Sesiones XXVII y XXVIII - 15º y 16º días de Coll, 4E23 - La rendición de la ciudadela inexpugnable.
La noche cubría ya la ciudad tras más de dos horas, pero ninguno podía verlo dentro del túnel. El grupo, con el drow a la cabeza, había alcanzado ya la salida que daba al despacho de Robers, pero parecía inaccesible desde ese lado. Mientras el asesino buscaba la forma de abrir oyó disparos al otro lado de la estatua que cubría la salida. Se apresuró a localizar el mecanismo que la mantenía cerrada y tan pronto como consiguió abrir el paso saltó al exterior buscando cobertura y viendo como el propio Bon Robers y los últimos de sus hombres trataban de mantener el despacho ante el ataque del ejército azul. Buscó cobertura mientras sus compañeros salían en tropel tras de él.
Ya habían salido Corvo y los dos veteranos, tomando posiciones, cuando Robers reconoció al drow sin nombre y, pensando rápido, anunció a sus hombres la llegada de refuerzos. Con todos unidos, la salida de los demás miembros del grupo de asalto se produjo rápidamente y sin apenas riesgos. Pronto quedó patente que los combatientes del ejército azul no habían contado con semejante oposición, por lo que poco después del despliegue, el despacho había sido recuperado y asegurado y todos comenzaron a plantearse cómo acceder a la azotea a la que no había salida.
En el otro extremo de la ciudad, en el cuartel que se había constituido como base para la batalla, los capitanes de la Legión Azul se disponían a marchar con sus capítulos a las posiciones acordadas y continuar con la toma de la ciudad cuando Sigmund reclamó su atenció un instante. El momento era propicio para un discurso, el clérigo que le había expuesto su próxima encarcelación se había retirado a sus aposentos y Solot había vuelto con sus magos al cuartel anterior para estudiar al semidragón; esto dejaba al predicador vía libre para exponer ideas que de otro modo podrían haber desembocado en un combate. Dobra, Humo y Ambrose escucharon cómo Sigmund clamaba contra el propio capellán del rey. A pesar de las reticencias iniciales a creer en la posible alianza con poderes oscuros de alguien tan cercano a la casa de Katahir, al finalizar el discurso los capitanes habían empezado a dudar de la campaña contra el Temple del Supremo y Dobra Cardoun incluso había asegurado al profeta que impediría su arresto a cualquier precio.
Lovandil no se había alejado demasiado de Sigmund. A petición de éste había accedido a llevar a Jarlax o a Airis a Baray, a presencia de Ela, si el profeta era finalmente detenido. Esto le permitiría acceder finalmente a sus forjados, sin duda, pero también le posicionaría claramente en el bando del Supremo si finalmente se desataba una guerra religiosa en el territorio. Ahora estaba espectante, su compañero aún no había salido del cuartel, se encontraba aún dando su discurso y no tenía un papel que cumplir en la batalla. Una explosión en la ciudadela atrajo la atención de su vista de águila: en la azotea de la torre de gobernación un fogonazo había hecho saltar fragmentos y cascotes en todas direcciones.
Jarlax había empleado dos cargas de pólvora que portaba para volar el centro del techo, bajo el punto de la explosión, previamente habían situado una montaña de muebles con la que subir rápidamente. El plan había sido un éxito, desde luego, antes siquiera de que los soldados que se encontraban sobre el techo pudiesen reponerse del shock de la explosión los tiradores medianos, Corvo, Mialee y los veteranos habían salido entre el humo y habían acabado con todos los enemigos. Poco después las flechas comenzaban a caer desde la azotea del alto hotel de la ciudadela. Las órdenes de Corvo fueron claras, subir tantos muebles como fuese posible y montar una barricada que les permitiese mantener la posición. Mientras tanto Mialee había encendido la señal que le había entregado el clérigo horas antes. Sólo quedaba esperar.
Desde su habitación, el clérigo podía ver la luz de la señal en la ciudadela. Corrió escaleras abajo para reunirse con Erik Solot, era el momento de lanzar el ataque. Los cuernos de la Legión Azul sonaron en la ciudad y las tropas comenzaron su carga simultánea hacia el norte. El carro de Seguridad Privada Attano, guiado por su líder auxiliar avanzaba rápidamente por el pasillo de huida disparando a todo lo que se acercaba al muro y obligando a los enemigos a salir a encontrarse con la carga de la legión.
Sigmund y sus hombres de nuevo cargaban junto al Capítulo VI encabezado por Dobra que tras el discurso había procurado no alejarse demasiado del profeta. La oposición era menor de la esperada, gran parte del ejército azul había abandonado la ciudad y los que cubrían su retirada a duras penas podían frenar la carga. El único nucleo que supuso algún impedimento fue el conjunto de tres cuarteles que protegían el puente a la ciudadela. Sin embargo la Legión Azul y los hombres de Sigmund pronto recibieron el apoyo de todo un ejército de forjados poniendo fin a la batalla por la ciudad.
Los forjados habían tomado ya la ciudadela. Poco después de encender la señal, tres dirigibles cargados de soldados mecánicos habían atracado en el tejado de la torre y habían desembarcado rápidamente. Mientras los encargados de haber facilitado su acceso daban buena cuenta de los tabacos y licores que Robers había dejado atrás en su huida, sólo Mialee permanecía arriba ajena a la fiesta, esperando a quien debía tomar posesión de la ciudad. La espera no duró demasiado; el enorme dirigible que tanto ella como Lovandil había visto en Olik hizo su aparición y tras unas vueltas atracó en la torre dejando salir a varios forjados evidentemente más cercanos a la nobleza. Sus cuerpos adamantinos y la anchura de su armadura ponían de manifiesto que protegían a alguien importante. Ese alguien era el mismo Sir Roderic Sario que descendió del dirigible rodeado de sus clérigos auxiliares.
Alguien estaba llamando a la trampilla oculta bajo la estatua, tan fuerte que incluso los soldados que festejaban la victoria en el despacho podían oirlo. Alguno pensó que era una buena idea abrir a los que probablemente eran más aliados. La sorpresa llegó cuando un elfo apareció augurando un grave peligro. El drow sin nombre reaccionó antes de que nadie llegase siquiera a intuirlo y sujetó por el cuello al intruso amenazando con degollarlo si no se explicaba claramente; la amenaza se vio cumplida cuando el elfo descubrió que costaba expresarse con claridad cuando estaba siendo estrangulado. La respuesta al cuerpo del elfo cayendo por la trampilla fue el lanzamiento de dos botes humeantes al mismo tiempo que tres drow salían velozmente consiguiendo enlazar al asesino. Antes de que nadie pudiese plantearse por qué un elfo viajaba en compañía de tres drow, el humo de los botes había dormido a todos los presentes con la excepció de Corvo y uno de los veteranos.
Durante unos instantes uno de los drow trató de explicarse mientras el enano le apuntaba con su enorme ballesta. Hablaba de un gran peligro, algo guardado durante siglos en el banco de la ciudad, el lugar que se jactaba de ser el más seguro del mundo, algo que los Katahir querían y con lo que darían la vuelta a la guerra. Sin embargo, lo que podía parecer una buena noticia era en realidad, según el drow, un peligro terrible que pondría a todo el mundo a merced de los dragones. Era demasiado críptico y Corvo no pensaba tolerarlo, tenía que tomar una decisión y su decisión fue disparar. El tiempo pareció detenerse en el instante en el que el drow esquivaba el disparo, todo el mundo parecía estar esperando el combate. Uno de los otros dos drow arrojó su lazo sobre el enano consiguiendo atraparle pero no haciendo suficiente fuerza como para derribarlo casi al tiempo que el veterano cortaba la cuerda de un espadazo y el otro drow disparaba contra el veterano. Tratando de acabar con el combate, uno de los enemigos se deslizó por el suelo junto a Corvo y le obligó a sentarse sobre algo que sonó a mecha.
-No tiene sentido luchar. Debemos llegar a la cámara. Espera tres minutos, si te levantas antes todos moriremos aquí.
Mialee se sobrecogió ante la explosión. Los forjados formaron rápidamente mientras el capellán volvía a refugiarse en su dirigible que se encontraba arrancando los motores. La semielfa se apresuró a bajar a buscar a sus compañeros y la estampa revolvió sus tripas; Corvo sangraba profusamente por la terrible herida abierta que casi había cercenado su pierna mientras apuñalaba ferozmente al drow que sujetaba bajo él. A su alrededor los hombres que hasta hacía poco festejaban ahora gritaban de dolor en sus últimos segundos de vida. La metralla había dejado ya sin aliento al drow sin nombre y a Airis, de quién sólo se reconocía el tabardo de Torum. No tardó en reconocer a los drow y pudo intuír qué había explotado, ella misma había tenido uno de esos artefactos en sus manos un mes atrás.
Cuando consiguieron recomponerse dos de los drow habían muerto pero el tercero estaba saliendo de su escondite con otro de esos artefactos armados y listo para explotar sujeto entre las manos. Todos sabían que si moría lo soltaría y ninguno sobreviviría a otra explosión. Exigió que Corvo le entregase la llave del banco que había recuperado del cadáver de su compañero. El enano había perdido las ganas de seguir con aquello y delegó en Mialee la decisión de entregar la llave. El drow aprovechó el descuido para cambiar una de sus manos por el pecho de la semielfa al tiempo que con la mano libre le arrebataba la llave. Despacio se dirigió hacia la puerta obligando a Mialee a seguirle si no quería estar en primera línea de la explosión. Cuando hubieron salido de la vista del enano, dejó a la semielfa sujetar la bomba y corrió escaleras abajo.
Corvo pasó a su lado corriendo tan rápido como le permitía su maltrecha pierna. Si el banco se iba a abrir, él atraparía a Golfrik. Mialee se quedó revisando los cuerpos y tratando de recuperar todo lo que el drow sin nombre llevaba encima. Apenas había terminado de pertrecharse con todo lo obtenido cuando la luz que comenzó a emanar del cuerpo del difunto asesino la obligó a apartar los ojos. Sabía que eso iba a atraer mucho lo atención así que decidió bajar corriendo antes siquiera de que el capellán llegase hasta ella.
Sigmund estaba acabando de asegurar la zona cuando vio la luz que brillaba en lo alto de la torre e inmediatamente la reconoció: era el brillo del Supremo. Dejando atrás a sus hombres corrió en dirección contraria entre los forjados que aún salían de la ciudadela. A lo lejos vio cómo Corvo entraba en el banco pero sin prestar atención siguió corriendo, dejando atrás a sus hombres que trataban de seguirle y a Dobra entre la masa de forjados. Se encontró con Mialee en la entrada y también Lovandil descendió hasta ellos. Durante unos momentos que no le permitían contener su necesidad de alcanzar la fuente de esa luz, pidió explicaciones a la semielfa y apoyo al druida. A duras penas podía creer que la fuente de esa luz hubiese sido el cadáver el drow sin nombre y la muerte de Airis le había sentado como un mazazo en el alma.
Corrió escaleras arriba tan rápido como pudo sólo para encontrarse con dos forjados custodiando la puerta. No tenía permitido pasar, al menos no hasta que anunció quien era. Entonces se le “ofreció” pasar como prisionero. Había sido oficialmente acusado de herejía y debía ser trasladado al Castillo de los Katahir para ser juzgado. Igualmente debían acompañarlo los que habían sido responsables de la herejía junto con él, lo que incluía a los líderes de Heironeous, Hextor y Torum de su contingente. Sigmund quemó su último cartucho: arremetió directamente contra la casa real acusándoles de comprar forjados fabricados en Eulex. La cara de Sario dejó claro que él no estaba al tanto de aquello.
Ordenó soltar los grilletes del mesías y le invitó a sentarse a su mesa. Lovandil pudo oír cómo el capellán hablaba de que Eulex se había elevado en los cielos de Tarhan volviéndose aún más inexpugnable. Los dragones amenazaban el reino desde dentro, pues partir la columna nórdica había dejado campamentos tras las líneas que no eran capaces de erradicar... Los forjados eran necesarios a pesar de la terrible noticia que acababa de recibir. Como muestra de buena voluntad ofreció a Sigmund la posibilidad de dejar libre a Héctor y no perseguir a sus hombres con la única condición de no predicar. Sólo el lider de Hextor viajaría con Sigmund a palacio.
Tan pronto como Lovandil estuvo seguro de que el profeta no saldría de allí, voló hasta sus seguidores para darles la noticia. Tanto Héctor como el elfo habían sido prevenidos y dado que Airis y Jarlax estaban muertos, era el clérigo de Heironeous el que debería acompañar al druida a Baray. Llevarían el cuerpo de Airis, Ela se había comprometido a resucitarla una semana atrás y esperaban hacer valer su promesa. También llevarían los ropajes del drow sin nombre, los únicos restos que había dejado atrás después de que su cuerpo se convirtiese en luz, debían estudiarlo.
Mientras tanto Mialee había llegado a la puerta del banco. Unos forjados se habían adelantado y la custodiaban; no le quedó más remedio que esperar ante la puerta. Al otro lado Corvo avanzaba renqueante con la ballesta preparada, el drow le había ido dejando marcado el camino y no tuvo más que seguirlo hasta que se encontró con él. Portaba una enorme caja de metal de aspecto robusto cerrada con seis candados de buena factura. Con mucho cuidado ambos se cruzaron sin apartar la vista y, antes de alejarse, el drow le indicó el paradero de Golfrik.
Dos salas más allá el cerrajero aguardaba su destino con las manos en alto. Corvo resistió el impulso de disparar nada más verle y reprimió su ira, varios de sus hombres y algunos de sus amigos habían muerto en el viaje que él y Mialee habían emprendido para capturarlo, pero al fin estaba ante él. Para su sorpresa Golfrik se mostró colaborador sin ocultar en ningún momento que ninguna carcel podría retenerle, en realidad no tenía nada que Corvo pudiese odiar, sólo era un profesional. Él también, y su trabajo era llevarlo a prisión.
Antes de salir se encontraron de nuevo con el drow que aprovechó el cambio de humor (y pérdida de sangre) de Corvo para pedir los servicios de Golfrik una última vez. Él debía abrir la caja. Tanto él como Corvo observaron el bello espectáculo que era ver trabajar al cerrajero. Con precisión quirúrgica desactivó las trampas ocultas en los candados y los fue abriendo uno a uno, revelando lo que guardaba el interior: Entre las más ricas telas reposaba una esfera del cristal más claro que ninguno de los ojos allí presentes había visto jamás. Corvo casi no podía aguantar más tiempo en pie y sintió cómo el tiempo se escurría ante él mientras el drow cogía la esfera y le instaba a salir de allí.
Mialee había intentado entrar en el banco, pero forjados de alta gama habían llegado ya hasta allí y habían cortado cualquier intento de acceso. Protegían su premio. La semielfa esperó fuera hasta que, para sorpresa de los forjados allí presentes, la puerta se abrió tras ellos. Golfrik salía con las manos en alto seguido de Corvo y el drow. Los forjados tomaron al cerrajero como prisionero ante la Orden Real que portaba Mialee. Corvo se encontraba desfallecido así que el drow habló presentándose como Zaknazein, el Faerz'un'arr, la mano ejecutora del Supremo. Corvo y Mialee cruzaron sus miradas, ambos habían tenido la misma sensación; la sensación de que ese era el nombre del asesino desconocido que los había acompañado desde el desierto. Ser la mano ejecutora del Supremo podía explicar muchas cosas.










