Rotterdam, Nederland.
51°57′51.95″ N, 4°27′4.45″ E.
Nunca había tenido un sueño tan extraño como el de aquella noche, lo suficientemente extraño como para hacerla retorcerse entre las sábanas hasta que despertó y se incorporó de golpe en la cama. Estaba aterrorizada y no sabía la razón, el labio inferior le temblaba y los dientes le castañeaban debido al frío. Cerró los ojos con fuerza y respiró, inhalando y exhalando con cuanta lentitud le fue posible en busca de recuperar así la compostura. Entonces, lo escuchó. Nueva York había sido siempre una ciudad muy ruidosa, pero en todos sus años viviendo allí, jamás había escuchado un estruendo tan ensordecedor como el que pronto invadió cada rincón de la ciudad. Era una alarma de emergencias. Para sonar de aquella forma, estaba segura que era la alarma nacional. Abrió los ojos, ahora más asustada que antes, y se llevó las manos a los oídos para intentar apaciguar el escandaloso ruido que le retumbaba hasta en las sienes. Y entonces, recordó lo más importante: Aaron. Sin siquiera reparar en el hecho de que había despertado en medio de un cuartito diminuto que estaba lejos de parecerse a su habitación en Manhattan ni que al parecer había estado durmiendo en el suelo, la castaña se puso de pie desesperada mientras que en la penumbra intentaba dar con el paradero de su hijo. No estaba por ninguna parte. De hecho, ni siquiera lo escuchaba llorar. Todo lo que sus oídos percibían eran la jodida alarma, estruendo que provenían del norte de la ciudad como si la estuviesen derrubando y a la gente gritando y sollozando aterrados. Lo llamó desesperada, gritó el nombre de su bebé con toda la fuerza que tenía andes de cundir al pánico, juraba que la voz le desgarraba la garganta, pero nada logró que obtuviera respuesta. El corazón le latía con tan intensa velocidad que sentía que se ahogaba. Más que un sueño, aquello parecía ser una pesadilla demasiado real como para ser producto de su imaginación.
La puerta del recibto se abrió de golpe y dejó ver una figura femenina entrando por la misma. La mujer tenía el cabello castaño largo recogido en una trenza y ojos oscuros y penetrantes, los cuales evidenciaban junto al resto de sus facciones que estaba aterrorizada. No creía haberla visto nunca en ninguna parte antes de aquella noche, pero por alguna razón su presencia le resultaba familia, como si la conociera. Llevaba un camisón blanco puesto, manchado por la suciedad como si hubiese dormido en el suelo con él y cuyo ruedo estaba deshilachado. Dijo algo, pero Cassia no alcanzó a comprender lo que decía por culpa del ruido.
—¡Vámonos! —gritó por fin, haciéndose oír por encima de la sirena.
La mujer ni siquiera esperó respuesta de parte de Cassia, pues tras haberle lanzado una raída manta para que se cubriera debido a que también ella misma usaba un camisón pero sin mangas, ya se había esfumado una vez más con apresuro. Pero ella no, ella no iba a irse todavía, debía encontrar a su hijo primero. Sin perder más tiempo, Cassia se inclinó a tomar la manta y reanudó su búsqueda por cada rincón del lugar sin éxito alguno. Finalmente, la (no tan) desconocida volvió a entrar al cuarto y le tomó de la muñeca con firmeza para de este modo arrastrarla fuera del recinto.
—¡Si te quedas te mueres! —le espetó, y de inmediato se tuvieron que sujetar de las paredes al sentir la estructura del sitio tambalearse con violencia. —¡Ya vienen!
Su acompañante palideció. ¿Ya venían? ¿Quiénes venían? Estaba confundida. Antes de poder preguntárselo las paredes crujieron amenazando con caerse y una nube de polvo las cegó, provocando que ambas empezaran toser. La mujer se reincorporó y la ayudó a hacer lo mismo. Planeaba preguntarle también su nombre, pero antes de hacerlo se dio cuenta que de alguna manera ya conocía la respuesta, como si siempre lo hubiese sabido. Era Martha. Cuando ambas fueron capaces de recuperar la compostura, Martha tiró de su brazo una vez más y juntas bajaron por unas empinadas escaleras que se encontraban ocultas tras diversos muebles. Si ya de por sí era difícil bajar los escalones debido a su reducido tamaño, la tarea se les imposibilitó aún más gracias a que el suelo se movía con tanto intensidad como si se tratara de un terremoto. Al pie de las mismas, un grupo conformado por casi diez personas aguardaba por ellas; jamás había visto sus caras antes, pero su aflicción era mutua. Un silbido rasgó el aire y antes de preguntar qué era, Cassia escuchó la detonación de una bomba demoliendo casas y edificios.
—¡Malditos nazis! —gimió una mujer, quien abrazaba a una niña contra su pecho.
—¡Todos vamos a morir! —se lamentó otro hombre de edad más avanzada luego de que más detonaciones lo alteraran. —¡Debí quedarme en Suiza! ¡Rotterdam no es seguro! ¡Ningún lugar es seguro para nosotros los judíos!
Los ataques se estaban acercando a ellos, podía oírlo con clardidad. La nube de polvo se volvió más densa, más sofocante. Por fin, alguien –cuyo idioma no supo identificar– sugirió que salieran del edificio haciendo señas con las manos. La mayoría de los presentes optaron por acceder y seguir a las múltiples personas que corrían fuera de sus casas para buscar un lugar seguro lejos del centro, pero Cassia se petrificó. Sabía y sentía que Aaron no estaba ahí, que estaba sola, pero aún así no fue capaz de moverse. Vio a Martha cruzar la sala para abandonar el lugar, pero cuando se percató de que no era seguida por ella, se detuvo. Su amiga estaba a punto de devolverse a por ella cuando, sin previo aviso, un proyectil penetró el techo de la vivienda y voló en pedazos todo a su paso. Una columna de tierra, humo y materiales sólidos impactó contra ambas con tanta velocidad y potencia que las alzó por el aire antes de estrellarlas contra un montón de piedras. Un pitido insoportable invadió ahora sus oídos, desorientándola. No supo cómo ni en qué momento, pero había perdido la noción del tiempo mientras el calor de las llamas que se habían alzado en las estructuras destrozadas le provocaba una sensación de ardor en la piel. Una piedra le había caído en la rodilla y, guiándose por el insoportable dolor que le provocaba moverla, asumió que la tenía fracturada. Un hilo de sangre se movilizaba desde la comisura de su boca hacia la mejilla y tenía la piel en carne viva en varias zonas de su cuerpo donde los materiales despedidos la habían alcanzado. Cada centímetro de su cuerpo dolía con brutalidad, pero aún así se obligó a incorporarse. Con la poca fuerza que le quedaba en los brazos empujó la roca que molía su pierna; sollozó y gritó, pero pudo conseguir liberarse sola tras varios minutos. Con las lágrimas inundándole los ojos, se levantó. No podía escuchar nada y tanto la cabeza como la rodilla le infligían un dolor insoportable, pero a como pudo se arrastró por entre el montón de escombros en busca de su amiga para verificar que estuviera bien. No le tomó mucho encontrarla: Martha yacía aún entre polvo y rocas. Estaba más lastimada que ella y Cassia pudo notar que parte de su pierna le faltaba; estaba en un charco de sangre, debatiéndose entre la vida y la muerte. No pudo mirarle por mucho tiempo, así que se dejó caer a su lado y le sostuvo la cabeza entre sus manos, sabiendo tan bien como Martha que no sobreviviría mucho más tiempo, en especial porque el bombardeo seguía cobrando lugares y víctimas cada vez más cerca de ellas. Aún cuando la castaña se lo imploraba con sus últimos atisbos de cordura, Cassia se negaba a abandonarla. Se inclinó sobre ella y, para acallar su insistente pedido, le depositó un beso sobre la frente. No sabía porqué, pero sentía que estaba perdiendo a una hermana. Sujetó una de sus manos con firmeza, intentando transmitirle la calma suficiente cuando, en medio de aquel caos, más bombas comenzaron a llover del cielo. Martha dio entonces su último aliento, y Cassia la aferró contra su pecho con algo de dificultad. Cerró los ojos con fuerza, esperando despertar de tan horrible sueño justo antes de que un nuevo proyectil cayera sobre ellas, poniéndole fin a su pesadilla. Rotterdam, aquel día, había sido reducida a cenizas.