La leyenda de Tipan
El contenido de la literatura oral popular guarda siempre un tesoro muy valioso en cuanto al sentido folklórico, ya que la misma, nace y se difunde especialmente en el estrato social de una cultura netamente Folk que aun perdura en nuestra campiña. Podemos decir, que la leyenda es uno de los aspectos mas interesantes del folklore literario, ya que tiene una amplia extensión, sobre todo, la vinculada a tesoros escondidos en cerros o lagunas, pues trascienden por el deseo de encontrar dichos tesoros. Por lo general, se cuentan como verdad, aunque puedan mezclarse con ficciones, siempre dan a entender que se relatan acontecimientos que pasaron en cierto tiempo y lugar, hechos históricos mas bien, que puras fabricaciones de la imaginación. Tal es el caso de la Leyenda de la Piedra Pintada de Tipán, que goza aun en vigencia folklórica, ya que forma parte del repertorio de relatos orales que el pueblo sigue repitiendo hasta hoy.
La Piedra Pintada del Tipán, la que originó la leyenda se encuentra en el interior de la quebrada del mismo nombre, la que se extiende desde las vecindades de la localidad El Chorro (Ancasti), tomando luego una dirección sudoeste. Esta leyenda tiene varias características en su faz narrativa, pero no varía en su esencia.
En el año 1972, como asistente a un curso para maestras sobre folklore, tuve que investigar sobre leyendas catamarqueñas. Por ese motivo me dediqué a recopilar datos, llegando a mi conocimiento, siempre basada en la tradición oral, lo siguiente: en la época de la colonia, los padres jesuitas habían extendido sus dominio espirituales y materiales en muchos puntos de nuestro país, habiendo llegado a ser una potencia económica que les permitía incidir grandemente en el aspecto político de estas regiones, ya que tenían instaladas reducciones en nuestras tierras, que pertenecían, en esa épica, a la Gobernación del Tucumán. En el año 1767, el rey de España, ordena la expulsión de todos sus dominios y al ser nuestro país una colonia española, fueron obligados a retirarse de estos suelos. De esta forma los jesuitas, que habitaban nuestra actual Catamarca, cargaron sus riquezas, consistentes en barras de oro, objetos y monedas del mismo metal en petacas, y sobre el lomo de las mulas, marcharon hacia Córdoba y Buenos Aires, desde donde se embarcarían a otros destinos.
Al llegar a la altura de la quebrada del Tipán, muy cansados por cierto, en un determinado lugar se reunieron a deliberar, llegando a la conclusión, que las autoridades españolas no los dejarían partir con semejante riqueza. Sin más rodeos, hicieron cavar una profunda zanja donde arrojaron el fabuloso cargamento. Seguidamente dieron muerte a todos los indios arrieros, arrojando sus cuerpos sobre el tesoro, para luego taparlos y disimular el lugar.
Pensando en regresar, pintaron una piedra para no olvidarse del sitio. Posteriormente continuaron su viaje para nunca retornar, quedando la quebrada por este hecho “maldita”. Dicha maldición rezaba: “Todo hombre que busque el tesoro, morirá o sufrirá calamidades”. Lo cual está muy arraigado en la creencia de la gente del lugar, las que se agregan, que por las noches, aparece en la ventana del cerro un misionero diciendo: “No gasten fuerzas buscando el tesoro ya que éste no será para que tenga la ilusión de hallarlo, sino que será para un arriero pobre de la zona”.
Entusiasmados por la leyenda, en 1932, mas o menos, formaron un grupo los Dres. Manuel Rodriguez y Armando Acuña, y los Sres. Domingo Itturalde, Carlos Navarro, Pedro Ferreira y Noe Barrionuevo. Dichos expedicionarios fueron en busca del famoso tesoro en dos oportunidades, permaneciendo en el lugar por espacio de quince días por vez, durante los cuales, realizaron excavaciones, detectando en las mismas, ocho esqueletos humanos. Luego regresaron a la ciudad, debido a que el Dr. Rodriguez sufrió una descompostura y se encontraba físicamente mal. Además, entre los integrantes del grupo comenzaron a surgir antagonismos, y a sentir voces y gritos durante le noche.
El Dr. Rodriguez, después de la descompostura que tuvo en el Tipán, siguió enfermo hasta que finalmente murió en 1937. Asustado, el resto del grupo viajó a Córdoba con el objeto de consultar a Marquesini, un conocido vidente de ese tiempo, al que mostraron una foto de la piedra. Marquesini les dijo que si continuaban con las excavaciones encontrarían el tesoro, pero que “la fiebre del oro”, los mataría.
Años después, muere Barrionuevo y casi paralelamente a la muerte de éste, Ferreira quedó tullido. Al encontrarse en ese estado, prometió a las almas de los desenterrados, hacer velar y enterrar nuevamente los restos. Así lo hizo, pero él no se curó, y murió al poco tiempo.
Con el correr de los años, falleció relativamente joven, el Dr. Armando Acuña, a causa de una gangrena infecciosa, y por último, Iturralde, anciano ya, murió completamente sólo en un cerro de Anbato. Unos arrieros lo encontraron, y lo bajaron hasta la población de Las Juntas.
El 1 de febrero de 1963, el Dr. Omar Barrionuevo, Roberto Rodriguez (Pistún) y los hermanos Perez Correa, salen rumbo al Tipán. El Sr. Juan Córdoba los lleva en su camión hasta el puesto Santa Ana. Desde allí siguen a pie. Como iban sin baqueano equivocaron la senda, ambulando en el campo por espacio de tres días, casi muertos de sed y acosados por insectos, alimañas y un calor agobiante. Uno de los hermanos Perez Correa, mostraba claros síntomas de deshidratación. Alarmado Juan Córdoba salió a buscarlos portando una cantimplora con agua, hasta que los encontró en un estado calamitoso. De esta forma, o sea con un rotundo fracaso, terminó la expedición. Para el tiempo, y en el mes de junio de 1968, Luis Vaca, oriundo de la zona de Ancasti, le comenta al Ing. Julio Negrón, que conoce el lugar donde se encuentra la piedra con las pinturas. Entusiasmado por los datos, y luego de algunas reuniones previas, se organiza una nueva expedición, formada por los Dres. Omar Barrionuevo y Edgardo Córdoba, el Ing. Julio Negrón y los Sres. René Peralta y Luis Vaca.
Llegado el día señalado, y ya sobre la partida, a las seis de la mañana del 22 de junio de ese año, el Ing. Negrón, desiste del viaje por cuestiones particulares. El resto del grupo llega al puesto Santa Ana a las diez horas, luego de recorrer 56 kilómetros por la ruta provincial 33, donde se pone en contacto con don Máximo Morales, quien trata de hacerlos desistir del viaje. Asegurándoles que sufrirán desgracias. Por Morales se enteran que la quebrada se llama en realidad quebrada del Salto. Como el grupo decide quedarse tres días si arriban con éxito, el doctor Edgardo Córdoba determina regresar, pues tenía un compromiso con el padre que festejaba su santo.
Así fue que siendo las once horas, parten Omar Barrionuevo, Rene Peralta y Luis Vaca guiados por un baqueano, quien los deja en la boca de la quebrada. Luego caminan varias horas sobre el lecho de un río, hasta que a las 15:30 horas, llegan al centro real de a leyenda.
Luego, de un minucioso estudio, el Dr. Barrionuevo concluye de que no hay pinturas sino grabados, o sea, que se trata de una amplia terraza con petroglifos, los cuales señalan algunos aspectos de la vida de aquellos que poblaron la zona, siendo muy importantes desde el punto de vista arqueológico. Es necesario hacer notar que una gran parte de la pizarra fue dinamitada, tal vez con la ilusión de encontrar el renombrado tesoro, o quizás, para hacer desaparecer los vestigios en los que se basa la leyenda, sumamente trágica.
En el mes de agosto de 1972, el Dr. Omar Barrionuevo, como presidente del Ateneo de Investigaciones Antropológicas de Catamarca, forma una nueva expedición, integrada por otros dos miembros de esa entidad, el profesor José Luis Gomez Bello y el Sr. Victor Manuel Palacios. Pero esta no fue motivada, por el espíritu un poco aventurero de los expedicionarios, sino que se llevó a cabo con fines netamente científicos, que pronto se dieron a conocer en el Quinto Cuaderno de Antropología Catamarqueña, publicado por el Dr. Barrionuevo, quien murió en octubre de 1973.
Para finalizar diré, que la leyenda sigue aun teniendo vigencia. Quizás se deba a que la mayoría de los que llegaron a la Piedra Pintada murieron relativamente jóvenes, o de forma poco frecuente. En cuanto a la existencia del tesoro de los jesuitas y a la veracidad de la leyenda, queda a criterios del lector.
Amalia Menecier de Barrionuevo
"Leyenda de la Piedra Pintada de Tipán" Trabajo impreso por la Universidad Nacional de Catamarca en 1977.














