Advertencia sincera
Había sido una noche muy larga, pero a nosotros se nos pasó en un abrir y cerrar de ojos. Hablamos de la vida, de nuestros sueños, de nosotros...
Y claro, en estas conversaciones generalmente la sinceridad y la curiosidad son inversamente proporcionales al nivel de cansancio. La somnolencia tiene un extraño efecto narcótico, como si uno fuese inyectado con el suero de la verdad. Eventualmente alcanzaríamos un nivel de sinceridad pura.
Fue entonces cuando ella me preguntó acerca de mis miedos. Sin vacilar, le respondí:
— Hay un miedo en mí por sobre todos los otros, uno que jamás pude superar: el miedo a las expectativas. Pero ese miedo tiene su razón de ser. Verás, jamás pude satisfacer las expectativas de una persona (o por lo menos nunca siendo consciente de ellas), y me tocó observar mil pares de ojos decepcionados observándome. Por eso, querida, debo advertirte que no esperes nada de mí, así tal vez tengas una vida llena de gratas sorpresas... pero si llegas a esperar una sola cosa de mí, seguramente no me alcanzará la vida para sanar tu profunda decepción. Es así como funcionan las cosas conmigo.
El ambiente se tensó ligeramente, supongo. La conversación se apagó y fuimos a la cama. A la mañana siguiente la conversación permaneció apagada, y así por varios días, y también semanas. Luego ella se fue.
Qué mujer tan especial, debo decir. Al parecer ella entendió muy bien mi advertencia.




















