Ya no es ninguna novedad que nadie me considere relevante en su vida, me eche de menos, note mi ausencia o intente comunicarse conmigo. Así que, para no desaprovechar mi presencia ni mis palabras, aparezco por aquí.
seen from United States
seen from Netherlands
seen from United States
seen from Hong Kong SAR China
seen from Netherlands
seen from Türkiye
seen from United States

seen from United States

seen from Malaysia
seen from Germany
seen from China

seen from Malaysia
seen from China

seen from United States
seen from United Kingdom
seen from United States
seen from United States
seen from Philippines

seen from United States
seen from United States
Ya no es ninguna novedad que nadie me considere relevante en su vida, me eche de menos, note mi ausencia o intente comunicarse conmigo. Así que, para no desaprovechar mi presencia ni mis palabras, aparezco por aquí.
Ha pasado tanto, he hecho cosas que nunca creí haber hecho, aprendí bastante... amé con intensidad; ha pasado tanto que no te escribo, pero hoy considero que es hora de decirlo en voz alta: ya te he dejado ir, y no a ti, sino a los miedos que me dejaste cuando te fuiste.
No hay palabras que describan el agotamiento emocional tan grande que es morirse por dentro y saber que algo dentro tuyo se rompió para siempre.
Me había habituado tanto a esa misma frase que terminó volviéndose parte de la dieta básica del día a día, como el pan duro que se mastica sin ganas pero se acepta por costumbre. “Te quiero mucho, ¿sabes? Pero…”; un eslogan gastado, casi publicitario, diseñado para suavizar el impacto de una promesa que jamás pensaba cumplirse. Una muletilla reciclada hasta el cansancio, repetida con la ligereza de una canción pop pegajosa que nadie pidió, pero que insiste en sonar una y otra vez, convencida de que jamás pasará de moda. Así que, cuando se trataba de planes, aprendí a hacer lo único sensato: esperar. Esperar al día señalado, al mensaje inevitable, al momento exacto en que la frase caería como una cortina ya conocida. Y creo, con cierta ironía amarga, que puedo contar con los dedos de una sola mano a las personas que no me la han dicho alguna vez en la vida; lo curioso es que aún me sobran dedos. Pero qué más da. En la rutina silenciosa de los decepcionados, de los que ya no esperan sorpresas, la más grande de todas termina siendo dejar de sorprenderse por algo. Quién diría que una frase tan supuestamente tierna, tan alegre en apariencia, escondiera un mensaje subliminal tan devastador. Una declaración de afecto que, en el fondo, siempre fue una despedida anticipada.
I Love You, But… — from The Chronicles of Tartarus
O al menos así pensamos algunos...
Cambié como persona, cerré etapas para tener tranquilidad en mi vida, aprendí a valorar mi soledad, empecé a cuidar mi amor propio y a día de hoy nada es igual que antes, todo es diferente y todo cambió. Las decepciones me enseñaron a ser una persona selectiva, aprendí a no darle lo mejor de mí a quien no se lo merece y que no se puede encajar en un sitio por más que insista, cuando la vida te dice de mil maneras que algo o alguien no es para ti, lo mejor es alejarse. También aprendí que es sano establecer límites en la vida y no dejar que cualquiera se aproveche de tus buenos sentimientos, no tienes que aguantar todo lo que te haga daño, valórate y aparta de tu vida a quien no sepa apreciar aquello que das de corazón, toma distancia de la gente hipócrita que no te quiera ver llegar lejos y no estés para personas que solo te quieren por conveniencia. Aprendí a caminar sin esperar nada de los demás, no voy detrás de nadie y dejo que se vaya quien se tenga que ir, mi prioridad siempre será salir adelante, lograr mis objetivos y superarme cada vez más. Quien me quiera ver caer le deseo lo mejor, yo sigo enfocándome en lo mío y sigo dando lo mejor para conseguir ser mi mejor versión. Y no me importa empezar de nuevo, lo haré las veces que sean necesarias lo voy a lograr.
Te quedaron riquísimas las mentiras, casi me las como todas.