosas para ver en Netflix. La lista más deseada en Occidente.
(2020)
-Followers (Japón)
-Cantina de medianoche
-Aggretsuko
-Nocturnal animals
-Arrival
-White girl
-Atlanta
-Working Moms
-Midnight Gospel
-Love, Death & Robots
-Rick & Morty
-Skins
-Fyre
-Planeta absurdo
-Rocco
-Léa y yo
-Mi vecino Totoro
-Your name
-Shiki Oriori
-Saiki K.
-Paquita Salas
-Kiki. El amor se hace
-El ciudadano ilustre
-Jason & the argonauts
-Perdí mi cuerpo
-Vida Privada
-La llamada
(2017)
-Master of None
-Easy
-The Fall
-Chewing Gum
-Rick and Morty
-Black Mirror
-Merlí
-Stranger Things
-Unbreakable
-El expreso del miedo
-Okja
-I am sun mu
-Ha vuelto
CHICK’end
Nos conocimos en el subte. En realidad cuando bajamos del subte. En realidad cuando ya habíamos subido a la calle. Le hablé porque durante el viaje sentí el olor a pollo que salía de su mochila y me hizo acordar a cuando yo viajaba con tupper.
-”¿Vas a trabajar?”, me animé a decirle esperando el semáforo para cruzar la avenida. Giró la cabeza y me miró a los ojos mientras yo recorrí con la vista sus trenzas rojas. Volvió a mirar hacia el frente y justo cerró los ojos porque un 111 pasó muy rápido y cerca. -Te pregunto porque se siente el olor a comida que sale de tu mochila - retomé la conversación inexistente. -¿Qué? ¿Olor a qué? - respondió mirándome con algo de repugnancia. -Olor a pollo - sonreí mostrando mis dientes. Cruzamos juntas y aunque supe que le molestó el comentario no aceleró el paso. Ya del otro lado de la avenida se detuvo, giró su mochila, abrió el cierre con cierta dificultad y sacó unos anteojos de sol que le daban una actitud cool un tanto forzada. Pasó un auto escuchando “La 25″ que me dio coraje para insistir. -¿Es pollo entonces? -Sí, una pechuga con papas ¿qué más querés saber? - contestó y se empezó a divertir. -Si tenés Instagram -Sí -¿Te puedo seguir? -¿A dónde? -A donde vayas -Es un poco raro, ¿no? -Lo raro siempre es excitante, dijo Bukowski - contesté con rapidez y mentira. -Bueno seguime, pero no te quedes con la imagen mía de que huelo a pollo. -No. Lo que tenés dentro huele a pollo, y me resulta raro, por eso te quiero seguir. Porque me excita. El pollo. El pollo que llevás dentro.
-
Banana con sangre
“Cuando era chico, llenaba la banana de sangre”, contó Juan en la mesa en la que también estaban Candela y María. “Me lavaba muy fuerte los dientes por lo que me ablandé las encías y cuando mordía la banana o la manzana, siempre la dejaba con sangre”.
Candela estaba mirando el teléfono y sin levantar la vista, comentó sonriendo que a su hermana le pasaba lo mismo y por eso nunca compartieron lo que comían.
De pronto entraron unos gritos por la ventana y los tres se asomaron sin levantarse de las sillas. A uno de los vecinos se le había cortado la luz y discutía con otro que estaba colgando un pasacalles de los cables. Candela desenchufó el teléfono del cargador y se dispuso a filmar la escena pero apenas comenzó a grabar, el living del vecino volvió a iluminarse y se terminó la discusión.
“Yo también siempre lleno la banana de sangre”, retomó María que aún no había participado de la conversación. “Últimamente cuando cojo, estoy indispuesta”.
T.N
Soy Timo Nataki. Nací en la cocina de la casa del amante de mi madre. Siete meses de gestación me resultaron suficientes para saber que debía aprender a caminar, hablar y escribir antes de quedarme sin tiempo. Cuando discuto con mi madre acerca de lo que puedo hacer o no a los diecisiete años, le recuerdo que las primeras manos que me tocaron, que me recibieron en este mundo, fueron las de un hombre involucrado en el tráfico de armas, devenido en asesino de un candidato a presidente. Qué puede esperar alguien de mí si fui recibida por un hombre que hoy llaman Kamón y que vive en una celda en Panamá. Pobre mi madre, ella no tiene la culpa de que yo decidiera abandonar su vientre unos meses antes, pero a veces la detesto porque cuando Jorge – mi padre – se enteró de Kamón, pensó que lo mejor sería saltar por la ventana de su oficina. Y lo hizo.
A veces pienso en presentarme con mi verdadero nombre, pero sería un problema. Me identificarían por mi apellido porque el suicidio de Jorge salió en las noticias. Y mi madre, claro, no quiso perderse la presencia en los diarios y lloró, y en las fotografías salió hermosa. Después volvió a aparecer cuando Kamón asesinó al candidato, pero los títulos de las notas no acompañaron su belleza. Por eso uso otro nombre.
Timo Nataki surgió de un error de tipeo un día que estaba intentando aprender a escribir sin mirar el teclado de la computadora. Luisa, mi compañera de banco en la clase de computación, se burló y lo gritó riéndose.
Cualquier otro día no me hubiera molestado tanto, pero ese lunes me había dado cuenta de que me gustaba el chico nuevo. Joaquín. Y él escuchó la burla y se rió señalándome. No me quedó otra opción que esperar a clase de biología donde Luisa se sentaba en el banco de adelante. Entonces tomé la tijera y en silencio y con cuidado le corté el pelo. No me echaron porque soy millonaria por la herencia de Kamón que siente culpa por haberme visto nacer. Además no me echaron porque mi madre a veces va a tomar el té a lo de Harrison, uno de los tres dueños del colegio. Y tampoco me echaron porque al fin y al cabo el pelo crece. Kamón me enseñó que cuando se hace un mal a alguien, debe ser reversible, es decir temporal, es decir recuperable – por ejemplo robar, el dinero se vuelve a ganar; o cortar el pelo, crece; o incendiar una casa, hay otras-, o directamente, la otra opción, es matar. Nunca dejar ciego o inmóvil. Eso lo hacen los idiotas. O matar o asustar. Luisa se asustó, o más bien sus padres, y la cambiaron de colegio. Mi madre nunca mencionó el asunto pero Kamón, cuando se lo conté por teléfono, sé que sonrió.
Después de unas semanas de lo de la burla de Luisa en la clase de computación, empecé a usar Timo Nataki para ocultar el nombre que me puso mi madre, en la cocina de Kamón, con el apellido de mi padre. Y cuando la gente – por lo extraño que les resulta mi nombre - me pregunta dónde nací, siempre contesto que en una casa en la arena. Eso también surgió de un error de tipeo.
En marzo fui a ver esta exposición muy buena de naturaleza muerta.
Me quería bañar durante el noticiero porque yo también quería ver a Tinelli
declaró Juliana ante la policía
La remera de Mariela tiene olor a dolor de cabeza
yo
Ay, ay, ay
Grité “me cago en la leche” y en ese insulto en el que no me reconozco observé cómo el cactus se estampaba contra el suelo de la calle. Del balcón entré al comedor pensando que lo de la botella de vodka para cuatro no había sido una buena idea. Unos segundos después estaba besándome con el chico alemán a quien un tiempo atrás había escrito planteando: “no more sex”. Él se fue de la fiesta temprano y por la mañana siguiente me escribió un mensaje en español para confesar que seguía enamorado: “ha quedado bien el piso limpiado? borrachos?” Yo estaba en la cama pero aún no había dormido. Incluso todavía quedaba gente en mi casa a pesar de que ya era casi mediodía. En la mitad de la fiesta, en donde no había otra persona argentina más que yo misma, me pareció gracioso citar a Mirtha Legrand: “yo voy a disponer de mis horarios y por eso me voy a dormir, pero ustedes dispongan de mi casa. Sólo pido que antes de irse apaguen el aire acondicionado”. Me encerré en mi cuarto pero por alguna razón no me apeteció dormir ni tampoco volver a la fiesta. Sonó el teléfono a las once y media de la mañana con el mensaje del alemán. Lo leí pero no contesté. Sabía que él ahora se confundiría pero no tenía ganas ni de dar explicaciones ni de pedir disculpas. De cualquier forma iba a herir su ego de videoartista, tan ciclotímico como el apetito sexual de los que acaban de salir de relaciones estables. El dilema quedó interrumpido cuando recibí una llamada de Japón. Fue absurdo: no comprendí nada, pero hacía unos días había buscado en internet puestos de trabajo en Tokio. Escribí al grupo de wassap de mis amigas de la biblioteca. Les conté lo de Mattijsen y lo de Tokio, y me respondieron con una foto de una chica meando sobre la cabeza de Yara. Malditas, pensé. Estas pansexuales que siempre terminan en fiestas encamadas y yo, obstinada con los hombres, preferentemente extranjeros, y con la mala suerte de encontrarme manteniendo con ellos conversaciones tan adormecedoras como escuchar hablar a mi profesor de psicología. Maldita contemporaneidad. Todo sucede tan rápido que por momentos siento que ya cambiamos de planeta. Percibo que entre el momento en el que se me cae el cactus del balcón, me tomo tres vasos de vodka con pepino, me vuelvo a lastimar teniendo sexo en la cocina, vomito en la bañera y mastico y trago un pedazo de pizza que hay sobre la mesa, pasa en total, sólo un minuto. Todo sucede como un videoclip, como la famosa escena de Kill Bill. Pero es la maldita contemporaneidad en donde ya no es cool citar a Tarantino, porque ahora hay que ser politically correct y él es racista, y viva el software libre. Ahora ni computadoras ni fotos porque está todo controlado, nos están vigilando. Y a Tarantino sólo estampado en una remera vieja, porque Pulp Fiction sí pero lo último no. Y mi sitio web lo diseñé con Paint porque nos cansamos del HD; ahora volvamos al orden, il ritorno al orden del siglo veintiuno. Yo siempre me vestí como en los noventa pero el neoliberalismo me acecha, y Free Palestina y Je suis Charlie. Entonces aparece este tipo #Groys y dice que en la contemporaneidad estamos trabajando para nuestro diseño. Yo quiero contarle a todos que me teñí de rosa porque lo hice un poco para subir la foto, pero luego entro en contradicción porque no quiero que la CIA sepa sobre mi último look pero las redes sociales son la CIA pero upload picture. Es que no puedo evitar ser marxisista ¡Abajo los muros! ¡Vida digna para todos! Y esta foto de Foucault en su biblioteca va muy bien con mi foto de portada porque habla de mí sin mostrarme. Habla de mí haciendo lo contrario. Porque en serio, no quiero hablar de mí… esta cosa del ego me exaspera. Yo lo que en verdad amo es un buen café y unos libros. Necesito desconectarme, ir a la playa y que me recomienden cosas para leer en mi Facebook: “¿Libros para este verano?”, escribo en mi muro. Mi abuela escribe que lea Isabel Allende. Borrar comentario. Mensaje del alemán, otra vez, diciendo que lo sorprendí: “I was schocked. Pero me ha gustado mucho”. Y no sé si hablaba del beso o lo que probamos con el aceite pero a mí me dolió infinito. Eso me pasó por impaciente e irresponsable porque sin obra social ¿a dónde iba a ir a que me revisen? ¡Basta de discriminación a los inmigrantes! ¡Abajo las restricciones! “I’m still drunk”, le contesté. Actualicé Facebook que me pidió una donación para ayudar a la lucha contra el ébola. Aparentemente juntos, Facebook y yo, podíamos combatirlo. Cliquée en mis notificaciones. La foto de la noche anterior mientras robábamos el vodka del chino ya iba por los quince likes. Apoyé el teléfono sobre mi pecho. Me volví a dormir.
Facundo
Debo confesar que cuando me dijo tánatica me sorprendió. No fue tanto el hecho de que me estuviera dejando sino que me llamó la atención haberme equivocado. Lo había subestimado. Jamás imaginé que él conociera esa palabra.
Facundo tenía veinte años y un tatuaje de River Plate en el omóplato izquierdo. Nos habíamos conocido en Chile festejando año nuevo y, tres meses más tarde, su edad y el escudo en la espalda eran tal vez las dos únicas cosas que me seguían llamando la atención. No puedo decir que fuera una persona aburrida, pero sí demasiado fiel al sentido común. Facundo solía pensar en términos de productividad: hablar de política, mirar la luna o caminar por una plaza de noche eran quehaceres sin objetivo. Y para él todo tenía que tener un principio y final anunciado y evidente. Entonces le gustaba el cine, el fútbol, comer, ir a un telo y no sé si mucho más. Al principio eso generaba entre nosotros una distancia agradable: saber que nunca llegaríamos a acercarnos del todo, pensar en una relación de secuencias de tiempo determinado y escasa conversación. Pero después de algunas semanas me sorprendió ver que aquel vínculo sostenido por mi desdén habitual y su pragmatismo religioso se convirtió en una estructura casi perfecta. A él no le interesaba prácticamente nada de nuestras charlas. Sólo quería saber cómo, cuándo, dónde y a qué hora. Luego nos teníamos que ir, porque aquello cerraba, porque habíamos terminado el postre o porque el turno concluía. Con el tiempo me acostumbré y empecé a disfrutar de que no sintiera curiosidad por mi seminario, ni por lo que escribía, ni por mi búsqueda obsesiva de cartas de recomendación para el doctorado. A veces en la cama él prendía la tele y buscaba repeticiones de partidos. Si en el zapping le pedía que se detuviera en algún informe de noticias se iba a la cocina a buscar agua preguntando en voz alta, pero sin dirigirse a mí, por qué la gente se interesaba por esas cosas. Para mi cumpleaños me preguntó qué necesitaba. Habíamos salido del teatro de ver una obra, que supuse él no había comprendido, y fuimos a un McDonald’s. Estábamos sentados los dos del mismo lado de la mesa compartiendo un helado y nos gustaba hacerlo: a mí porque sí, a él porque decía que si no, era difícil besarme. En algún momento me preguntó qué me hacía falta. Yo cumplía veintisiete y necesitaba un año más de alquiler, un aumento de sueldo, retomar el gimnasio, terminar mi tesis y hacerle entender a mi ex novio que realmente no lo quería ver más. En cambio le contesté que podíamos ir juntos a la casa de verano que tenían mis padres en Uruguay. El jueves a las doce brindé con amigos en mi casa y unas horas después Facundo me buscó con su auto blanco. Cargué dos bolsos en el baúl, fui al quiosco a comprar agua, preservativos y el diario. Durante el viaje él puso música y yo revisé mis apuntes del seminario que estaba cursando. Sólo en un momento -en las fotocopias había una imagen de una persona usando un dildo- me preguntó qué leía, y si alguna vez había probado aquello y si yo tenía un consolador. Cuando llegamos a Colonia cambiamos de lugar y manejé hasta Santa Ana. Él no conocía el camino pero además creo que consideró que si yo tenía un pito que medía unos centímetros más que el de él, tenía sentido que estuviera a cargo del volante. Hacía tiempo que la cabaña de mis padres no se usaba pero había sábanas y electricidad. Por la noche él fue a un almacén y compró jamón, queso y pan. Después estuvo hablando por teléfono con no sé quién porque no podía sintonizar un partido de fútbol y en cuanto la televisión alcanzó cierta nitidez, volvimos a ignorarnos. Decidí salir a caminar por el bosque en dirección al mar y noté que en el horizonte aún no había anochecido. El cielo, en esa franja diurna irregular, era de un rosa pop. Me acordé de Juan, tal vez la única persona hacia la que menos quise o menos pude, ocultar mis fragilidades conscientes. Lo admiraba por sus excentricidades obvias de las que me volví casi una adicta, y como tal, empecé a considerarlo una especie de mago loco de quien valía la pena observar hasta la forma en que preparaba omelettes: por las mañanas, batía dos huevos y los mezclaba con moras machacadas. Revolvía el líquido que se veía igual que ese rosa del cielo uruguayo. Luego pasaba del bol a la sartén y el color químico, con el aceite y el calor, se calmaba y revelaba más fielmente su procedencia frutal. Juan se quejaba a gritos de esa mutación cromática que, según él, deshacía el misterio. Esos enojos que tenía con las leyes de la ciencia, derivaban en experimentos íntegramente basados en la intuición y entonces, por ejemplo, para cambiar ciertos resultados, me pedía que me colocara a distintas distancias de donde él estaba. Con los omelettes de moras, el rosa crudo se perdía menos si yo no estaba en su casa. Él explicaba que era por la temperatura de mi cuerpo, que irradiaba más calor que el resto de las personas, probablemente por mi hipertiroidismo. Cuando se ponía a editar películas, me necesitaba cerca y leyendo, para inspirarlo desde la teoría académica. Y entre manías, moras y temperaturas, un día, luego de jugar al cadáver exquisito, me dijo que estaba convencido de que funcionaba mejor cuando yo no estaba ni en su casa, ni en su auto, ni en sus presentaciones, ni en sus viajes. Aparentemente entre nosotros ya había sucedido todo lo interesante que podía ocurrir. Sentí como si me hubieran dado el alta de un tratamiento. Me fui de su casa y no nos vimos más. La última línea color de moras revueltas terminó de esfumarse y decidí volver a la casa con Facundo. En el camino comencé a tener sensaciones que hacía tiempo no vivía. Reconocí deseos violentos que volvían a aparecer con el recuerdo de Juan. Sentimientos entre la furia y la más sincera debilidad, que tuvieron su combinación más incontrolable después del accidente en el balcón. Hacía semanas que Juan me había separado de su historia, y yo, una noche de fiesta en mi departamento, y no sé bien cómo, me caí del balcón al patio de la vecina de abajo. Fueron pocos metros y muchos médicos. El cuerpo por fuera y con ropa hoy se ve bien, pero a la medicina le encanta lucrar con teorías suicidas así que, a pedido de mis padres, cinco años después, sigo teniendo lo que se llama asistencia psiquiátrica. Desde luego que Facundo no sabía nada de esto. Nunca lo habíamos hablado y tampoco pretendía hacerlo. Pero en el bosque, con el recuerdo del rosa mora, la angustia se acrecentó y los recuerdos del tiempo en el hospital volvieron crudos y químicamente insoportables. Ya estaba cerca de la cabaña y vi la luz de la televisión reflejada en la ventana. Decidí desviarme e ir al centro. Entré en un bar en el que años atrás había tomado tequila por primera vez y pedí cerveza. Me senté en una mesa en la vereda mirando la calle principal y las luces de los autos que venían de frente. Siguiendo los consejos del psiquiatra intenté aferrarme a recuerdos placenteros pero en cuanto quería fijar alguna imagen para empezar a revivirla, los olores del hospital se intercalaban con fuerza, como infiltrados que comenzaban a cobrar cuerpo y devenían visitantes sin rostro. Y entonces mi mente se convirtió en un proyector de diapositivas con vacunas, suero, cicatrices, el tubo de luz y mi madre rezando. La enfermera, el cura, mi madre, el piso ensangrentado, la ambulancia, el teléfono sonando y Facundo. Y su escudo y su espalda y su escudo. No sé cuánto tiempo estuve en el bar con el mismo vaso, pero en un momento llegó Facundo y lo vi bajar de su auto blanco que nada tenía que ver con Santa Ana y puede ser que algo enojado me haya hecho preguntas y sé que lo miraba sin contestarle pero porque era inútil, porque no quería que aquella relación tuviera contenido. Y me dijo que era una loca y que al día siguiente por la mañana nos volvíamos. El viaje de regreso fue similar al de ida. Compré el diario, jugo de manzana y caramelos. Manejé yo hasta Colonia y él hasta Buenos Aires. En la puerta de mi casa, bajó el volumen de la música a la que por primera vez presté atención. Facundo entonces, empezó a hablar. Su argumento tuvo un inicio, un desarrollo y un desenlace en el que explicaba por qué sería mejor que no nos viéramos más. Mis cambios repentinos de humor lo afectaban y él no sabía como reaccionar, razón por la que se sentía impotente y blando. Lo había hablado con sus amigos y empezaba a sospechar que ellos tenían razón y que yo era melancólica. Ahí le dije imbécil. “Lo imbécil que sos es lo único que te hace particular”. Y Facundo me contestó: “Y vos sos tan tanática que no puedo hacer otra cosa que rechazarte”.
No fue no verlo más, sino el más absoluto desconcierto de nunca haber creído posible que él conociera esa palabra. Si lo hubiera sabido mientras festejábamos el año nuevo en Chile, las cosas habrían sido distintas y entonces tal vez, sus veinte años, las salidas al cine y el tatuaje de River Plate no habrían sido más que detalles irrelevantes.