Adoro dibujar a yani con cara de conflicto

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Adoro dibujar a yani con cara de conflicto
Have you ever dreamt to stare at the whole text of Dante’s Divine Comedy with just one glance? Then, if you happen to be in central Italy, for no reason you should miss out on a visit to the beauti…
Crítica ganadora Criticón 8 • Una luna para los malnacidos: lo contemporáneo de lo entrañable
Por Tartamudo / Uriel Mejía Vidal
Ciertosdramas, como seres que la naturaleza ha privilegiado, ven pasar el tiempo en incontables lecturas y representaciones, sin perder por ello la fuerza vital con que fueron concebidos. Son universos imperfectos, o como decía Arthur Miller “accidentales”, reflejo y síntesis del alma humana, casi siempre atormentada. Así sucede de nuevo, y al mismo tiempo por primera vez, con Una luna para los malnacidos, obra que pertenece al último ciclo creativo de Eugene O´Neill –quizá el más personal y laberíntico— cuyo germen ya se vislumbraba en Largo viaje hacia la noche, y que representa la letra, la palabra, la voz dolorosa de reivindicación para Jamie O´Neill, su hermano mayor.
El foro Sor Juana, con ese aire de maternal intimidad, es el lugar elegido para contener dos universos que se revelan y complementan al mismo tiempo: el del hombre y el del mito. Mario Espinosa y un sólido equipo de creativos, asumen dicho ejercicio de autoexploración, logrando de forma magistral hacer nacer la verdad artística, y capturarla en un instante de comunión.
La historia explora la búsqueda humana de consuelo universal ante un pasado que se vuelve presente y futuro. Jim Tyrone, apuesta la última esperanza de decir “perdón” a su madre muerta en la imagen de Josie Hogan, una mujer que resalta por ser tan distinta a aquellas señoritas de Broadway con las que tantas noches vacías ha pasado. Y, como si de un jugador al borde de la bancarrota se tratase, Jim deja caer sus dados en una cita en la que se cuelan dos invitados: la luna y el alcohol. ¿A cuál de los dos representa el espectador? A ambos seguramente.
Espinosa apuesta a su vez por una escenificación en la que el personaje y el actor, estén tan desnudos, dramáticamente hablando, como sea posible, volviéndose la gama de caras humanas el principal recurso y eje motor. Apenas el espectador da un paso hacia su butaca, y contempla el trabajo sobrio (ficción desde el primer vistazo) que en escenografía ha realizado Gloria Carrasco, llega la sensación de que algo insondable ya ha iniciado. El espacio circular invita a buscar un centro, contenido por los últimos suspiros de un viejo árbol. “Ahí va a nacer algo”, susurra el diseño. El vestuario, a cargo de Enrique Jiménez e Israel Ayala, es una extensión del estado anímico y físico del personaje, mientras que el diseño sonoro es una reverberación dentro del plano mítico que anuncia, a modo del teatro griego, la inminencia del caos y la desolación. Por su parte, el texto, a cargo de Humberto Pérez Mortera, captura el lenguaje de los personajes de O´Neill y lo hace reconocible en tiempo y forma al espectador. Además escoge, entre los títulos posibles, el más apto para el espíritu de esta escenificación.
Las interpretaciones hablan de un trabajo de introspección comprometido. Los actores dejan que la realidad de la palabra transformada en acción los abarque, para, llegado el momento indicado, dejar que se manifieste en un grito, en una risa huérfana, en el único llanto de Jim a la luz de la luna; un llanto de expiación en el que muere durmiendo y renace sabiendo que el descanso sólo será eterno en la tumba, pero que en adelante será menor la carga. Karina Gidi se muestra imponente y frágil al mismo tiempo, encantadora con su cuidada corporalidad, que insinúa una profunda ternura detrás de la educación que ha recibido de su padre; irresistible y bondadosa en el llanto contagioso que precede al último adiós a Tyrone. Patricio Castillo es el encargado de llevar el ritmo de acción en la primera mitad de la obra y encuentra la risa del espectador sin buscarla, así como encuentra su reconciliación. José Juan Sánchez, en el papel de Harder revela la problemática aparente de los Hogan, ante la problemática real del hombre, y aunque pequeña su intervención, cumple con el objetivo. Y Rodolfo Árias nos presenta de manera portentosa a un alcohólico a punto de la última caída y con la fuerza de la última pasión; una cátedra total.
Tan conmovedor resulta que Espinosa nos muestre un espejo firme para la memoria, de lo que llevamos dentro.
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EN EL LADO OSCURO DEL SER: UNA LUNA PARA LOS MALNACIDOS
Por LeónManzano / Gabriel Rodríguez
En la dimensión de lo elíptico se guardan huellas invisibles, fragmentos del rompecabezas psicológico que aflora con gestos, ademanes y manías. En la superficie nos asomamos a las conductas, y en el fondo de cada individuo subyacen traumas, pesadillas y frustraciones, bastan los estímulos adecuados para que brote el volcán interno que al vivir en sociedad se contiene. Siguiendo las “buenas costumbres”, los personajes se hacen previsibles: la puta malhablada, el viejo gruñón lanzando improperios, el pedante castrado y un galán inoxidable en el fin del mundo que tiene nuevo dueño. Rasgando el idilio bucólico, el escritor estadounidense Eugene O’Neill, minero de la psicología norteamericana interpretó su mentalidad y la plasmó en monólogos y situaciones donde explota la frustración de los sueños reprimidos. La incredulidad en Dios, la esperanza diluida en el alcohol que entra y sale de los seres como un vehículo para las euforias y las penas. Aún en la lejanía vibran los estereotipos de las estrellas de Hollywood. En contraste con lo campirano y sencillo, las evocaciones de Broadway suenan ridículas y artificiales. Los ecos de la tragedia griega se compensan con las mentadas de madre de los desgraciados. Las majaderías en español, nos acercan al interior exaltado y lo execrable tiene la virtud de volverse entrañable. Bajo la dirección de Mario Espinosa, la traducción de Humberto Pérez Mortera deja fluir una moral envuelta en el criterio y la elasticidad de los deseos. El público es convidado a la escenografía de Gloria Carrasco que dibuja un aro de cantera al que se adentran los personajes como en una glorieta, una pista de circo donde presentan sus estridencias, brota el poder de los silencios y la densidad de sus lágrimas. Afuera hay agua estancada y podrida. Desde ese mirador oscuro se asoman al paisaje, alejados de la civilización y sus amenazas. El trazo delimita sin imponerse, abre la imaginación a los espacios cercanos como la casa y otras propiedades vecinas o nos coloca en un punto imaginario en Estados Unidos. La enorme rama del árbol que se asoma en lo alto, es testigo de las confesiones y cobijo imposible de las tristezas. Como una bocanada de viento llegan cada tanto los acordes de una guitarra lánguida, rasgando escalas de blues. El diseño sonoro de Rodrigo Espinosa nos transporta por la costa este y las venas del río Mississippi.
Satélite circular, luna llena, círculo eterno. Resumen de un país con voces de las generaciones rotas, olvidadas y sus anhelos pospuestos, las fragilidades encarnadas en la puntualidad otoñal, que cierra los meses y anticipa el año nuevo. La dirección huye del melodrama y suma el antídoto del humor para hacer reír y no llorar en las orillas obvias en las que duelen más las heridas del tiempo fracturado en las familias marcadas por el olvido y los alejamientos. Los personajes se cimbran en el cuadrángulo de piezas que no embonan y se estrellan en pedazos y en abrazos. Phil Hogan, interpretado por Patricio Castillo es el temperamental padre de Josie Hogan interpretada por Karina Gidi, flor de invierno local tocada por hojas crepusculares y envuelta en las noches ajenas. Una tarde todo cambia cuando los límites del pudor y el honor se apuestan buscando el porvenir y el amor paterno se inflama de cinismo. Rodolfo Arias es Jim Tyron, gigante de azúcar que se derrite en la ternura de la carne que encarnó sus espejismos. José Juan Sánchez da vida a T.S. Harder, muchachito pedante que se embarra en el orgullo de los humildes. Esa noche todos viven metamorfosis rugiendo y refugiándose en las palabras agresivas. Luego se funden los amores para dejar aflorar los espíritus al límite. Poco visto en nuestro país, el realismo norteamericano de O’Neill sintetiza en pinceladas profundas las contradicciones de su nación. En esta pieza inédita en México y producida por Teatro UNAM en el ciclo Los grandes dramaturgos del siglo XX, se asoman las paradojas, los peligros y los enemigos del sueño americano, los hombres dignos contra las corporaciones voraces, el latifundio y las metáforas de la contaminación ambiental. Amanece y la soledad es el camino de libertad que todos piden. Renacen los malnacidos, a partir de ese día pueden cambiar sus vidas.
Una luna para los malnacidos
Por F. Rea / Fátima Rea Murguia
Dirección: Mario Espinosa.
Todos estamos escondidos en la oscuridad del jardín, allá donde la desolación no permite ver más. La arquitectura esta erosionada, la naturaleza marchita y todo queda a merced de una luna que nos ve desde lo alto.
Un grupo de personajes entran a este círculo, reflejo de los malos hábitos que nos tienen viciados, donde algunos son incapaces de salir u otros deciden por voluntad propia permanecer, y solo nos queda observar como sus decisiones los llevan, sin planearlo, al descubrimiento de uno mismo a través del reflejo en el otro.
Mario Espinosa nos presenta uno de los capítulos más íntimos en la vida del autor Eugene O’Neill, padre del realismo norteamericano que utilizó referencias como Connecticut, la depresión y el alcohol, para exhibir su vida familiar y en particular, el reflejo de su hermano Jamie, quien bebió hasta morir.
“Una luna para los malnacidos” es una obra de gran profundidad y humanismo, que le exige de una transparencia emocional a sus actores en todo momento; Karina Gidi, Patricio Castillo, Rodolfo Arias y José Juan Sánchez, sirven como medios para reflejar la decadencia humana que busca defenderse con violencia verbal y una armadura dura y hostil para así proteger las inseguridades que atormentan día tras día.
Poética, romántica, nos saca esas risas melancólicas continuamente, donde cada palabra les sirve para ocultar sus deseos y hacer un ajuste de cuentas con su pasado, permitiendo al espectador identificarse y compadecerse de las exigencias a las que nos sometemos como sociedad.
Ésta puesta en escena genera un reto, donde el peso de su autor y el del género dramático, convoca a un equipo de primera, capaz de remover aquello que creíamos oculto dentro de nosotros gracias a la homogeneización estética y discursiva que se logra. “Una luna para los malnacidos” fue parte del Ciclo los Grandes Dramaturgos del Siglo XX en el Centro Cultural Universitario, de la UNAM.