Miércoles, El tren no pasa una sola vez en la vida.
Han pasado 10 años y esto aprendí Que sin importar la hora Siempre se llega a destino Que sin saberlo ya nos sobra el tiempo, Si nos sobra, por que nos lo han regalado. Por años censure este día, Simplemente era un día en pausa como un 29 de febrero del que no es relevante estar pendiente todo el tiempo. Solo que no podía Tapar el sol con dedo. Esa mañana yo como siempre corría, como vivía a esa edad, en esa juventud, en ese despertar de la vida. Y como nunca más volví a correr del mismo modo desde entonces. Algo extraño pasó por mi piel esa mañana, recuerdo que baje de la combi en Liniers y corrí por unas dos cuadras la AV. Rivadavia y la Gral Paz porque veía el tren entrar al andén. Como siempre yo apurado, por trámites, díganme, ¿por qué apurado? cruce una calle ancha haciendo hazallanas esquivando gente. díganme! ¿apurado por qué ? ¿Por qué el tiempo así lo dicta? ¿Por qué el mundo así se mueve? Porque el Sol y la tierra no detienen su rotación si yo decidiese frenar un poco. Y se cerraron, se cerraron las puertas, se cerraron al raz de mi espalda en el último vagón. Como si me cortaran alas invisibles sentí esa sensación en mi piel de haber llegado justo pero otra vez ahí, en la infinita cantidad de posibilidades yo había llegado a tomar el tren en su último vagón y aún en movimiento, aún en camino, aún con el tren avanzado por las vías yo habia decidido seguir apurado, no frenar y seguir caminando dentro del tren esquivando otra vez gente, no descansando, sin mirar el paisaje por las ventanas y fui rumbo al primer vagón como siempre, apurado, para bajar primero, para ahorrar tiempo. Ahorrar, el acto de guardar algo que sabemos que se va a terminar pensando que no lo vamos a tener, o porque es difícil de contener o es escaso. Recuerdo volver a casa en colectivo, recuerdo ver la angustia en las calles a través del vidrio, el terror, los helicópteros, los medios, la gente fue todo tan rápido y a la vez no he borrado esa escena de mi retina todavía, porque en mis ojos eso quedó siempre en pausa. Llegué a casa ese día estaba solo. Encendí el televisor. Vi lo que pasó y vi la hora en la que pasó, todavía tenía en mi bolsillo mi celular con mensaje enviado a la hora que era apenas subí al tren. Con los ojos lagrimosos y viendo los horarios sospechando mi cercania. Pase a lentamente y con miedo a poner la mano en el bolsillo de mi pantalón y cuando vi su tiempo y vi que alcance a tomar exactamente el anterior. No hice más que llorar. Un segundo, una milésima de segundo. En el azar del destino o en la multiplicidad de posibilidades, si hubiese no alcanzado ese tren, hubiese tomado el siguiente y yo hubiese repetido todo, apurado hubiera caminado por dentro para irme al primer vagón, para no perder tiempo, para no perder tiempo! Sin mirar las ventanas, sin mirar el paisaje, sin hablar con la gente, esquivando a los demás. Desde ese día no volví a ser el mismo, no quise dejarle al azar la chance y entendí que en realidad el tiempo es un regalo, que este mismo momento es un acto de suerte, que nada hay que ahorrar porque nada hay que perder. Porque el tiempo no existe, es el continuo devenir de este presente el gran regalo! Desde ese día me siento en las ventanas en los vagones del medio. Y miro el paisaje, desde ese día no uso reloj en la muñeca. Desde ese día cuando conozco a alguien ya no la esquivo. Me quedo a escuchar. Y sobre todo voy más lento. Aprovecho cada segundo que pasa o mejor dicho que está pasando porque el tiempo no me alcanza, me sobra! Me sobra y ya no quiero quedarme sin disfrutarlo. Porque yo hoy estoy aquí. Pero ese día hubo un tren que llevó 52 estrellas al firmamento en un servicio rápido sin parada en estación final, sin parada en paisajes, sin parada en abrazos, sin parada en un beso, sin bajar de un tren, directo al cielo.















