Un recuerdo trajo la nieve en verano, noche de nevada que llegó como un flash, de la última vez que agradecí algo estando vivo en la tierra que pisé al nacer, donde ayudabamos a las flores salvajes porque el suelo congelado no les permitía florecer... A mi tampoco me lo permitió.
(Gracias por dejarme pasar la noche.)
Aquella vez no quise disculparme, porque me quedé viendo el atardecer y llegué muy tarde a la reunión. La jefe de la tribu estaba ante un tazón de obsidiana y tenía todos sus artilugios en movimiento mientras trabajaba, una fábrica impresionante a toda marcha, desarrollando un mineral para recubrir las armas de exploradores en nuestro poblado, facilitando la caza para la supervivencia o la batalla con los invasores que saqueaban nuestros huertos. Era un tema vivir ahí, pero ellos eran felices aunque nunca les comprendí ni un poquito.
Cuando llegué a su lado, subió la mirada para ojearme, con ése par de ojos negros un atisbo de preocupación me disparó.
De reojo, percato mi reflejo en las vajillas de plata sobre la mesa de trabajo; Un mocoso mugriento con un gesto tan gélido y vacío cuya expresión podría asociarse a la indiferencia, el camisón manchado de sangre denota lastimaduras en los codos, el espacio no permite ver más allá de la cadera para admirar también cómo poseía la piel de las rodillas abiertas a simple vista, el rastro de lodo en mi rostro es maquillaje sobre el coloreado del flujo sanguíneo furioso y continuo que pretende tenerme a buena temperatura pero no me permitirá soportar más el clima inclemente afuera que me ha quemado los labios, mejillas y nariz, sin la túnica representativa de la tribu Qián, ni los estropajos para mantener caliente a los niños, con el amuleto de protección roto colgando del puño en la diestra; Desastroso y avergonzado, no le sostuve la mirada.
Me alejé unos pasos para desvestirme de ésa tela sucia ante las llamas de la chimenea y alimentarlas con ella, admirando el tono morado de las llamas consumiendo las fibras y la sangre, con parsimonía busqué el baño para lavarme la piel con la corriente de agua termal directa que atraviesa convenientemente todas las casas de la zona. La noche fue pesada mientras me limpiaba el lodo, por éso al terminar me dediqué a sentarme en la esquina sobre mi taburete predilecto, un viejo e importante cofre sellado, en donde cerré los ojos para descansar mientras sangraba en silencio con el semblante de un guerrero caído. El olor al vinagre de arroz y raíz de salvia me despertó un instante siguiente al cerrar los ojos para hacerme estornudar, sintiendo después el ardor y picor de mis heridas restregadas con ellas, si cierro los ojos puedo imaginar cómo debió ser de engorroso, y de tener cuerpo mi memoria muscular todavía reaccionaría, sin importar cuánto pase. La mujer sabia arrodillada ante mí sabía con tocar mi cuerpo, todo lo que había ocurrido conmigo ése día, ella sabía también lo que pensaba y lo que sentía hasta lo más profundo, ella estaba triste mientras me curaba porque sabía mi destino, que curarme era en vano, sólo ahora yo soy capaz de encontrarle sentido ése cariño y pesar, demasiados años después. No era capaz de morir de frío y mi aura de plata se alimentaba como podía de toda la energía del lugar, pero sólo ahora comprendo la habilidad que no supe controlar, demasiados años después. Era un niño caprichoso y impotente, torpe y egoísta, herido y triste, un diamante en bruto con habilidades difíciles de lidiar empuñando mi valor para defender sin saber apuntar a quién; ahora soy un adulto como ella, a mi manera caprichosa, impotente, torpe, triste y herido todavía luego de tantos años después, estoy pulido con motivaciones de proteger, cuando demasiados años después ya no hay nada que salvar siquiera.
Ya no hay nada.















