Scotland, United Kingdom.
Glasgow.
55°51′36″ N 4°15′0″ O.
Las tardes en Glasgow siempre habían sido sus preferidas, especialmente cuando el sol lentamente se ocultaba al horizonte con aquella majestuosidad característica y bañaba el cielo en tonos azules, naranjas y violetas. Era a aquellas horas que el trabajo se volvía más llevadero, las mesas del café lentamente se iban vaciando y las personas pasaban de largo en dirección a sus hogares luego de una larga jornada laboral. Era a aquellas horas también que el mismo hombre se aparecía en la entrada y se sentaba en la acera a mendigar unas monedas a quienes transitaban por allí. ¡Cómo odiaba su jefe a aquel anciano! Según recordaba Cassia, en más de una ocasión el hombre lo había llamado una escoria y un estorbo, le culpaba por alejar a los pocos clientes que recibían y por dejar mal a su negocio. No obstante, algo en el rostro de aquel anciano siempre conseguía despertar lástima en el noble corazón de la castaña. Su cabello blanco denotaba que era mayor de los setenta, al igual que su espalda curva y la manera en que cojeaba al arrastrarse lentamente por la acera. Las marcas de expresión en su cara y las bolsas en sus ojos externaban la dura vida que de seguro llevaba, y aquello era algo con lo que la sueca no podía no sentirse culpable ante el mal trato que su jefe tenía para con él.
Aquel día, como todos, el pobre cano reapareció a la entrada del local. Su raído suéter de lana estaba mojado y tenía un agujero en el hombro por el que sin duda el aire se filtraba. El gorro que tenía en la cabeza estaba desacomodado y su expresión, siempre melancólica, dejaba en claro que nada bueno le había pasado. Igual que siempre, lo vio echarse en el suelo y extender las manos cada que alguien pasaba para ser ignorado como casi cada vez. ¿Es que acaso nadie tenía corazón? Lo veía frotarse los flacos brazos con insistencia y removerse en el suelo en un intento por entrar en calor. Aún así, nadie lo ayudó. Cassia, quien hasta aquel momento había permanecido inmóvil tras el mostrador, giró la cabeza hacia la puerta correspondiente a la oficina de jefatura. Estaba cerrada y, a través del cristal, podía divisar la gordinflona figura del dueño sentado en su escritorio. Fue entonces cuando una idea fugaz se le cruzó por la cabeza y decidió acatar a lo que su corazón le gritaba que era correcto en ese instante. Hincándose de rodillas en el suelo, la azabache rebuscó entre las tazas hasta dar con una de porcelana y se dirigió hasta la cafetera para verter una considerable cantidad del humeante líquido dentro de esta. Acto seguido, calentó un poco de leche en una tetera pequeña y sobre un plato colocó un par de bocadillos que se encontraban tibios también. En una bandeja colocó los platos y envases y se dirigió hacia una de las mesas vacías en la esquina de la cafetería, donde con delicadeza se encargó de preparar el espacio meticulosamente. Cuando por fin acabó, dirigió los pasos hasta el exterior de la tienda y se situó al lado del anciano con una amplia sonrisa iluminándole el rostro.
Algo confundido en un principio, la reacción del hombre fue de disgusto y sorpresa. En escocés pronunció una frase que, Cassia asumió, era para pedirle que se fuera, mas no se movió. En su lugar, la joven se inclinó para extenderle la mano y aguardó hasta que él por fin la tomó. Con cuidado le ayudó a incorporarse y, permitiendo que se sostuviera de su brazo, le ayudó a caminar al interior del local directamente hasta la mesa que había apartado para su invitado. Pronto, la gratitud se reflejó en los llorosos ojos del señor que parecía ahora conmovido ante la idea de que alguien hiciera algo así por él. Tras ayudarlo también a tomar asiento y verificar que todo lo preparado fuese de su agrado, Cassia se retiró para tomar del perchero el abrigo de su jefe, el cual siempre dejaba abandonado en el local y jamás lo notaba. Lo extendió sobre los hombros del anciano, quien ahora degustaba con ahínco los aperitivos que había colocado para ayudarlo a llenar su estómago al menos por aquella noche, y le escuchó pronunciar un “gracias” apenas entendible. Sabía que meterse en problemas era algo casi inevitable, pues aunque tenía ya varios años de laborar en aquel lugar, su jefe no era exactamente un hombre indulgente. No obstante, aquello no le preocupaba en lo absoluto mientras admiraba con satisfacción la alegría desbordar en el rostro del mendigo. Aquella expresión era la paga que necesitaba y lo único que tenía relevancia.