Sesiones XIV a XVII, extra - 11º a 13º días de Tinne, 4E23 - El asesino sin nombre.
Selen y su nuevo compañero habían llegado a la mañana a Ungolt. Al ver la ciudad-cueva, el encapuchado acarició su máscara azul, con ella debía ejecutar el nuevo contrato. Ambos decidieron entrar en la primera taberna disponible a fin de encontrar información sobre su presa, la sorpresa fue difícilmente disimulable cuando constataron que Acertijo Turbovapor, del que hasta entonces sólo conocían el nombre, resultó ser el presidente electo del gobierno de la ciudad. El asesino comprendió que necesitaba separarse del llamativo forjado si quería tener éxito en una tarea que parecía tan necesaria de sutileza y tan pronto como pudo, se alejó por su cuenta buscando establecer un centro de operaciones en la ciudad; la vida de una anciana fue el precio a pagar. Una vez establecido comenzó la investigación, no era ningún secreto que Turbovapor había pertenecido hasta su elección al Gremio de Aeronáutica, uno de los más innovadores entre los gnomos que pretendía hacer viable el transporte por aire. El encapuchado decidió descansar y acudir al gremio por la mañana para intentar ganarse su confianza y poder obtener un acceso a su objetivo.
Selen decidió conocer la Universidad de Ungolt, buscaba entre los jóvenes de distintas ciudades a aquellos que le permitiesen seguir corrompiendo la reliquia que portaba. Con gusto por el conflicto y ganas de generarlo, Selen pronto tomó contacto con el Frente Nórdico, una asociación de estudiantes que veían en la cultura nórdica una utopía social en la que los más aptos gobernaban y el dinero no tenía cabida. Entre sus muchos movimientos matutinos, la forjado vio con asombro como un tren, la bestia mecánica de la que hasta ahora sólo había oído hablar, entraba en la estación entre férreas medidas de seguridad; alguien importante debía de estar visitando la ciudad.
Mientras tanto, el hombre sin nombre había alcanzado el Gremio de Aeronáutica y tratando de simular entendimiento, había comenzado a tratar con los responsables de sus talleres. Pronto vio su oportunidad de conseguir la confianza de la organización: algunos de los investigadores habían desarrollado un nuevo sistema de despegue rápido vertical y necesitaban probarlo con alguien de mayor peso que un gnomo. El asesino pronto se prestó a ser ese alguien. Ya casi era medio día, por lo que la prueba de despegue se produciría a la mañana siguiente. Durante toda la tarde, los gnomos tomaron medidas de su nuevo probador y le explicaron el funcionamiento (o supuesto funcionamiento) del artefacto que se había propuesto probar.
Al llegar la mañana siguiente, el hombre sin nombre fue conducido al tejado de la estación, el edificio más sólido de la ciudad y el único que supuestamente podría soportar sin riesgo el empuje del prototipo. Allí fue introducido en la máquina con instrucciones precisas de cómo proceder, incluyendo el despliegue del paracaídas cuando el empuje cesase. La muchedumbre congregada en la gran explanada ante la cueva, entre la estación y la universidad esperaba expectante el lanzamiento. El asesino tomó aliento y comenzó con los protocolos aprendidos la tarde anterior. Primero comenzó un leve giro, un temblor y subió la temperatura. Apenas un parpadeo después, una enorme columna de vapor y humo propulsaba el prototipo varios metros en el aire. El improvisado piloto, sufriendo la aceleración, se aplastaba contra el fondo de su compartimento cuando un fugaz reflejo de la gran terraza del Salón de Gobierno de la ciudad le dejó ver la escena: Acertijo Turbovapor se encontraba sentado en una tumbona, acompañado de un humano de mediana edad vestido con extravagantes ropas rosas.
Algo se activó en el cerebro del asesino, rápidamente se colocó su máscara y se preparó para aprovechar la oportunidad inesperada. Desplegó el paracaídas y cortando algunas de sus sujeciones consiguió inclinar el prototipo, acercándose todo lo posible en su caída a la terraza. Al encontrarse cerca, saltó hasta ella y empleando sus capacidades desapareció de la vista ante los atónitos guardias. Para su sorpresa, el acompañante de su objetivo parecía seguirle con la mirada, pero ya trataría ese problema cuando llegase el momento, ahora tenía un objetivo y lo tenía al alcance de la mano. Antes de que la muchedumbre congregada pudiese entender qué había pasado con el artefacto volador, su presidente volaba desde la barandilla de su alta terraza. Aún se oía el grito del presidente en su caída hasta el suelo cuando el enmascarado hizo estallar una bomba de humo y uno a uno fue eliminando a los guardias que hacían sonar sus mosquetes entre la cobertura de la nube.
La inquietud del enmascarado ante el estrafalario hombre de rosa se vio acrecentada cuando, al disiparse el humo, seguía sentado en la misma posición, como quien disfruta de un espectáculo. Apurando su copa, el extraño personaje se levantó y se acercó al reciente magnicida ofreciéndole una forma de salir de allí. Sin otra salida viable, el enmascarado acepto el ofrecimiento y, para su sorpresa, pudo comprobar cómo todo el mundo parecía haberse detenido.
Armand, que en ningún momento dijo su nombre a su nuevo amigo, lo condujo hasta su vagón del tren, contándole que había viajado a Ungolt para negociar una nueva posición en la guerra; la actuación del asesino sin nombre había frustrado sus planes, sin embargo su soberbia actuación había llamado su atención y se decidió a contratarlo. Una vieja amiga suya, Brinnie, se encontraba en peligro, un asesino iba en su búsqueda y en ese mismo instante se encontraba cruzando el desierto. Armand se ofreció a llevar la cabeza de Turbovapor a la dirección acordada a cambio de que el hombre sin nombre fuese a buscar y eliminar a dicha amenaza. Por supuesto, dadas las circunstancias, el enmascarado aceptó.
En mitad de la noche, el asesino sin nombre subía a La Venganza de Sarethey, el dirigible del Capitán Jado y, según el propio Capitán, el método más rápido para cruzar el desierto transportando lo que otros no quieren que transportes.












